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Jaap van Zweden



Jaap van Zweden

A principios del pasado diciembre, la presencia en Londres de Jaap van Zweden (Ámsterdam, 1960) para dirigir la Filarmónica de la ciudad, posibilitó un encuentro con SCHERZO que habría de cristalizar en la entrevista que en abril tendría como argumento principal su anunciada presencia en Madrid, dentro del ciclo Ibermúsica, junto a la Sinfónica de Dallas. Treinta y un años después de la anterior visita de la orquesta, de la que Van Zweden es titular desde 2008. Pocos días después de la conversación con el maestro, desde el entorno de la Sinfónica se anunciaba la cancelación del concierto madrileño y de los seis restantes previstos en la gira europea. El argumento: problemas de seguridad, tras los atentados terroristas, en fechas cercanas, de París y San Bernardino, California. Si la decision llevó a replantearnos desde estas páginas la conveniencia de publicar el contenido de la charla, el interés porque ahora aparezca surgió el 27 de enero. Ese día, la Filarmónica de Nueva York anunció que Jaap van Zweden sustituirá en el podium a su actual titular, posibilidad que en algún momento del diálogo se barajó. Hasta ocupar el cargo —a partir de la temporada 2018-19—, continuará al frente de la Dallas Symphony, a la que está unido contractualmente hasta ese momento. El mismo en que expira su vinculación a la Hong Kong Philharmonic, en la que desembarcó en 2012,  y con la que de aquí a entonces habrá dirigido  el primer Anillo del Nibelungo programado en China. En el terreno humanitario es otro hito el que se anota van Zweden: la puesta en marcha hace una década en Holanda, junto con su esposa Aaltjie, de la Fundación Papageno, centrada en la ayuda a niños autistas y a su entorno familiar.  

 

A más de treinta años vista desde que en España conocimos a la Dallas Symphony ¿En qué momento se encuentra?
Diría que la Sinfónica de Dallas es una agrupaciónn de primera categoría, extremadamente disciplinada, con una variedad enorme de repertorio y un color orquestal mucho más europeo, desde el momento en que, en el tiempo que hemos trabajado juntos, he tratado de aportarle ese modelo al que me siento más cercano. 
Podríamos hablar de su propio sello.
Definitivamente si. Aunque no pretendo decir que haya fijado uno radicalmente distinto respecto a los demás directores ni que las tradiciones anteriores tuviesen algo de negativo. Más bien adaptamos esas tradiciones que, en el caso del señor Litton, y especialmente del señor Mata, tenían más que ver con la de América del Sur. Tomando como referencia los Bruckner, los Mahler o los Wagner, que tanto estoy haciendo, hoy tiene mucho más que ver con el aire de la Concertgebouw o las filarmónicas de Viena y Berlín. 
Al respecto, comentaba el maestro Slatkin: “Todas las orquestas americanas arrastran la tradición de batutas europeas”. ¿En qué se diferencia el sonido de la suya respecto a cualquiera de las conocidas como Big Five (Cinco grandes), si es que aun podemos seguirlas llamando así?
No lo sé. Nunca eres tan bueno como has demostrado en tu último concierto sino tanto como debes serlo en el siguiente. Esa es mi premisa número uno. En cuanto a esa denominación, diré que en los ocho años que llevo en la orquesta, veo cómo la gente sigue machacando una y otra vez con lo de las Cinco Grandes. Hasta que se da cuenta de que otras dos o tres muy próximas les pisan los talones. Más cuando, a la vista de las dificultades económicas con que algunas se encuentran por los problemas ue empezaron en América en 2008, percibes los desplazamientos que se producen entre las Cinco Grandes o No Grandes. Después de estar dirigiéndolas contínuamente, me siento autorizado a compararlas, y la diferencia no es tal. Hay otras cinco, seis o cuatro que están ahí. Y la siguiente en esa escala muy cerca de ellas. Para hablar de las Cinco Grandes tendríamos que remitirnos muchos, muchos años, cuando el renombre estaba unido a la magia del lugar al que se circunscriben. En Dallas, si valoramos los resultados de su temporada, veríamos que está en un 75% a la altura de esas Cinco Grandes. Mi interés es mantenerla a un nivel alto aunque no sea el máximo, apostando por que sea estable aunque haya altibajos. No estar nunca por debajo de un determinado nivel es lo que en mi opinión distingue una gran orquesta de una orquesta verdaderamente grande.
Cuando la orquesta visitó España en 1985 con el maestro Mata, junto a Mahler, Mozart, Shostakovich y Beethoven, ofreció en primicia para nuestro país una obra de Benjamin Lees. ¿También ustede defiende la música de hoy?
Hay dos maneras de planteártelo, según se trate de tus propias series de conciertos en Dallas o cuando sales de gira. Fuera de casa procuras ofrecer al público un repertorio que te permite ser comparado en relación con otras orquestas, y eso no me preocupa. Cuando estás en Dallas te puedes permitir afrontar otra música: nuevo repertorio, estrenos absolutos… Entre otras cosas, porque estoy convencido de que el futuro de cualquier gran orquesta sinfónica pasa en nuestros días por esa posibilidad camaleónica. Saber interpretar Bach como Harnoncourt o Franz Brüggen, dos nombres que forman parte de mi vida, es muy importante. Pero también involucrarse a fondo con los compositores contemporáneos, la gran música de Wagner, La consagración de la primavera, Shostakovich o Mozart. Poder afrontar todos estos estilos diferentes y, claramente, algo también de compositores americanos. Desde Barber a un nuevo y claro valor como Christopher Rouse, que es fantástico: un profesor de la Juilliard School de quien este año he incluído en la programación la première mundial de su Quinta Sinfonía. Un ejemplo es nuestra próxima temporada, en la que caben Pasiones según San Mateo, pero también la sinfonía de Rouse. Cuando estás de gira, sabiendo que a lo que aspiran los organizadores es a llenar los auditorios, intentamos equilibrar los programas de modo que nos permitan ofrecer músicas muy distintas y al tiempo conseguir que se vendan todas las entradas.  
¿Le resulta familiar el repertorio español?
Por supuesto: de Falla y Albéniz son muy conocidos para mí
¿Incluso algunos músicos españoles?
También. Esta temporada hemos contado para un programa con Pepe Romero. Y Joaquín Achúcarro, un fantástico pianista que también enseña en su Fundación de Dallas, es muy querido por la orquesta. 
Su repertorio fue creciendo gracias a la atalaya que le proporcionaba el puesto de concertino en la Concertgebouw de Amsterdam. Esa circunstancia ¿fue definitiva para su actividad actual?
Estoy convencido de que lo fue. Estar en esa orquesta desde los diecinueve años, cuando era prácticamente un niño, y haciendo todo el repertorio con Bernstein, Haitink, Jochum, Solti... Aquel tiempo me lo anoto como una gran experiencia. 
Alcanzó la plaza de primer violín, convirtiéndose, después de ganar un concurso con quince años, en el más joven de la historia de la orquesta en ese atril. Hay un cierto paralelismo con Haitink, que también empezó como violinista.
Pero creo que como violinista, y perdón por la inmodestia, yo era mucho mejor (muchas risas). Él estaba, me parece recordar, en segundos atriles, no como primer violín. Quiero decir que tocaba bien, pero no era excelente. 

(...) A más de treinta años vista desde que en España conocimos a la Dallas Symphony ¿En qué momento se encuentra?

Diría que la Sinfónica de Dallas es una agrupaciónn de primera categoría, extremadamente disciplinada, con una variedad enorme de repertorio y un color orquestal mucho más europeo, desde el momento en que, en el tiempo que hemos trabajado juntos, he tratado de aportarle ese modelo al que me siento más cercano. 

Podríamos hablar de su propio sello.

Definitivamente si. Aunque no pretendo decir que haya fijado uno radicalmente distinto respecto a los demás directores ni que las tradiciones anteriores tuviesen algo de negativo. Más bien adaptamos esas tradiciones que, en el caso del señor Litton, y especialmente del señor Mata, tenían más que ver con la de América del Sur. Tomando como referencia los Bruckner, los Mahler o los Wagner, que tanto estoy haciendo, hoy tiene mucho más que ver con el aire de la Concertgebouw o las filarmónicas de Viena y Berlín. 

Al respecto, comentaba el maestro Slatkin: “Todas las orquestas americanas arrastran la tradición de batutas europeas”. ¿En qué se diferencia el sonido de la suya respecto a cualquiera de las conocidas como Big Five (Cinco grandes), si es que aun podemos seguirlas llamando así?

No lo sé. Nunca eres tan bueno como has demostrado en tu último concierto sino tanto como debes serlo en el siguiente. Esa es mi premisa número uno. En cuanto a esa denominación, diré que en los ocho años que llevo en la orquesta, veo cómo la gente sigue machacando una y otra vez con lo de las Cinco Grandes. Hasta que se da cuenta de que otras dos o tres muy próximas les pisan los talones. Más cuando, a la vista de las dificultades económicas con que algunas se encuentran por los problemas ue empezaron en América en 2008, percibes los desplazamientos que se producen entre las Cinco Grandes o No Grandes. Después de estar dirigiéndolas contínuamente, me siento autorizado a compararlas, y la diferencia no es tal. Hay otras cinco, seis o cuatro que están ahí. Y la siguiente en esa escala muy cerca de ellas. Para hablar de las Cinco Grandes tendríamos que remitirnos muchos, muchos años, cuando el renombre estaba unido a la magia del lugar al que se circunscriben. En Dallas, si valoramos los resultados de su temporada, veríamos que está en un 75% a la altura de esas Cinco Grandes. Mi interés es mantenerla a un nivel alto aunque no sea el máximo, apostando por que sea estable aunque haya altibajos. No estar nunca por debajo de un determinado nivel es lo que en mi opinión distingue una gran orquesta de una orquesta verdaderamente grande.

Cuando la orquesta visitó España en 1985 con el maestro Mata, junto a Mahler, Mozart, Shostakovich y Beethoven, ofreció en primicia para nuestro país una obra de Benjamin Lees. ¿También ustede defiende la música de hoy?

Hay dos maneras de planteártelo, según se trate de tus propias series de conciertos en Dallas o cuando sales de gira. Fuera de casa procuras ofrecer al público un repertorio que te permite ser comparado en relación con otras orquestas, y eso no me preocupa. Cuando estás en Dallas te puedes permitir afrontar otra música: nuevo repertorio, estrenos absolutos… Entre otras cosas, porque estoy convencido de que el futuro de cualquier gran orquesta sinfónica pasa en nuestros días por esa posibilidad camaleónica. Saber interpretar Bach como Harnoncourt o Franz Brüggen, dos nombres que forman parte de mi vida, es muy importante. Pero también involucrarse a fondo con los compositores contemporáneos, la gran música de Wagner, La consagración de la primavera, Shostakovich o Mozart. Poder afrontar todos estos estilos diferentes y, claramente, algo también de compositores americanos. Desde Barber a un nuevo y claro valor como Christopher Rouse, que es fantástico: un profesor de la Juilliard School de quien este año he incluído en la programación la première mundial de su Quinta Sinfonía. Un ejemplo es nuestra próxima temporada, en la que caben Pasiones según San Mateo, pero también la sinfonía de Rouse. Cuando estás de gira, sabiendo que a lo que aspiran los organizadores es a llenar los auditorios, intentamos equilibrar los programas de modo que nos permitan ofrecer músicas muy distintas y al tiempo conseguir que se vendan todas las entradas. (...)

Su repertorio fue creciendo gracias a la atalaya que le proporcionaba el puesto de concertino en la Concertgebouw de Amsterdam. Esa circunstancia ¿fue definitiva para su actividad actual?

Estoy convencido de que lo fue. Estar en esa orquesta desde los diecinueve años, cuando era prácticamente un niño, y haciendo todo el repertorio con Bernstein, Haitink, Jochum, Solti... Aquel tiempo me lo anoto como una gran experiencia.

Alcanzó la plaza de primer violín, convirtiéndose, después de ganar un concurso con quince años, en el más joven de la historia de la orquesta en ese atril. Hay un cierto paralelismo con Haitink, que también empezó como violinista.

Pero creo que como violinista, y perdón por la inmodestia, yo era mucho mejor (muchas risas). Él estaba, me parece recordar, en segundos atriles, no como primer violín. Quiero decir que tocaba bien, pero no era excelente. (...)

 

Juan Antonio Llorente
(Extracto de la entrevista publicada en el nº 316 de Scherzo, marzo de 2016.)

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