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Ilusión y temor



Ilusión y temor

Las recientemente celebradas, en su cuarta edición, Jornadas de la Asociación Nacional de Orquestas Sinfónicas Españolas han vuelto a suponer un imprescindible foro de información, reflexión y discusión sobre el presente y el futuro de la música clásica en la sociedad. La AEOS, que no olvida en estos encuentros los aspectos más prácticos del funcionamiento diario de una formación sinfónica, se ha centrado esta vez por entero en las relaciones entre la oferta y la demanda, entre quienes proponen un programa y aquellos a los que en teoría está destinado. Y lo primero que habría que decir es que la altura de las sesiones hacen de este encuentro, patrocinado desde su inicio por la Fundación BBVA, un hervidero de ideas y un verdadero taller de estímulos para los profesionales. Es verdad que no siempre tales ideas son fácilmente trasplantables a la realidad española —tan dependiente de la política y, por tanto, del miedo a la imaginación— pero sí es cierto que su discusión ayuda a la adaptación de lo que representan a nuestro peculiar contexto. Por cierto, no hubiera estado mal la presencia en las jornadas —abiertas a cualquier interesado en la materia— de responsables de cultura de ayuntamientos, comunidades autónomas o partidos políticos, es decir, de esas instituciones que siguen viendo la música clásica con un recelo que no corresponde a la realidad, a los músicos o a las orquestas como unos elementos residuales y a sus públicos como una élite que no merece arriesgar ni un alamar por ella. Y es que, además, esos mismos políticos van poco por los conciertos —la ópera es otra cosa: allí el mundo sigue teniendo el punto de ficción que alimenta su ego— y se reúnen aún menos no ya con los que hacen música —digamos que la llamada clásica— o la gestionan sino con los que la escuchan, muchos de ellos votantes de su partido y, por tanto, con el derecho a que se les oiga y a que se cumplan las promesas que, teóricamente, les llevaron a confiar en aquellos.

Párrafo aparte merece el desarrollo y consecución de un proyecto verdaderamente extraordinario, Mosaico de sonidos, patrocinado también por la Fundación BBVA y destinado a la inclusión social y en el que participan catorce orquestas sinfónicas españolas a las que vamos a citar porque su generosidad, su entrega y sus resultados de ida y vuelta —lo que aprenden los músicos de los chavales y chavalas que se integran en él a través de Plena Inclusión— bien lo merecen: Orquesta Ciudad de Granada, Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Oviedo Filarmonía, Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, Orquesta Sinfónica de Tenerife, Orquesta Sinfónica de Castilla y León, Orquestra Simfònica del Vallés, Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya, Orquesta Sinfónica de Euskadi, Orquesta Sinfónica de Bilbao, Orquesta de la Comunidad de Madrid, Orquesta Sinfónica de Madrid y Orquesta Sinfónica de Navarra. Ver los resultados expuestos por su creador y coordinador, Mikel Cañada, y sentir de cerca las impresiones de músicos y protagonistas fue, sin duda, el momento más emocionantes de unas Jornadas que son ya un espacio de reflexión y de aprendizaje que no puede faltar en nuestro panorama musical y que no debiera parar de crecer.

Y, para cerrar este editorial, un tema recurrente: las dificultades para sobrevivir de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, atrapada por la deuda de la Administración que la sostiene —Ayuntamiento de la ciudad y Junta de Andalucía. Con un director titular entregado y competente como John Axelrod, la ROSS necesita urgentemente un gerente, un plan de viabilidad seriamente diseñado, una campaña recabando apoyo económico de la sociedad civil y una explicación a esta, por parte de sus patrones, de qué hay que hacer para que no desaparezca. Sevilla no debiera permitirse el lujo demagógico de prescindir de un instrumento de cultura que es, además, una de las mejores orquestas españolas.

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