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Ignacio Prego



Ignacio Prego

Ignacio Prego (Madrid, 1981) representa como pocos a esa generación de jóvenes españoles que han sabido situarse a la vanguardia internacional de la música antigua. Su nombre tal vez suene menos que otros, lo cual tiene una lógica explicación: ha pasado los últimos diez años en Estados Unidos, dando conciertos y contratado como vocal coach y como artista residente por la prestigiosa Universidad de Yale. Ya de regreso a casa, con el firme propósito de establecerse definitivamente en Europa, Prego ha grabado las Variaciones Goldberg para el sello Glossa, cuya aparición es inminente. El disco se publica no mucho después de su ensalzadísima lectura de las Suites francesas, con lo que acaso pretenda confirmar su irrenunciable vocación bachiana. En medio de tanta vorágine solista, el clavecinista madrileño acaba también de crear su propio grupo, Tiento Nuovo, cuyo debut oficial tendrá lugar el próximo día 22 en el Centro Conde Duque de la capital.

Su última grabación, a punto de ver la luz, son las Variaciones Goldberg, una de las obras emblemáticas del repertorio clavecinístico. Con más de cuatrocientas versiones, al clave o al piano, la competencia es feroz. ¿Por qué precisamente las Goldberg?
Las he tocado en no pocas ocasiones en concierto y he de reconocer que hasta última hora tuve serias dudas de si era el momento adecuado para grabarlas, pues soy joven y considero que todavía tengo mucho tiempo por delante para madurar una obra tan compleja como es esta. Lo que no me he plan-
teado para nada es si hay o no hay otras grabaciones de las Variaciones Goldberg. Si nos metemos en términos de competencia o de comparación, entonces no podríamos grabar prácticamente nada. La obra para clave de Bach está grabada decenas de veces y si empiezas a descartar este o aquel título porque ya hay lecturas buenas de él… ¡mal asunto! Lo que finalmente me animó a lanzarme al agua fue pensar que podía grabar las Variaciones Goldberg ahora y volverlas a grabar dentro de veinte o de treinta años. Encontraba interesante ver cuál habría sido la evolución en mi manera de tocar, porque sin ninguna duda cuando pase todo ese tiempo mi visión de esta música no será la misma que es en la actualidad. No es algo nuevo, eso ya lo han hecho antes otros intérpretes, algunos muy grandes, como Glenn Gould o como Pierre Hantaï. Por eso, salvando las distancias, no seré ni el primero ni el último en hacerlo.
¿En qué cree que puede cambiar su forma de ver a Bach dentro de tres décadas? 
Hay cosas de la juventud, como una energía especial o el atrevimiento, que ya no se tienen o que se tienen en menor medida cuando uno ha cumplido los cincuenta o los sesenta años. Y al revés: hay cosas cuando has alcanzado la madurez que no las hueles cuando eres joven. Al margen de ello, se trata de una obra que me ha acompañado durante toda mi vida, hasta tal punto que podría afirmar que el primer recuerdo que tengo de mi infancia es estar en el salón de mi casa oyendo de fondo las Goldberg. Las Goldberg son casi la banda sonora de mi vida: las he escuchado en infinidad de ocasiones tocadas por los más diversos intérpretes, las he estudiado a fondo, las he tocado en concierto muchas veces… Para mí son algo muy especial y, tarde o temprano, tenía que acabar grabándolas.

(...) Su última grabación, a punto de ver la luz, son las Variaciones Goldberg, una de las obras emblemáticas del repertorio clavecinístico. Con más de cuatrocientas versiones, al clave o al piano, la competencia es feroz. ¿Por qué precisamente las Goldberg?

Las he tocado en no pocas ocasiones en concierto y he de reconocer que hasta última hora tuve serias dudas de si era el momento adecuado para grabarlas, pues soy joven y considero que todavía tengo mucho tiempo por delante para madurar una obra tan compleja como es esta. Lo que no me he plan-teado para nada es si hay o no hay otras grabaciones de las Variaciones Goldberg. Si nos metemos en términos de competencia o de comparación, entonces no podríamos grabar prácticamente nada. La obra para clave de Bach está grabada decenas de veces y si empiezas a descartar este o aquel título porque ya hay lecturas buenas de él… ¡mal asunto! Lo que finalmente me animó a lanzarme al agua fue pensar que podía grabar las Variaciones Goldberg ahora y volverlas a grabar dentro de veinte o de treinta años. Encontraba interesante ver cuál habría sido la evolución en mi manera de tocar, porque sin ninguna duda cuando pase todo ese tiempo mi visión de esta música no será la misma que es en la actualidad. No es algo nuevo, eso ya lo han hecho antes otros intérpretes, algunos muy grandes, como Glenn Gould o como Pierre Hantaï. Por eso, salvando las distancias, no seré ni el primero ni el último en hacerlo.

¿En qué cree que puede cambiar su forma de ver a Bach dentro de tres décadas? 

Hay cosas de la juventud, como una energía especial o el atrevimiento, que ya no se tienen o que se tienen en menor medida cuando uno ha cumplido los cincuenta o los sesenta años. Y al revés: hay cosas cuando has alcanzado la madurez que no las hueles cuando eres joven. Al margen de ello, se trata de una obra que me ha acompañado durante toda mi vida, hasta tal punto que podría afirmar que el primer recuerdo que tengo de mi infancia es estar en el salón de mi casa oyendo de fondo las Goldberg. Las Goldberg son casi la banda sonora de mi vida: las he escuchado en infinidad de ocasiones tocadas por los más diversos intérpretes, las he estudiado a fondo, las he tocado en concierto muchas veces… Para mí son algo muy especial y, tarde o temprano, tenía que acabar grabándolas.  (...)

Es una especie de círculo vicioso, porque en España también la mayor parte de los programadores piensan que los únicos que están capacitados para hacer Bach, Haendel o Vivaldi son los alemanes, los ingleses, los franceses o los italianos. 

Eso parece, sí. Pero en mi caso, es decir, como clavecinista que soy, compruebo que tampoco Alemania tiene una cantera tan numerosa y tan fantástica de clavecinistas como para que sean ellos los únicos que puedan tocar música de Bach. ¿Y qué cercanía puede tener a Bach un italiano o un francés que no tenga un español? Yo creo que somos nosotros mismos los que nos aplicamos la autocensura. Cuando comenté con amigos y con colegas que iba a grabar música de Bach, la mayoría de ellos se extrañó, ya que consideraban que con eso no iba a ir a ninguna parte. He tocado mucho Cabezón y mucho Cabanilles en Estados Unidos, y es música que me encanta y que acabaré grabando algún día, pero no sé por qué voy a estar más capacitado para tocar Cabezón que un italiano. De hecho, los italianos no tienen el más mínimo complejo a la hora de meterse a tocar Cabezón. 

Inmerso en su actividad como solista, también ha decidido crear su propio grupo. ¿Qué nos puede contar al respecto?

Se llama Tiento Nuovo, y nos presentaremos en concierto el día 22 de octubre en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid, con un programa que gira en torno al Café Zimmermann. El grupo nace de una necesidad de llevar a cabo mi propio proyecto. Quería poner en práctica todo lo que he aprendido y experimentado tocando con otros grupos y orquestas, pero con mi sello personal. La idea es que sea un grupo lo suficientemente flexible para adaptar sus formaciones al repertorio y a las posibilidades del proyecto del que se trate. Si estás haciendo concerti grossi y hay algún festival que está dispuesto a asumirlo, pues entonces será un grupo más bien amplio; pero si el caché solo da para sonatas en trío, pues haremos sonatas en trío. Tal y como está hoy la situación, así es como funcionan la mayoría de los grupos. Sobre todo, en España.  (...)

Eduardo Torrico
(Extracto de la entrevista publicada en el nº 322 de Scherzo, de octubre de 2016)

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