Ud. está aquíInicio / Hugo Sebastián, un joven compositor boricua que modela atmósferas

Hugo Sebastián, un joven compositor boricua que modela atmósferas


Santiago Martín Bermúdez

De vez en cuando nos llegan sonidos nuevos que nos suenan a aquello que nos emocionó un día, que lo llevamos a casa en virtud del milagro de la fonografía, y que nos sigue acompañando en audio y en conciertos en vivo. Esa música que ya no es romántica, que es plenamente francesa, la que componen sin ponerse de acuerdo tanto Debussy como Ravel y Satie, cuyos resultados no se parecen, pero que percibimos (con toda claridad) que provienen del mismo suelo, y ese suelo no es necesariamente nacional, pero se dio allí, en las generaciones francesas posteriores a los poetas del movimiento romántico.

Ahora nos llega la noticia y el enlace de unas músicas incidentales compuestas por un joven músico puertorriqueño, Hugo Sebastián [en la foto]. Son unas cuantas piezas para piano solo o con acompañamiento fingido electrónicamente, destinadas a una pieza teatral, La maestra yanqui, de Roberto Ramos Perea, uno de los nombres más importantes del teatro latinoamericano (y no digamos de ese entrañable país, Puerto Rico, que tan escasamente ocupa las atenciones de esta madre patria algo olvidadiza y soberbia). Escuchen estas piezas. Para lo que les planteo a continuación conviene que hayan oído al menos un par de ellas. El total de las siete piezas no llega a los once minutos.

https://www.youtube.com/watch?v=5XLJOQViyS0&feature=youtu.be

Sorprende la capacidad de este joven músico para la creación de ambientes, más bien diríamos de atmósferas. Las notas tenidas, la línea melódica en valores amplios, las habituales fórmulas de sencillo acompañamiento con la mano izquierda, las resonancias del pedal o de la propia elaboración electrónica: esto y mucho más se despliega en las atmósferas de esa música que es más que incidental, porque tiene categoría propia. Así, a modo de suite (y no de danzas, precisamente, porque estas piezas no son dadas a la danza, aunque sí puedan merecer una coreografía), adquieren un sentido superior a la secuencia de una pieza tras otra. Es una dimensión poemática, a la manera de los viejos poemas para teclado, pero con otro alcance. Es como si la poética de las miniaturas o pieza breves del XIX —desde Chopin y Schumann hasta los Cuadros de una exposición o el nada romántico Erik Satie de las Gnosiennes y las Gymnopédies)— adquiriera nueva encarnadura y se reclamara más sugerente que descriptiva, más abstracta que realmente poemática. La abstracción de lo que produce imágenes en nuestro interior, la que niega a la vez la imagen exterior, todo ello a través de un diatonismo que admite su corrección o su desmentido, no importa, mediante una cadena de notas que se constituyen en canto poco cantábile, pero canto al fin (son línea horizontal), y que suelen acudir al valor amplio, a la nota que se mantiene, al pedal.

Preguntamos al muy joven compositor (vean la foto, es de ahora mismo) y nos responde como resumen:

"He trabajado mucho con las emociones de las escenas. Compartí en los ensayos con los actores y dialogué mucho con el director de la pieza. Además de ello, me concentré en crear música que fuera escrita desde emociones nuevas e inocentes, que al mismo tiempo impulsaran las pasiones más limpias de los personajes. Entiendo que el piano y los violines han sido históricamente los mejores instrumentos para reproducir emociones de sutileza. En el caso de la obra que trata sobre una niña de 14 años que se enamora de su maestro, y que ese amor salva o hunde al maestro en sus contradicciones, pienso en mis sentimientos, pienso en mis imaginarios de juventud, y las voces y los notas nacieron de esos pequeños espacios de ternura que estos dos personajes crearon entre sí. Me gusta la música que me cuenta historias de emociones complicadas. Mi búsqueda, en lo que a música de teatro se refiere, porque también trabajo otros caminos- dependerá siempre de que mi música sea un nuevo personaje de la pieza".