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Hacia el conjunto vacío



Hacia el conjunto vacío

En este número de SCHERZO presentamos a dos directores de orquesta de muy distinto cuño y con muy distintas circunstancias. Español uno y en sus años de búsqueda de la madurez. Austríaco el otro y titular de una gran orquesta americana. Álvaro Albiach lo es de la Orquesta de Extremadura, una formación que estuvo a punto de desaparecer y que consiguió sobreponerse a una crisis en la que se jugó también con esa demagogia política que tanto daño hace a la cultura. La formación extremeña se repuso y ahí sigue plantando cara a una realidad nada fácil. Manfred Honeck, en la Sinfónica de Pittsburgh, en el polo opuesto, pues, ve cómo, en una ciudad que debió cambiar muchas cosas tras la crisis de la industria del acero, no perdió el apoyo de sus patrocinadores sin por ello dejar de saber muy bien que debe buscarse la vida para renovarlo y acrecentarlo. Nos encontramos, pues, ante un problema —el nuestro— y una solución —la de ellos— profundamente antagónicos. Porque si se trata de buscar patrocinios, cualquier orquesta española estaría dispuesta a hacerlo. Otra cosa es que al patrocinador le compense tal aventura, cuando ni social ni económicamente le reporte lo que busca legítimamente en tal apoyo desde el punto y hora que las administraciones le ignoran cuando de conceder alguna ventaja a quien se anime a ello se trata. También Plácido Domingo ha echado su cuarto a espadas pidiendo “un IVA cultural no exagerado”. Y lo hacía “sin ánimo de ser crítico”. La verdad es que alguien con semejante popularidad y con el ascendiente que posee ante nuestras autoridades culturales podía haber sido más explícito, haber apretado un poco a unos políticos que le respetan. No es un reproche sino una forma de animar al gran tenor a ser más directo, que a él no le pasará nada.

Noticia ha sido en estos días la inauguración de la Philharmonie de París, un ejemplo más del desencuentro entre arquitectura y música. Al arquitecto Jean Nouvel las administraciones implicadas le acusan de sobrecostes —casi el doble de lo previsto— y aquél a éstas de chapuza y de prisas de última hora. Todo, ay, en relación a una sala que no deja de representar la apuesta de un país —Francia, naturalmente— por la cultura, la descentralización topográfica de esa misma cultura —se va junto a la Cité de la Musique, es decir, a La Villette— y la apertura de la sala —al parecer de extraordinaria acústica— a una variedad de géneros. Alguien pensará que se trata de pretender lo mejor en el peor momento pero también quien piense que cuando, como en Francia, la industria cultural es motor de la economía y bandera del prestigio del país, la inversión bien puede resultar rentable. Lo malo es cuando, como aquí, aquellos polvos traen estos lodos. Ahí anda el Palau de les Arts —ejemplo, por cierto, de desastre arquitectónico—, en la picota por la inacabable cuestión de su gestión económica que, no lo olvidemos también ha sido política, desde las opulencias de Camps cuando pintaban oros hasta hoy, cuando lo único que empieza a estar claro es el final de un proyecto en el que a un declinar artístico irreparable se une el que no haya habido detrás una verdadera vocación cultural capaz de ilusionar a toda una comunidad. El resultado de tanta balumba no es sino la palabra fin o, como diría aquella llamada matemática moderna, el —no un— conjunto vacío.

Editorial publicado en la revista Scherzo nº 304 de febrero de 2015. 

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