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Giulini, 100 años




PorBenjamín G. Rosado - Publicado el 09 Mayo 2014

Giulini, 100 años

Antes de llegar a Oklahoma City y calzarme el sombrero de vaquero, tuve ocasión de visitar la casa donde vivió Stravinsky en Los Ángeles. Está en el 1260 North Wetherly Drive e impresiona por su silencio. No llega a esta parte del West Hollywood el ruido del tráfico, ni tampoco el zumbido habitual de los peatones. Se diría que hasta los perros se abstienen a ladrar en este tramo de calle. Veo frente a la entrada el buzón donde quiso ver su nombre inscrito el director y compositor finlandés Esa-Pekka Salonen. Le disuadieron, en el último momento, el precio fijado por la inmobiliaria y las marcas en el suelo que dejó el piano donde Stravinsky compuso su Sinfonía en Tres Movimientos y la ópera The Rake’s Progress.

En aquella época a Salonen le ocupaba la Filarmónica de Los Ángeles (a la que sirvió durante 17 años) y le preocupaba que el recuerdo de Stravinsky invocado en la intimidad de su estudio eclipsara su talento compositivo. Que va más allá del estreno de sus L.A. Variations o las elogiosas críticas que recibió Foreign Bodies y que tiene que ver directamente con su solvencia como director. Quiero decir que donde mejor compone Salonen es subido en el podio y con una batuta en la mano. Le sobra técnica y tiene una capacidad innata para emocionar, pero sobre todo sabe llenar los espacios y leer lo que no está escrito en la partitura.

No se trata sólo de promocionar las vanguardias de Kaija Saariaho y Steven Stucky, también de prestar oportuno servicio a la arqueología musical. En 2004 la musicóloga rusa Olga Dogonskaïa descubrió en el Museo Glinka de Moscú las trece páginas para voz y piano correspondientes al prólogo de Orango, la ópera perdida y censurada de Shostakóvich. Y allí acudió Salonen para oficiar el estreno con los filarmónicos de Los Ángeles y grabar más tarde la orquestación de Gerard McBurney en un registro reciente e histórico de Deutsche Grammophon.

Fue precisamente Salonen el encargado de inaugurar, el pasado mes de septiembre, la 44ª temporada de Ibermúsica con dos conciertos en el Auditorio Nacional que conmemoraban anticipadamente el centenario del nacimiento de Carlo María Giulini (1914-2005). Dirigió el maestro de 55 años a las huestes de la Philharmonia Orchestra de Londres en una inolvidable Sinfonía fantástica de Berlioz. Fue una velada emotiva en la que volvió a hacer alarde de su profundo conocimiento musical y de su dilatado talento creativo.

Pero no fue en septiembre sino el 9 de mayo de 1914 (de ahí la pertinencia del post) cuando vino al mundo Giulini. Nació en Barletta, en la costa de Apulia, pero su infancia transcurrió felizmente al norte de Italia, en un pueblo de agricultores de Bolzano. “El despertar de mi vocación musical se remonta al día en que, paseando con mi madre por la calle, le pregunté qué era esa caja que un hombre frotaba con un palo”, contaba siempre el maestro. “Ella respondió que se trataba de un violín y ese mismo año pedí uno por Navidad”. A la dirección llegaría más tarde, arrastrado por un insaciable humanismo con cargo a un estilo que, como la capital del Alto Adigio donde creció, conjugaba intensidad latina y profundidad germánica.

En 1943 las calles de Roma aparecieron empapeladas con la cara de Giulini. No con motivo de un concierto, sino como reclamo de las autoridades del Eje. El director, al que habían obligado a lucir el uniforme tricolore en el frente balcánico, no quiso participar del último y desesperado intento por mantener la capital italiana. Prefirió permanecer nueve meses oculto en el piso de una familia judía, cuya fachada había sido cubierta con un enorme retrato de Mussolini. Al acabar la Guerra, digirió una liberadora y triunfal Cuarta sinfonía de Brahms, precisamente la partitura que le acompañó durante su encierro antifascista, frente a sus antiguos compañeros de la Orquesta de la Accademia Santa Cecilia de Roma.

Decía Giulini que dirigir es un “acto de amor”. Así se explica que el repertorio del hombre que durante 53 años amó a una sola mujer (la bella Marcella de Girolami) no fuera precisamente promiscuo (Haydn, Mozart,  Beethoven, Brahms y Verdi por delante de Bruckner y Mahler), y es posible encontrar en su catálogo discográfico lagunas importantes, sobre todo en lo que a Wagner, R. Strauss y Puccini se refiere. Los tempi reposados de sus conciertos y grabaciones delatan a un hombre que prefería “llegar cinco años tarde que cinco minutos antes”. A menudo se jactaba de no escuchar discos y tampoco disimulaba su escepticismo en cuestiones de música contemporánea, a pesar de haber estrenado obras de algunos colegas italianos.

En 1984 decidió dedicarse a la dirección por libre y sin cargas titulares y sacar tiempo para cuidar de su mujer (que había sufrido un derrame cerebral) e impartir clases en la escuela de Fiesole y en la Academia Chigiana de Siena. En sus numerosas visitas a Madrid, casi siempre con motivo de sus compromisos con Ibermúsica, tuvo tiempo de conocer la Escuela Reina Sofía, que en 2001 le otorgó el Premio Yehudi Menuhin. En 1998, el mismo año de su retirada, dirigió en el Auditorio Nacional a la JONDE en una inolvidable Primera de Brahms, que fue editada más tarde en disco. Sería la despedida de un maestro sereno y místico, profundamente religioso, que no disfrutaba de los aplausos. “Pues no me pertenecen a mí, sino al compositor”.