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Extravagancia y duración




PorBlas Matamoro - Publicado el 10 Junio 2016

Extravagancia y duración

La historia de la música es, entre otras muchas cosas, la historia de su recepción. Se dirá que esto ocurre con todos los discursos culturales y es verdad, pero la música acredita, en este sentido, un plus: no existe si no se la escucha. De tal modo, lo que públicos de aficionados y circulitos de especialistas han dejado dicho durante siglos de melofilia, es esencial para trazar una historia del arte sonoro, dado que, en la inmensa mayoría de los casos, nadie volverá a oír las voces y los instrumentos del pasado anterior a los medios mecánicos de reproducción.

Hay un asunto que privilegia la recepción: es el rechazo de la novedad, sea el estreno o la reposición. Diría que responde a dos causas principales; la extravagancia y la duración.

A menudo una obra que luego se canoniza, aplaude y se comenta con ricas consecuencias, es rechazada por extravagante. Veamos las raíces: extra-vagar es vagar por el afuera, circular por un espacio descontrolado y eventualmente prohibido. Nadie va a calentarse bajo el sol si sale de casa a medianoche en pleno invierno y en traje de baño. Bien ¿por qué es especialmente pecaminosa la extravagancia en materia musical?

La música tiene mucho de materno y quien dice madre dice también madrastra. Nos juntamos a escuchar unas músicas que nos arropan, que nos confraternizan —toses y estornudos incluidos— que nos resguardan de los males del mundo. O lo contrario, que es lo mismo: nos permiten segregar nuestras angustias y dolores al convertirlos en objetos estéticos. Entonces: el músico extravagante nos expulsa del cobijo habitual y nos deja a la intemperie. El malestar nos enfurece y bufamos.

Con lo anterior se conecta el otro inciso, el de la duración. El gusto del melófilo tiene una base fisiológica. Por más entrenados que estemos, nuestra capacidad de atender y gozar de la música tiene límites, mayores o menores según el entrenamiento de cada cual, pero límites al fin, nunca mejor dicho. Es comprensible que ciertas obras como las operas de Wagner y algunas sinfonías de Bruckner y Mahler produjesen fatiga y condigna extenuación en espectadores y oyentes que salían exhaustos de la sala. No estuvo mal el restaurador Lhardy cuando instaló ollas y fogones de caldito en el foyer del madrileño teatro Real a cuento del estreno de Parsifal.

Lo dicho: hay que hacer una historia universal de la música partiendo desde la extravagancia y la extenuación. Promete.

Blas Matamoro