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Escena de posguerra




PorBlas Matamoro - Publicado el 02 Febrero 2017

Escena de posguerra

Recuerda Philip Blom (La fractura. Vida y cultura en Occidente 1918-1938, traducción de Daniel Najmías, Anagrama, Barcelona) el día de San Valentín de 1920 en los Estados Un idos, cuando se editó, con motivo de la Fiesta de los Enamorados, This thing called love (“Esa cosa llamada amor”), una canción interpretada por Mamie Smith y pronto convertida en un éxito de ventas. No es esto lo que subraya el historiador sino lo notable de que por primera vez un negro grababa una música en aquel país. Mamie fue coronada Reina del Blues y abrió una nueva época en la difusión de la música afroamericana, hasta entonces confinada a bares clandestinos, reuniones exclusivas de negros o cafetines semiescondidos. La nueva época empezó a ilustrarse con nombres brillantes: Duke Ellington, Louis  Arnstrong, Jelly Morton, Sidney Bechet, Bessie Smith, suma y sigue.

El fenómeno, según sabemos, no se limitó a ingresar en la moda de los años locos ni a convertir el jazz interracial en un buen negocio, tanto en su país de origen como en el resto del mundo. Significó la aceptación pública por lo que podríamos denominar cultura blanca de una creación musical y bailable proveniente de esa gente con otro color de piel, tras tres siglos de esclavitud y persecuciones por las sectas racistas.

El evento tuvo un curioso antecedente en la primera guerra mundial. Uno de los regimientos norteamericanos que participaron en ella era de negros, los llamados Hellfighters, provenientes del barrio neoyorkino Haarlem. El general Pershing se negó a mandarlo al frente por desprecio a su tinte, lo cual acabó convirtiendo al cuerpo en parte del ejército francés, donde ya había numerosos soldados negros nativos de las colonias. Como los neoyorkinos eran músicos de una banda, aparte de luchar hicieron viajes de conciertos por toda Francia divulgando su jazz, que recogió miles de melómanos y bailarines. De vuelta a la patria, los sobrevivientes participaron en el Desfile de la Victoria al son de su propia orquesta, ablandando la rigidez militar con pasos de baile.

Esta doble combinación de lo festivo y lo bélico, el bailongo y la masacre, resultó, según es sabido, fecunda en lo cultural. Cabe aceptar, una vez más, que la cultura humana se alimenta de estas tremendas contradicciones de nuestra condición. Esta página recuadra solamente la memoria de lo que compositores como Stravinski, Milhaud, Poulenc, Weill, Krenek, Hindemith más los americanos que corresponda añadir, deben al jazz y lo han reconocido. Se anuló así un prejuicio y se ensanchó el campo de lo que, acaso enfáticamente, podemos denominar espíritu universal. Cuantos más colores acepte, más alto llega su ambición, se hace más visible y más audible. Cuando callan los cañonazos, su música sigue sonando.

Blas Matamoro