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El triunfo del tiempo y del desengaño




PorSantiago Martín... - Publicado el 15 Noviembre 2016

El triunfo del tiempo y del desengaño

Hace ocho años, el 4 de noviembre de 2008, asistí a determinada representación de ópera en el Teatro Real de Madrid. Era una hermosa versión escénica (Jürgen Flimm) del oratorio El triunfo del tiempo y del desengaño, de Haendel. Lo disfruté, claro, pero además tenía que hacer una reseña. La primera que hacía para la página franco-británico-estadounidense Concertonet, para la que desde entonces he escrito cientos de crónicas y noticias. A pesar de ser colaborador suyo, les recomiendo esa página, tanto por sus artículos en inglés como por los que están en francés.

Ese día, el martes 4 de noviembre, era elegido Barak Obama como presidente de Estados Unidos. Y me dije: esto es un aviso. El tiempo, el desengaño. En qué consistirán. ¿Nos saldrá un mal presidente? No soy de los que se hacen ilusiones, me hago cargo de lo que puede hacer o no un presidente en Washington, en especial si es una persona decente y tiene la jauría republicana enfrente. No me desilusiono así como así con los presidentes, intuyo lo que pueden dar de sí.

Han pasado seis días, puedo hablar del tiempo. Y del desengaño.

Cómo podía uno imaginar esto otro, pese a lo que ahora presumen los profetas del inmediato pasado, que lo vieron venir. Salvo Michael Moore o los Simpson, no lo olvidemos. Curioso país, en el que gana las elecciones un caballero (es un decir) que saca menos votos que una dama (ella, lo es).

Os podéis reír de mí, habéis ganado. Con malas artes, pero eso qué importa. Reíros de mí. Y de millones como. Como ríen esos dos caballeros (¿?)

Sí, miren esta foto. Ríen. Guárdenla. Puede servir. Va a servir: pronto, tarde, no puedo decirlo. Se le cae la baba al payaso, se deja hacer selfie el sonrosado. Guárdenla: si no podemos adivinar el futuro, menos aún podemos saber qué sentido tiene el presente, pero verán cómo un día adquiere sentido, quiero decir un sentido distinto al de ahora mismo. El tiempo, el desengaño. Pero también Hybris y Némesis. Solo que, ay, Némesis actúa como los terremotos, no se lleva por delante al que provocó la ira de Dios, sino a todo el que tiene a su alcance.

Guarden la foto.

Bueno, ya saben que hay países que suelen elegir gente indecente, deshonesta, y que de vez en cuanto eligen alguien digno para lavarse la cara un rato y volver más tarde donde solían. Y si no ganan, para eso están los delegados, o los jueces de extrema derecha, como cuando “ganó” Bush Jr., que gracias a este de ahora no quedará como el peor presidente de todos los tiempos. O eso creemos. Por eso algunos creen que lo de Obama bien pudo ser un paréntesis, no el comienzo o la culminación de nada.

Explicaciones, hay muchas. Recuerdo el libro de Bennett La corrosión del carácter. Escribí sobre él a propósito de ciertos estrenos teatrales para la revista Primer Acto. El subtítulo nos ahorra glosar la relación que tiene con este asunto: Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo [añadamos: o su falta]. Versión española de Daniel Majmías, Anagrama. Ahí tienen no una explicación posible, sino el antecedente de lo que venía y venía.

No sé cómo quedarán la cosa y el tipo. Es imposible, ya digo, interpretar el presente. No sé cómo empezará. Pero acabar… esto acaba mal. Cómo. No lo sé. Como no lo sabía hace ocho años, ni siquiera hace ocho semanas. ¿Y hace ocho días antes del ocho? Ahí tienen: una familia decente abandona la Casa Blanca. Y la ocupa otra. Dios salve a América. Y a nosotros de ella.

En cualquier caso, ahí estaba el triunfo tanto del tiempo como del desengaño.

Il trionfo del tempo e del disnganno de Haendel, en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.