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El 'star system'



El 'star system'

No acaban de apagarse los ecos del nombramiento de Kirill Petrenko como nuevo titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Está bien que se anime el cotarro informativo con estas cosas aunque sea en un ámbito tan de uso particular como el de la música clásica y por razones que llevan a la melancolía o a la perplejidad. Nada importan estas cosas al resto del mundo y poco ya a la propia industria fonográfica, más aún si tenemos en cuenta que, sin ir más lejos, la Filarmónica de Berlín es su propia empresaria a la hora de hacer discos. En el caso de esta, se organizaron encuestas en los periódicos, se discutió en los foros y hubo quienes agarraron un disgusto digno de mejor causa con la designación del tímido y competente maestro ruso. Precisamente en aquellas encuestas aparecía como máximo aspirante a la corona berlinesa Andris Nelsons, el joven y ya más que prometedor maestro letón que a la sazón era —y sigue siendo— titular de la Sinfónica de Boston y que ha sido designado, sin embargo, sucesor de Riccardo Chailly como director de la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig.

Siempre ha habido un star system —auspiciado también, sobre todo en los tiempos de vacas gordas, por algunas poderosas agencias internacionales— en la música clásica. Empezó con Toscanini y Mahler y seguiría con una generación entera de maestros, carismáticos, como ahora se dice, o mandones y, todo hay que decirlo, grandes artistas: Karajan, Solti, Bernstein, Giulini… Tras ellos, sólo nombres con los que no se ha podido crear un mosaico mediático como aquél –en este número de SCHERZO dedicamos un espacio a uno de ellos, Vladimir Ashkenazi. Pero eso no quiere decir que en las generaciones posteriores no haya habido grandes maestros ni que hoy —Nelsons es uno de ellos— no los haya. Así, en plural. Pero da la sensación de que el riesgo tomado por la Filarmónica de Berlín —que ya hizo lo propio con Abbado o Rattle frente a las candidaturas no declaradas de Maazel o Barenboim— no deja de representar una bocanada de aire puro en un panorama en el que ese riesgo ya lo han asumido, relativamente, otras orquestas de primera, como la del Concertgebouw de Amsterdam en su nombramiento como titular de Daniele Gatti, —que, naturalmente, sigue en la Orquesta de París—, y que fue seña de identidad de formaciones como la Filarmónica de Los Angeles, a la que no le ha ido precisamente mal. En otro orden de ideas, y también apostando sobre seguro, fíjense en la Filarmónica de Múnich: Celibidache, Levine, Maazel, Thielemann —única excepción en la serie— y  Gergiev. Cualquier veterano de la orquesta bien puede tener a estas alturas la cabeza como un bombo.

Lo curioso es que, como hemos dicho, Nelsons es titular de la Sinfónica de Boston o, lo que es lo mismo, de una de las mejores orquestas del mundo, de una orquesta, además, con una espléndida tradición a sus espaldas. Pero los contratos los firman las dos partes, lo que quiere decir: ¿no había otro maestro para la Gewandhaus? ¿Cómo es posible que Boston no se sienta menospreciada y tolere la doble militancia? ¿Buscará a partir de ahora un maestro más dedicado a la causa? Chailly dejó Concertgebouw antes de irse a Alemania, y perdiendo dinero. Pero no es lo normal. Bajando algún escalón recordemos los casos de Eschenbach —París, Filadelfia y Hamburgo al mismo tiempo—, o el del hoy bien reconducido Paavo Järvi —París, Bremen, Frankfurt, Cincinnati. Imaginen, con perdón, que Cristiano Ronaldo o Messi jugaran cada uno una semana con el Madrid y la siguiente con el Barcelona y así sucesivamente. O que un ejecutivo de una empresa lo fuera también de su competidora. Eso sí, y a lo que se ve, con algunos de sus consumidores —quizá entre ellos los que reciben las muestras gratis— encantados de que le dieran la misma mercancía.

¿No hay suficientes buenos directores de orquesta para cubrir las vacantes que por el mundo son? ¿Se reduce nuestro arte a esos pocos nombres que acaparan tanto trabajo y actúan respecto a sus colegas como un tapón? ¿Por qué si queremos nuevas audiencias les ofrecemos siempre los mismos maestros? Quizá los más poderosos a la hora de muñir estas cosas se encuentren un día con la sorpresa de que se olvidaron de lo fundamental: un público que se cansa de aplaudir.

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