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El silencio de Schönberg




PorBlas Matamoro - Publicado el 27 Junio 2016

El silencio de Schönberg

Por fin ha llegado Moisés y Aarón al escenario del Real. Lo hizo en la puesta de Romeo Castellucci, la cual, en lugar de aprovechar los escasos momentos de teatralidad de la obra, subrayó su carácter oratorial y abstracto por medio de simbolismos alegóricos, si cabe esta asociación, y un uso frugal del color: blanco, negro y grises.

Es posible que Schönberg aprobara la solución porque alguna vez escribió que el buen compositor “nunca partirá de la imagen de un estilo preconcebido; su preocupación constante será la de ajustarse a la idea.” Esta lapidaria propuesta contiene, en síntesis, la almendra de su oratorio o quizás ópera: Aarón imagina, Moisés piensa. El uno canta, el otro habla. La divinidad afecta a los sentidos o solamente a la inteligencia. Hay conflicto, no hay conciliación. Por eso Schönberg deja la obra inacabada: no tiene respuesta estética a su propio desafío.

¿Tiene el dodecafonismo algún papel que jugar en este silencio? ¿Es posible hacer música con una idea de lo que es o ha de ser la música? La dodecafonía propende a la abstracción porque debe abstraer una seré – nunca mejor dicho – de inherencias de la música tonal. Dicho más claramente: porque se basa en unas cuantas prohibiciones: no resolver, no modular, no distinguir tonalidades ni modos, no superponer tonos. La principal, desde el punto de vista dramático, es la continua sucesión de tensiones irresueltas, que terminan por no ser tensiones dada su falta de dialéctica. Una tensión es tal si plantea, aunque sea tácitamente, su resolución (lo hace Alban Berg con frecuencia). De lo contrario, el discurso se torna inexpresivo. A su vez, esta inexpresividad hace a la estética schönberguiana: música pura, neta, por lo mismo abstracta y descontaminada de cualquier efecto emotivo, de exprimir interioridades para explicitarlas en el canto. Por momentos, se percibe como una pureza multifuncional y objetiva (impersonal) por su, ya repetitiva, abstracción. Podría aplicarse a este texto o a cualquier otro.

Se ha dicho y creo haberlo glosado en un blog anterior, que con Schönberg la belleza deja de ser un elemento a tratar musicalmente. Lo suyo no es lo bello sino lo verdadero. La música es verdadera cuando coincide plenamente consigo misma, no con lo que dicen los cantantes o sienten los escuchantes. Cuando no es instrumento de nada ajeno a ella sino fin ensimismado en el discurso musical, un discurso que es de Ella y de nadie. Por eso, quizás, a Moisés le falta la palabra, la justa palabra que nombre a Dios sin convertirlo en una columna de fuego, un río de sangre, una zarza ardiendo que habla, un becerro de oro, una orgía (nada de lo cual aparece, naturalmente, en la puesta de Castellucci). Al Moisés de Schönberg le falta la palabra porque Schönberg lo ha llamado a silencio.

Blas Matamoro

(Fotografía superior: Moses und Aron en el Teatro Real,
producción de Romeo Castellucci. Foto: Javier del Real)