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El oído de Kierkegaard




PorBlas Matamoro - Publicado el 18 September 2014

El oído de Kierkegaard

Es sabida la afición musical del filósofo Søren Kierkegaard. Su ensayo sobre Don Giovanni de Mozart ha circulado como ejemplar en la lectura del viejo mito donjuanesco. Pero como melómano y filósofo, se ha ocupado de pensar la ubicación del arte sonoro en cuanto a nuestra condición de seres angustiados por la presencia de la muerte, el pecado original y la ansiedad que produce la misteriosa Gracia divina. Lo hizo en La enfermedad de la muerte y en Esto o aquello.

Para este danés, nuestro principal sentido es el oído, pues nos permite escuchar nuestro interior, en tanto nuestra voz es captada por los demás de modo que nosotros no conocemos, aunque es la única manera de objetivar la verdad de nuestras vivencias. En la otra dirección, es decir en cuanto receptores de sonidos, Kierkegaard define la música como la felicidad que exteriorizamos reconvirtiendo una desesperación inconsciente. La experiencia dura poco. Al llegar el silencio, la dicha que nos proporcionaba la música se desvanece para siempre. O hasta la próxima música.

A su vez, Kierkegaard incide en algo que otros colegas suyos han juzgado como esencial a la música: actuar en un espacio sin ética. No malvado sino ajeno a la antinomia entre el bien y el mal. El que escucha música se vive como humano en general, como si fuera la humanidad misma la que recibiera el mensaje musical. En este sentido, al disolverse el individuo en el todo, se pierden los límites y, en consecuencia, el control de los actos que exige la moral. Pero, a la vez, la alegría que emerge de sentirse humano cabal, síntesis de todos los hombres, siendo eminentemente estética también prepara energéticamente al sujeto para su vida en la moralidad. El lenguaje verbal, capaz —como no lo es la música— de nombrar los objetos singulares y reflexionar sobre ellos, no es hábil, sin embargo, para articular esa experiencia de ser uno y de serlo todo y de ser todos, reservada a la música. No por casualidad, según dije al principio, Kierkegaard consideraba el oído como el principal de nuestros sentidos.

Tampoco es casual que, según dicen los que saben, sea el oído el primero de los sentidos en nuestra historia —quizá mejor sería decir: prehistoria— como individuos, en el seno materno. Al menos, es nuestra primera y lejana experiencia de estar en el mundo que empieza del otro lado de la madre. Luego, cuando nos hagamos amantes de la música, el mundo será nuestro porque nuestra imaginación llenará de sonidos musicales los huecos del universo, tal si hubiera sido hecho para nosotros.