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El melómano imperial




PorBlas Matamoro - Publicado el 07 Abril 2015

El melómano imperial

Música sublime y terrorismo militar fueron dos tareas señaladas a Alemania en la moderna historia europea. La cosa empezó en la Prusia del siglo XVIII con Federico el Grande, conductor de tropas —bien asesorado por su hermano, que es quien conocía la materia— y flautista. Su padre intentó en vano reprimir su afición musical como también, de modo inútil, sus costumbres sexuales. Finalmente, Federico estudió con Quantz y se dio el lujo de ignorar la Ofrenda musical que le dedicó Bach.

Guillermo II, Emperador de Alemania.Pasa el siglo, llega el imperio y reina Guillermo II, famoso por sus sangrientas extravagancias diplomáticas y bélicas. Por ejemplo: correr la frontera con Francia para meter alemanes que pudieran comer mejor, fundar una Nueva Alemania en Brasil, incitar a los Estados Unidos a una alianza contra el Japón y luego, al Japón y a México, a una alianza contra los Estados Unidos.

Al igual que su predecesor, Guillermo era naturalmente un alemán melómano. Cierta vez reprendió al joven Richard Strauss por su música, que no le gustaba, aunque aprobaba su tarea como director de orquestas, interpretando músicas ajenas. Desde luego, Ricardito desdeñó en silencio la imperial opinión: su imperio duraría más que el del emperador. Pero hay más. Cito dos datos igualmente pintorescos, como para aliviar la trágica memoria del personaje con detalles francamente risibles. Uno: `prohibió a los oficiales del ejército y la marina bailar tangos en uniforme como asimismo frecuentar a las familias que lo hicieran (es sabido que el tango argentino tuvo merecida fama de prostibulario hasta que el Papa Benedicto XV lo absolvió viendo bailar al Vasquito Casimiro Aín). Y dos: en un ensayo de Peer Gynt dirigido por su autor Edvard Grieg, pretendió enseñarle la correcta interpretación.

Moraleja psicoanalítica: un guerrero, figura paterna, pretende siempre imponer su ley por la fuerza; un músico, figura materna, pretende lo contrario, o sea conciliar por medio de la armonía las disidencias entre sujetos. Y fantasía contrafáctica: ¿habría sido otra la historia europea si Federico el Grande hubiese interpretado a Bach y Guillermo II, escuchado con recogimiento y respeto a Grieg?