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El IVA cultural



El IVA cultural

El día 9 del pasado mes de marzo aparecía la noticia —calificada por algunos medios como mero rumor, dada por otros con la seguridad que parece otorgarles la cercanía al poder— de que el IVA cultural descendería del 21 al 10 por ciento como promesa preelectoral —es decir, cuyo cumplimiento ha de ser harto dudoso— del Partido Popular. Quedaba por hablar el ministro Montoro, que es quien lo impuso para contribuir modestamente a los 65.000 millones de euros que habrían de servir para paliar el déficit del Estado ocasionado por la crisis. Pero lo remachó Rajoy con esa sabiduría para los tiempos que dicen que tiene afirmando que “hoy” no lo veía posible, lo que no quiere decir que mañana o pasado lo viera. El caso es que, dadas las complicadas relaciones de este gobierno con la cultura, y el muy movido panorama electoral que se avecina, puede cambiar la táctica de un Partido Popular al que, con mayoría absoluta, la cultura le importaba poco pero al que, ahora, con las cosas más difíciles, parece causarle una cierta preocupación, por más que perfectamente descriptible. La posible bajada del IVA aparece como globo sonda o como propaganda preliminar que, sin embargo —y a pesar de lo bueno que sería la vuelta a la normalidad impositiva— puede también privar de ciertos réditos populistas al Gobierno: los que le rinden quienes están encantados porque se castigue a una cultura que creen —porque lo han oído— que se lleva lo que ellos ganan de más, esa plusvalía que habría de servirles, en realidad, para mejorar su negocio o para hacer eso que para el mismo Gobierno que nos ocupa es la panacea universal: emprender, esa palabra que llena la boca de quienes hablan por hablar. La pregunta, pues, es inevitable: ¿será que ahora necesita verdaderamente a la cultura un gobierno conservador, que ha reducido las ayudas públicas, que ha recortado las compras a las bibliotecas, que se empeña en penalizar la educación pública y que, en definitiva, sólo obtiene doscientos millones de euros de ese 21 por ciento tan “necesario”? ¿O se trata más bien de que también en eso llega un momento en que Europa pide armonización después de haber sido, a la vez, los más listos y los más tontos de la clase? La subida al 21 por ciento —desde un 8— supuso según la SGAE un descenso del 17’ 8 en el número de espectadores de cine, mientras en las artes escénicas la caída era de un 55, 6%, descendiendo la recaudación neta en un 61, 4. En Grecia el IVA cultural es del 6’ 5 y en Italia del 10, aunque en Noruega sea del 0 %, aspiración hoy por hoy imposible de armonizar en una Unión Europea a la que el país nórdico no pertenece y que recibe de las aportaciones por ese impuesto una importante —el 1, 5% del total— y, sobre todo, segura cantidad todos los años. Pero el monto de la aportación española no habría de ser significativamente diferente entre un 21 y, por ejemplo, un 10.

Al cierre de este número de SCHERZO no parece que el Gobierno vaya a cambiar el tipo del IVA cultural, aunque los expertos señalan que a lo largo del verano podría producirse la noticia. Y que haber desvelado esa intención ha jugado en contra de su puesta en práctica, cosas que pasan. Las posibilidades, caso de que en efecto se reduzca el impuesto, son dos: el 4% y el 10%. ¿Por qué? Pues porque en torno a esas cifras se mueven los socios comunitarios. El 10 supondría elevar dos puntos respecto al tipo anterior del 8. El 4 equipararía al libro —los editores sí que han sabido ser un grupo de presión— el resto de los sectores, que se lo han trabajado peor o no han sabido hacerse políticamente imprescindibles. El caso del cine es en eso paradigmático, máximo perjudicado, además, por el malhadado invento de “la ceja”. En fin que con un 10% nos daríamos con un canto en los dientes.Y si no, a esperar a las elecciones generales y a ver si en los programas de la muy fragmentada oferta política pinta algo la cultura.

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