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El efecto mariposa




PorBenjamín G. Rosado - Publicado el 13 Enero 2015

El efecto mariposa

Un año queda para el centenario de Alberto Ginastera (1916-1983), pero conviene ir insistiendo a los programadores sobre tan señalada efeméride. Que coincidirá, además, con las tres décadas de la desaparición de Jorge Luis Borges (1899-1986). Los dos nacieron en Buenos Aires y ambos, curiosamente, fueron enterrados en el cementerio Plainpalais de Ginebra. Borges había prometido en su último ensayo, titulado Atlas, que regresaría a Ginebra “aun después de la muerte del cuerpo”. Ginastera, que murió a causa de un derrame cerebral a los 67 años, no dejó escrita voluntad alguna pero su deseo era el mismo.

Ginastera debutó como compositor a los 24 años con el estreno de Panambí, bellísimo ballet que se sirve de la rica paleta de colores del folclore guaraní para dibujar, al estilo de los cuadros costumbristas de su admirado Pedro Figari, un escenario mitológico inspirado en una leyenda de amor y magia perpetuada por los indios de las riberas del Paraná y el Paraguay. Sus evocaciones rescatan la memoria del terruño y sobrevuelan el noreste argentino, los aledaños del Paraguay a orillas del río Uruguay y toda la frontera brasileña. La búsqueda de su propia identidad como músico le llevó a asimilar las raíces de la tradición argentina a través de soluciones melódicas, temas folclóricos y recursos tonales. La influencia stravinskiana de la Consagración se hace patente a lo largo de toda la partitura.

Compuso una primera suite del ballet sin la esperanza de que llegara a llevarse a escena pero, tras el éxito de la versión de concierto que dirigió Juan José Castro, en 1940 se estrenó en el Teatro Colón el ballet completo, en un concepto escénico del pintor Héctor Basaldúa y la bailarina y coreógrafa Margarita Wallmann. Entre el público se hallaba el mecenas neoyorquino Lincoln Kirstein, entonces director del Ballet Caravan. Tan impresionado quedó con lo que vio que no dudó en hacerle un nuevo encargo al compositor, que pronto se encerró a trabajar en un segundo ballet, Estancia, bajo el hechizo de la música de Bartók y del último Falla, que pasó sus últimos días exiliado en Argentina.

De padre catalán y madre italiana, Ginastera paso por las aulas del Conservatorio Williams de Buenos Aires, aunque siempre mantuvo viva la llama autodidacta. Estudió con Aaron Copland en Tanglewood y entró en contacto con la música de los genios exiliados de la Europa nazi: Arthur Honegger, Paul Hindemith, Kurt Weill, Arnold Schönberg... Redefinió el folclore, experimentó con la vanguardia europea y llegó a abrazar el método dodecafónico. Con sus conciertos para piano, violonchelo y violín su música adquirió una dimensión internacional y el estreno de su trilogía operística –Don Rodrigo, Bomarzo y Beatriz Cenci– terminó de universalizar su nombre y su estilo. Hasta el punto de que, tras muerte de Villa-Lobos en 1959, se convertiría en el compositor latinoamericano más importante del momento.

Nadie le ha dedicado tanta pasión y energía al repertorio latinoamericano como Gustavo Dudamel y los músicos de la Orquesta Simón Bolívar (que visitarán el Auditorio Nacional el 20 de enero), aunque el mejor registro de Panambí se lo debemos a Pedro Halffter. Hace tiempo que la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria viene incorporando a sus programas los ballets de Ginastera, interpretados en alguna ocasión junto a fragmentos de la Atlántida de Falla, con la que comparten el mismo sentido de ritual de las ceremonias indígenas que sirven para invocar a los ancestros de la América mágica.

En la lengua guaraní panambí significa mariposa, una criatura que, en su aparente fragilidad, es capaz de desatar con su aleteo un tsunami a miles de kilómetros de distancia, según la teoría del caos. Ginastera compuso Panambí a la misma edad en que Orson Welles rodó Ciudadano Kane. A los 24 años el compositor argentino ignoraba el efecto que su primera composición habría de tener en las generaciones posteriores, pero hay razones para pensar que de alguna manera intuía que el último cuadro de su ballet –al que muy oportunamente llamó Amanecer– sería el comienzo de algo muy grande.