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El caso Rautavaara




PorBlas Matamoro - Publicado el 03 Noviembre 2016

El caso Rautavaara

La reciente muerte del finlandés Einojuhani Rautavaara (1928-2016) ha replanteado el tema de las etapas progresivas de la música y, por lo mismo, sus movimientos regresivos. Rautavaara proviene de Sibelius, un músico que, en pleno siglo XX, un siglo musicalmente convulso, siguió valiéndose de un lenguaje contemporáneo, por ejemplo, de Dvorak y Tchaikovsky. Es cierto que exploró soluciones formales inéditas en algunas de sus sinfonías —especialmente en la séptima— pero su utillaje sinfónico siguió siendo el señalado.

Rautavaara partió del patriarca, en particular en sus obras sinfónico-corales, suerte de cantatas dramáticas profanas. A la vez, compuso para la gran orquesta y pata la cámara, para el teatro cantado y hablado. Invalidar su obra asumiendo un dogma estético, un deber ser que, de no cumplirse, enviará al artista al infierno de la historia, carece, pues, de una justa conciencia histórica, que es la que se pretende defender.

Si hubiera una avanzada musical dominante, todos los músicos deberían hacer la misma música, como pasaba en la Edad Media, cuando el sujeto creador era una institución, la Iglesia, y no el individuo como singularidad irrepetible. Las cosas cambiaron desde el humanismo. De tal manera, el progresismo dogmático resulta retrógrado.

En tiempos de la revolución wagneriana, Brahms hizo una obra intransferioblemente brahmsiana que a Wagner le parecía una vuelta a las cancioncillas de Schubert, en cambio Verdi sólo componía canzonetas felizmente tarareables como Rossini, meras lecciones de solfeo. ¿Por qué los músicos citados no wagnerizaron y se dejaron de perder el tiempo en rancias reiteraciones?

Brahms demostró que el lenguaje por él empleado no estaba exhausto. Lo mismo hizo Sibelius y lo mismo, Rautavaara siguiendo a Sibelius. Si todo el mundo se hubiese ajustado a la cartilla atonalista, no tendríamos las obras de Falla, Poulenc, Gershwin o Shostakovich. No hay progreso en la música. En consecuencia, tampoco hay regreso. ¿Imagina el lector que toda la música actual se redujera a los osciladores electroacústico? Seré políticamente correcto: ¿lo imagina también la lectora?

Blas Matamoro