Ud. está aquíInicio / Bitácoras / Santiago Martín Bermúdez / El Bosco suena porque inquieta

El Bosco suena porque inquieta




PorSantiago Martín... - Publicado el 29 Junio 2016

El Bosco suena porque inquieta

El Bosco siempre tuvo para mí una música.

Siempre quiere decir… a ver, a ver. Sí, desde 1963 o 1964.

Era la música del cerebro, del interior, no sé cómo decirlo: esa música que no tarareas, ni siquiera puedes llevar a papel pautado o a alguna de las fórmulas que fueron modernas en tiempos de la autoproclamada vanguardia.

No era música inducida por el cine, porque en el cine no dio nada parecido a aquellas imágenes. Y es que recuerdo mis visitas al Bosco, mi descubrimiento del Bosco. Visitas los sábados por la tarde, después de trabajar. Porque entonces se trabajaba los sábados. El sábado por la tarde era gratuito. No había colas, no había aglomeraciones. Un joven de clase trabajadora, que ya estaba en pleno laburo a los quince y dieciséis años, se extraviaba (para encontrarse, pero él qué sabía) por aquellos pasillos que iban a depararle una de sus muchas aventuras duraderas llamadas autodidactas.

Durante la Ocupación, Sartre se inventó un autodidacta para desdeñarlo, lo mismo que señalaba Ortega en sus compatriotas: inventarse un maniqueo para refutarlo. Leía por orden alfabético. Yo leía y miraba y teatreaba por desorden aleatorio; una mano invisible, acaso como la del moralista Adam Smith, acabó poniendo principios a toda aquella anarquía.

Cómo evoco yo ahora la emoción de pasearse por la sala, a la derecha de la entrada de Goya, la Escuela flamenca, inquietante. Remolonear por otras salas, con el corazón encogido, la pituitaria estimulada porque los museos huelen mucho, los pintores copistas llamándote la atención, el auto de fe de Berruguete arrinconado en un tránsito y tú sin saber qué coño es un auto de fe, la historia de Nastaglio, incompleta, la dulzura imposible de la Anunciación del Angelico.

El autodidactismo consiste en amar, primero, en querer, después, y en ilustrarse, más tarde. Pero entonces ilustrarse, enterarse, leer, documentarse, se convierte en un acto de amor de tal calibre que ya eres preso para siempre. Señoritos de la cultura se burlaban de los autodidactas pobres: cultura es lo que queda después de olvidar lo que se ha aprendido (fingían citar a Ortega). Con el tiempo ha sabido que cultura es eso que amas, que te reclama amor del bueno (cual diría José Alfredo), no fidelidad total, te permite “irte con otras”, pero no que te retrates a su lado, espurio, para presumir ante otros. Cultura es esa riqueza que acumulas después de haber pagado el largo peaje que nunca te costó mucho. Fue trabajoso, fue un placer. Como escribir. Yo escribo con sufrimiento, dice alguien. Si escribes con sufrimiento, no eres escritor. Escribir es un placer, en especial cuando te equivocas, y tienes que volver atrás, o dar un salto mortal adelante hasta que encuentras el puente; hay quien empieza su sonata, su cuadro, su relato por la mitad, y el trabajo consiste en llegar al final y llegar al principio, y que ambos hayan merecido este. Escribir es placer salvo que te pase lo que a Carson Mc Cullers, cosas así. Algo le calmaría escribir, cuando lo hacía en medio de aquel quebranto, de aquel dolor.

Hoy, cuando celebramos (no del todo) dioses corrompidos. Hoy, cuando lamentamos (no por completo) los errores de la bruma. Hoy, comienzos del verano en que a veces te asaltan los amores, hoy sé que El Bosco que veré estos días –si es que lo veo- no será el mismo de mis dieciséis años, en aquel Prado algo provinciano en que un cuartucho albergaba un espejo para que te miraras dentro de las Meninas. A quién se le ocurrió aquello. Hoy, la música del Bosco sigue dentro de mí, y sigo sin detectarla, porque no es Korngold ni Mancini ni Herrmann ni John Williams; no, nada de eso. Pero suena, está ahí. Oliver Sacks tendría algo que decir, acaso un pequeño capítulo más a su hermoso libro Musicofilia.

Ah, se me olvidaba. Al final, alguien daba conferencias ilustradas al bajar unas escaleras por la Puerta de Murillo. Yo oía, yo veía. Qué placer. No puedo entenderlo si lo comparo con placeres de gentes de esa edad no ya entonces, sino en ese mismo momento.

Es decir: nunca eres del todo autodidacta. Eso por un lado. Por otro, el desdén que siempre se sintió hacia la cultura en esta ciudad capitalina en que vivo. ¿El Bosco? Era mejor no prodigarse con algunos coleguillas refiriendo ese tipo de descubrimientos. No malgastes tus estupores, resérvalos para concretas intimidades, y aun así. El Bosco y su música intangible e inefable son para la intimidad. Si acaso.

La Visión de Tondal,  atribuida a un seguidor de El Bosco. Museo Lázaro Galdiano.

La Visión de Tondal, atribuida a un seguidor de El Bosco. Museo Lázaro Galdiano.