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El arte de programar



El arte de programar

Si en la gestión cultural hay una mezcla casi perfecta de arte y ciencia, de economía y sociología, de aprovechamiento del éxito y de riesgo controlado, esa está en la programación musical. Programar bien requiere mucho conocimiento de un medio en el que casi todo el mundo se siente capaz de ejercer esa función. A la hora de juzgar al programador hay que partir de esa base y suponerle que pondrá en práctica ese bagaje partiendo de la experiencia propia. Pues bien, en el editorial de nuestro último número recordarán que fuimos duros con la postura programadora de la Orquesta y Coro Nacionales de España en relación a la música española. Hoy, un mes después, y conocida la de la próxima temporada, debemos reconocer, noblesse oblige, que tal actitud ha sido corregida brillantemente, dado que en su programación casi una de cada cuatro de las obras que se escucharán serán españolas. Sus autores, entre otros, Enrique Rueda con Sonata para orquesta, Manuel de Falla con El sombrero de tres picos y las Siete canciones populares españolas, Benet Casablancas con Sogni ed Epifanie. Un bagliori tra notti, Xavier Montsalvatge con Cinco canciones negras, Pablo Miyar con Castillo interior, Jesús Angel León con Dos danzas argentinas y Gabriel Erkoreka con Fauve, Cuatro diferencias y Veni Creator. Hay más. Son las cosas de la actualidad: lo que ayer parecía negro hoy se aclara afortunadamente. Reconocer el acierto de la OCNE y de su gerencia es aquí, y ahora, un gratísimo deber.

También recientemente han presentado sus programaciones los dos teatros de ópera más importantes de España. Y la verdad es que no pueden ser más distintas, lo que estaría muy bien si ambas fueran ambiciosas por igual pero en esa disimilitud, si se nos permite la paradoja irónica, reside lo único que las acerca. El Teatro Real, seguramente espoleado por esa curiosa celebración de sus presuntos 200 años que le está saliendo de maravilla y, cómo no, a través de la gestión de un programador de primera como Joan Matabosch, presenta un abono de extraordinario interés, con estrenos en España de la importancia de Die Soldaten de Zimmermann, Gloriana de Britten o Dead Man Walking de Jake Heggie. El Gran Teatre del Liceu, por su parte, propone una temporada en la que la obra más moderna es Manon Lescaut, de Puccini, estrenada en 1893, con nada menos que tres títulos de Donizetti que no son precisamente rarezas y cuya única novedad de peso es, algo es algo, El demonio de Anton Rubinstein, merecedora sin duda de ser conocida por un público al que pareciera que hubiera que darle voces por encima de todo. Ya sabemos la importancia de lo vocal en la ópera, no faltaría más, pero un espectáculo como este bien merece un cierto riesgo, un tratar de involucrarse en la modernidad que vive no solo el género sino también su audiencia —o eso debiera suponerse—. No hay que despreciar su gusto, desde luego, pero sí hay que atreverse a proponerle menús que lo hagan más amplio, que le abran el camino a otros disfrutes.

Diera la sensación con esta diferencia que mientras el Real —a quien en estas páginas no se le han escatimado críticas— se siente viento en popa a toda vela, el Liceu —que igualmente ha recibido elogios cuando se merecían—viviera en un temor que le llevase a no definirse, como esperando también qué ha de pasar en una situación en la que sus abonados, por condición social y política, parecen protagonistas más o menos silenciosos de un momento en el que a todos se les habría de pedir alguna responsabilidad —y al Liceu definirse, como lo ha hecho el Fútbol Club Barcelona. Son los gajes de la burguesía y de ahí para arriba. Ese problema, al menos desde esa situación, no lo tiene Madrid y, por tanto, a menos temor más calma.

Y hablando de teatros, parece que Opera XXI, la organización que reúne a los de ópera españoles, quiere hacerse cargo de los Premios Líricos Campoamor. Loable idea siempre y cuando su desarrollo y su gestión sean independientes y no haya cuotas ni explícitas ni implícitas, intereses o presuntos liderazgos que la empañen. La recuperación de unos premios que fueron modelo de independencia no puede hacerse sino desde esa misma premisa irrenunciable.

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