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Einojuhani Rautavaara



Einojuhani Rautavaara

Cuando mi buen amigo el compositor Manuel Ruiz del Corral quiso buscarse un sitio en el corazón de Finlandia hace cosa una década acabó encontrando a dos personas excepcionales que cambiarían su vida para siempre. La segunda de ellas sería Einojuhani Rautavaara (1928), quien pese a su estatus de decano y señor de la música finlandesa contemporánea apenas sonaba en nuestro país más que como un nombre impronunciable con algo de saga o sortilegio por mucho que algunos discófilos cantasen maravillas gracias a los álbumes que Ondine exportaba desde el frío septentrión discográfico. Al igual que Ruiz del Corral, otros jóvenes aficionados de este país —entre ellos tengo el gusto de contarme— experimentamos una especie de epifanía al pinchar obras del compositor de Helsinki como el poema Angels and Visitations (1978) o la Sinfonía nº 8, “El viaje” (1999); su música —especialmente la compuesta a partir de finales de los años 70— constataba la posibilidad de una tercera vía —viva y poderosa— entre el decurso del paradigma postserial y su contestación neotonal y místico-minimalista; una tercera vía que se abría entre ellas con el ardor propio del arte auténtico y que prometía algo que parecía impensable en el ámbito de la música clásica actual: la continuidad del romanticismo en una época declaradamente antirromántica. No hablo, obviamente, del romanticismo retardatario de aquellos autores abatidos sobre la lápida de la nostalgia —Penderecki, sin ir más lejos—, sino de ese romanticismo ucrónico entendido como élan bergsoniano y no como tipología —el mismo que recorre, por ejemplo, la obra de Hovhaness, Sumera o Vasks. Y es que a pesar de que la hoja de ruta de Rautavaara no difiere mucho de la de tantos otros colegas que parten de la esclavitud de lo aprendido —Kilar, Pärt, Kancheli, Schnittke, etc.— para evolucionar dialécticamente hacia un horizonte sintético e idiomático, en repetidas ocasiones el finlandés ha insistido chamánica o jungianamente en el hecho de que es la música la que encuentra su forma a través del compositor, y no éste quien busca la música a través de la forma. Así, entre Un réquiem de nuestro tiempo (1953) y el giro copernicano que se produce en el ínterin de la Sinfonía nº 4 “Arabescata” (1962) y Anadyomene (Adoración de Afrodita) (1968), Rautavaara intentará hacer buena letra mientras pone orden en sus ideas —algo así como abrochar la música de Sibelius y Bruckner con los doce botones de Schoenberg— bajo la tutela de ultramodernos como Persichetti, Sessions y Copland —unos años americanos que en 2004 revisitará en el tríptico orquestal Manhattan Trilogy—, pero después de tal giro liberará su escritura de los compromisos estructuralistas y seriales trabajando un reduccionismo lingüístico operado sobre motivos impelentes y erigido sobre escalas octatónicas con divisiones simétricas.

David Rodríguez Cerdán
(Comienzo del artículo publicado en el nº 307 de Scherzo, de mayo de 2015)

Madrid. Auditorio Nacional. 11-V-2015. Ivo Pogorelich, piano. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Director: Víctor Pablo Pérez. Obras de Padilla, Rautavaara y Schumann.

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