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Eduardo Fernández



Eduardo Fernández

El pianista Eduardo Fernández está viviendo uno de los momentos más dulces de su vida. Acaba de ser padre, este mes presenta su último disco y el pasado 29 de noviembre fue galardonado con el Premio Ojo Crítico de RNE. Comenzó a jugar con la música a los 4 años, tocando el requinto en la banda que dirigía su abuelo. Poco después, se cruzó en su camino Carmen Aguirre, la maestra que más le ha influido. Ella le inculcó la sana costumbre de ir más allá de la partitura, de empaparse de la vida y las circunstancias del autor para ejecutar correctamente un texto musical. De hecho, en la actualidad está escribiendo su tesis doctoral sobre Scriabin, una figura que le ha cautivado. Esa misma sed de conocimiento le permite seguir aprendiendo “con el espíritu libre y limpio” de cada uno de los conciertos a los que asiste.

¿Qué fue lo que le hizo emprender este “proyecto Scriabin” al que se está dedicando en cuerpo y alma en los últimos tiempos?

La obra pianística de Scriabin siempre me ha causado mucho respeto, pero tengo una muy buena amiga musicóloga que me lleva insistiendo desde hace mucho tiempo en que toque más su música, por esa estratificación de planos, de calidades y de cualidades diferentes de sonido que busco en mis interpretaciones. Ella me decía: “Tu compositor es Scriabin, ahí vas a tener un bosque frondoso”. Y no se equivocaba. Lo que me terminó de enganchar fue la evolución tan grande que existe entre la Sonata nº 1 y la Sonata nº 10. No conozco otro compositor que haya tenido un cambio tan acusado entre la primera y la última época. 

Ya que ha mencionado el tema de las diferencias de lenguaje tan radicales entre el primer y el último Scriabin, ¿con cuál se siente más identificado, con el del Concierto para piano de 1897 o con el de Vers la flamme de 1914?

Por supuesto, con el de Vers la flamme, porque en ese momento Scriabin controlaba perfectamente “la flamme” juvenil [risas]. En la última época cada una de las notas tienen un porqué, y eso me fascina.(...)

Su inmersión en la figura del compositor ruso está siendo tan profunda que está realizando una tesis doctoral sobre él. ¿En qué aspectos se centra este trabajo de investigación?

Mi tesis versa sobre la influencia de la teosofía en la evolución de la escritura de Scriabin. Descubrí que los estudios previos realizados tienden a caer hacia una de las dos caras —contrapuestas— del mundo scriabiniano. Unos escarban en el misticismo como única razón de todo, otros sólo diseccionan analíticamente la música de un modo tan matemático como entumecido, atendiendo a parámetros de las Teorías de Sets, válidas para análisis de música serial y atonal, pero insuficientes en el caso de Scriabin. En realidad, lo que estaba haciendo el ruso era buscar una forma de lenguaje para expresar un pensamiento filosófico, que es algo mucho más complejo.

Imagino que la compleja y excéntrica personalidad de Scriabin es otro de los puntos clave de su trabajo. ¿Es así?

Exacto. El objetivo de mi investigación también es el personaje de Scriabin en su conjunto, una figura repleta de enigmas. Profundizar en el estudio de estos enigmas nos revela una visión más certera de todas sus obras. De este modo, podemos apreciar la enorme evolución en su proceso creativo, desde las primeras piezas de aspecto chopiniano y heroico (con la influencia de la filosofía cristiana de Vladimir Soloviov) hacia un lenguaje algo más avanzado (influido por Nietzsche y Schopenhauer), para finalmente encontrar una nueva identidad tras conocer a Madame Blavatsky y su doctrina teosófica en 1905, a Jean Delville y, años más tarde, a su amigo Viacheslav Ivanov, que ejerció una gran influencia en sus últimas composiciones. De este modo, Scriabin consigue dar cabida a la simbología teosófica, no sólo para instaurar su propio canal de expresión, sino también para divulgar la doctrina al oyente, creando un lenguaje místico en el que él, como Creador, siente la necesidad mesiánica de comunicar y hacer sentir al resto de la humanidad su mensaje. De ahí la continua alusión al acorde místico o acorde del pléroma, que es la unidad inicial de la que surgen los pares complementarios: dios y diablo, ying y yang, bien y mal, masculino y femenino, espíritu y materia, evolución e involución…, todos ellos necesarios para el proceso circular de la vida tan presente en las obras finales de Scriabin. (...)

Estamos comprobando que se ha sumergido a fondo en el universo de Scriabin y en su lenguaje compositivo con el fin de interpretar mejor su música, muy en la línea de los Performance Studies, una de las vertientes más interesantes de la musicología actual. Seamos concretos, ¿qué le aportan estas investigaciones a su forma de tocar las obras de este autor?

 

El intérprete debe comprender el mensaje que Scriabin quería transmitir con su escritura musical para poder hacer una lectura apropiada de sus obras. Por ejemplo, determinados giros pueden ser asociados con invocaciones o conjuros; otras figuras concretas con luces o sombras; motivos de cinco notas muy rápidos indican una vuelta hacia lo terrenal, un vuelo hacia lo inmaterial o la disipación de la materia en espíritu, y el uso de tresillos repetidos anticipa la inminente llegada del caos. La simbología es amplísima. Además, Scriabin incluye muchísima información textual en la partitura a través de sus indicaciones de carácter y de expresión, lo que unido al mensaje que se esconde detrás de las notas nos ofrece todas las claves para conocer la sintaxis distintiva de este autor. Por otro lado, la música de Scriabin es muy rica para un pianista en cuanto a su variedad de elementos. A la evolución puramente técnica de su escritura debemos añadir la evolución de su pensamiento filosófico y mesiánico y la creciente influencia que este ejerce sobre sus composiciones. La falta de atención por parte del pianista a uno de estos elementos da como resultado una interpretación incompleta. Por eso, de un modo coherente con el axioma scriabiniano de unión de todas las artes, intento abordar mis interpretaciones desde una visión lo más completa posible de la figura de Scriabin como compositor, pianista, artista, místico, teósofo, revelador y persona. (...)

Eva Sandoval

(Extracto de la entrevista publicada en el nº 325 de Scherzo, de enero de 2017)

 

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