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Don Carlo, por Boadella, Max Valdés y Bros en El Escorial




PorSantiago Martín... - Publicado el 12 Marzo 2015

Don Carlo, por Boadella, Max Valdés y Bros en El Escorial

Albert Boadella presentó en el auditorio de El Escorial, ante la prensa especializada, su proyecto de puesta en escena de Don Carlo, de Verdi, para este verano. Estaban presentes el que será protagonista, el tenor José Bros, y el Intendente de los teatros del Canal y el Auditorio de El Escorial, Jorge Culla. José Bros declaró que se siente a gusto en su momento actual como intérprete, y se considera tenor lírico puro, esto es, sin elementos de tenor ligero ni spinto. Estaba ausente el maestro que lo concertará todo, el chileno y creo que también español Max Valdés. El proyecto de Boadella, que ya no es proyecto sino una realidad que se está llevando a cabo, tiene ambición. Se trata de colocar la trama, en la medida lo posible, en su auténtico contexto histórico. El tema de la leyenda negra, inventada por un delincuente al que se salieron mal las cosas, un tal Antonio Pérez; y los partidarios de Orange, flamencos que fundaron los Países Bajos, parece perseguir a los españolitos de varios siglos, y desde luego inspira a Schiller y a Verdi. Trataré de no repetir cuestiones ya desarrolladas en los artículos que dediqué a Verdi y lo hispánico en Scherzo y en la revista de Asociación de Directores de escena (en 2013, el centenario, claro está).

No sé por qué tenemos que identificarnos con esa desdicha que fue para España la Casa de Austria, por la que lucharon algunos catalanes hasta 1714 (hoy tratan de explicarlo: el pasado es imprevisible); pero así están las cosas incluso hoy día. El joven Carlos I desembarcó en lo que hoy es España con su corte de flamencos depredadores, ambiciosos, codiciosos, y todos ellos se quedaron con todo, incluso con la lealtad de muchos españoles en virtud de las ideas vigentes entonces sobre legitimidad del poder (ay, mi Garcilaso). Esos flamencos provocaron una guerra civil, terminaron con las libertades castellanas al aplastar a las Comunidades de Castilla (Bravo, Padilla y Maldonado murieron a manos del verdugo; lo de Casanova, dos siglos más tarde, es de risa en comparación) y desviaron la atención de España hacia aquel avispero que era Europa Central, aprovechando para los conflictos de la familia Habsburgo las riquezas del brutal espolio americano.

Pues bien, esos flamencos, pero ahora de un poco al norte, no aguantaron la tiranía del hijo del flamenco depredador, Felipe II, y se rebelaron por sus libertades. Hay que comprenderlos, ya no podían robar en la corte hispana, y eran ellos los absorbidos por el Imperio, que pese a ir contra los intereses de Hispania, era cada vez más un imperio español, para desgracia nuestra. De nuestros antepasados, quiero decir. Pero con repercusiones posteriores muy graves.

Boadella sabe de sobra que el pobre príncipe don Carlos era, al menos, “algo rarito”; que Isabel de Valois y don Carlos no se conocían de antes; que en Francia se prefirió que el novio fuera Felipe –viudo repentino de María Tudor, ya rey, en edad de merecer-; que Felipe era un hombre en la plenitud, al que todavía le faltaba mucho para cumplir los cuarenta, no un viejo decepcionado y algo caduco como en la ópera. Pero la leyenda negra tiene varias dimensiones, y una de ellas es que Felipe II fue el asesino de su hijo, en uno de los procesos más impresionantes de su reinado; los otros serían el del Arzobispo Carranza y el de Antonio Pérez. Don Carlos, para mayor desgracia, era hijo de un hombre muy joven, de manera que iba a tardar mucho en reinar, si es que sobrevivía a su padre. Le perdió su impaciencia, dicen algunos historiadores. Si no le había perdido antes su psique, consideran otros. Aunque, no lo olvidemos, hay visiones y revisiones permanentes de este caso apasionante; siempre dice alguien la última palabra, esto es un sinvivir bibliográfico. El romanticismo ante litteram de Schiller se valió de don Carlos para criticar el despotismo de los pequeños estados del abigarrado mosaico alemán, y se valió de la obrita que recordamos en aquellos papeles de ambas revistas. Permítanme que cite algo de lo que escribí entonces: “Schiller, en vida, no podía criticar la feroz Prusia de sus días, despedazadora de Polonia en complicidad con Rusia; ni siquiera el Wurtenberg de su ultrajado y brutal aprendizaje, así que optó por disfrazar las diversas tiranías principescas alemanas gracias a cierta novela amorosa y propagandista de César Vichard de Saint-Réal, Don Carlos, y ennobleció el relato como era natural en él”.

Bien, este es el estado de la cuestión en el “caso del Don Carlo de Boadella”. Es apasionante, claro. Cómo se va a resolver este intento de compromiso (ya que no de conciliación) entre verdad histórica y la obra maestra de Verdi. Recordemos, entre paréntesis, que el propio Verdi sabía y escribió en varias cartas que aquella historia era falsa, pero que tenía su verdad poética. Antes de que sea tarde, diremos que Boadella ha elegido la versión en italiano y en cuatro actos, sin el acto de Fontaineableu (el jovencísimo don Carlos nunca visitó Francia), y bien sabemos que ambas versiones han dado lugar a nuevas variantes a lo largo de siglo y pico, con sus cortes y sus correspondientes diferencias.

Sin embargo, como ya hemos dicho en otra parte, hay una escena en la ópera (no en la tragedia de Schiller) de especial interés histórico: el auto de fe. Es un auto de fe típico, pero inventado. Y, aunque inventado, es la única realidad histórica de arriba abajo. Los estados de la época reprimían con crueldad la disidencia religiosa, o la herejía, como se llamó entonces. La Inquisición, invento católico e italiano por antonomasia, se perfeccionó en esta península, pero no estaba sola en Europa; la Europa protestante consiguió, además, que la cárcel exterior fuera asumida en el interior de cada alma. Quién sabe qué es peor. La religión era un elemento identitario; hoy no lo es en Europa, por mucho que Isabel sea cabeza de la iglesia anglicana o en los países escandinavos haya también confesionalidades obligatorias en los gobiernos, pero con gran tolerancia social, que ya quisiéramos. Hoy las identidades se buscan en la etnia; rascas apenas y en la etnia lo que hay es un idioma atascado históricamente y el intento de una minoría de dominar y quedarse con todo engañando a eso que en tiempos llamábamos “el pueblo”.

Boadella acudirá, por lo que se deduce, a la dirección de actores para tratar de recuperar un mínimo de verdad histórica frente al disparate que nos proponen los libretistas (que son demasiados), y respetuoso por la belleza de la obra de Verdi y, dejando apartela fantasía filológica, la coherencia interna de la letra cantada. Esto es, de la situación lírico-dramática. No olvidemos que la dirección de actores es eso que a menudo desdeñan los colegas de Boadella, más que nada porque es lo más difícil. Esto tiene que ver con otra cuestión de la teatralidad de Don Carlo. Boadella se refería a ese “frotarse las manos” de los escenógrafos ante esta ópera, prometedora en escenarios monumentales. No habrá nada de eso. Pero habrá una cuidada, medida dirección de actores.

Momento de la rueda de prensa. Foto: SMBLa rueda de prensa fue divertida, no se puede reproducir todo aquí. En la charla, aquello se animó más aún gracias a nuestro querido Arturo Reverter, que hizo preguntas agudas a las que Boadella respondió con agudeza semejante. No fueron las únicas, pero aquello dio lugar a la retranca de uno y de otro, del catalán y del gallego.

De izq. a dcha.: Josep Bros, Jaime Culla y Albert Boadella en la rueda de prensa. Foto: SMB.

Ah, la leyenda negra. Como casi-casi dijo Boadella: el imperio europeo que esté libre de culpa que arroje la primera piedra, en especial los de ciudadanos que más a menudo la han invocado y aprovechado. Con otras palabras, pero era eso. Pienso, por ejemplo, en un país muy tolerante y acogedor de libertades, Holanda, la que rebeló. ¿Qué podemos decir de su dominio imperial? No se trata del “y tú más” ni de identificarse con el a menudo siniestro Felipe II (siniestro y fomentador de cultura, no lo olvidemos), sino de sacudir el tópico. Ya está bien, caramba.

Ahora que lo pienso… ¿no se podrían dar al mismo tiempo unas cuantas sesiones del film La kermesse héroïque, de Jacques Feyder, de 1935?

De momento, ahí tienen el enlace del propio Boadella sobre este espectáculo.

http://www.teatroscanal.com/espectaculo/opera-don-carlo-albert-boadella/

Autor de las fotos del ensayo y de Albert Boadella con la maqueta: Jaime Villanueva.