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De la cabeza a los pies




PorBlas Matamoro - Publicado el 26 Enero 2016

De la cabeza a los pies

Soy de los que advierten siempre en la música de Tchaikovsky una suerte de honda convicción bailable. Más que una música para que bailen otros, una música para que ella misma baile consigo misma, en un espacio ideal y con la corporeidad que, si no ideal, es muy levemente real, pues consta apenas de una sonoridad pasajera. En sus sinfonías, caprichos, cuartetos, conciertos, siempre hay una marcha, un vals, una majestuosa polonesa, hasta un adagio con largos arcos melódicos que evocan el solo de una étoile del baile.

Lo curioso del asunto es que, en sentido inverso, con la música tchaikovskiana de baile me suele ocurrir lo mismo. Al escuchar sus tres grandes ballets se me ocurren historias concretas a partir de la historia abstracta que esas magistrales partituras me están narrando. Prescindo del libreto, me libero de bellas durmientes, cascanueces encantados y lagos con cisnes. Me monto mi propio tinglado. Y, al sugerirme una historia, esa música pura y abstracta me lleva al mundo de la sinfonía que, desde los esquemas clásicos, siempre ha tratado de montar una imagen vibrátil de las cuatro edades de la vida.

Hay, entonces, en el mundo tchaikovskiano, un espacio intermedio entre la literatura y la música que nada tiene que ver con la literatura impuesta a la música por los biógrafos y por los libretistas de los ballets. Los cuadros encendidos de colores que contrastan con el gris sombrío y gótico de los episodios siniestros, me permiten montarme mi Tchaikovskiana personal a partir del nudo fuerte y elemental que hace del maestro ruso, casi infaliblemente, un maestro de baile de la música: el ritmo. Es lo elemental, lo más corporal y diría que animal de la música, las euritmias, movidas y detenciones del cuerpo, sus constantes respiratorias, musculares, circulatorias. Por ellas, fatalmente, la música baja de la cabeza a los pies y esto no es rebajarse sino – nada menos – encontrar los fundamentos de nuestro orden corporal, mamíferos erguidos, especie única: los pies, que pueden ser los de Marlene Dietrich o Cristiano Ronaldo.

Blas Matamoro