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Daniele Gatti



Daniele Gatti

Su nombre se repite en los programas de mano de cuatro de las mejores orquesta del mundo (Filarmónica de Viena, Royal Concertgebouw, Sinfónica de Boston y Orquesta de la Ópera del Metropolitan), también en las quinielas sucesorias de La Scala de Milán y en las soirées sinfónicas de la Orquesta Nacional de Francia, de la que es director titular desde 2008. Viene Daniele Gatti (Milán, 1961) de celebrar el bicentenario de Wagner en Nueva York con un sensacional Parsifal, junto a Jonas Kaufmann y René Pape, y ya le esperan en Salzburgo para los primeros ensayos de Los maestros cantores de Núremberg, uno de los platos fuertes de la temporada estival. Se resiste el maestro milanés a adelantar detalles sobre el nuevo montaje de Stefan Herheim y recurre a Verdi cuando se trata de desmentir la preferenza germánica de su repertorio. Asegura tener el corazón dividido, como el programa de los conciertos que ofrecerá a lo largo de este mes de junio en Barcelona, Madrid (para la clausura de la primera temporada de La Filarmónica) y Granada (como inauguración del festival de verano). Dirigirá, al frente de los nacionales galos, un surtido de oberturas y fragmentos orquestales de óperas de Wagner y Verdi.

El bicentenario ha enfrentado a los melómanos. ¿Se ha visto en el compromiso de tener que elegir entre Wagner y Verdi?

En absoluto. Me parecería un error y toda una simpleza por mi parte. No me explico la urgencia por enfrentar musical e ideológicamente a estos dos grandísimos compositores, y por lo tanto jamás me he visto en la necesidad de tener que priorizar o privilegiar a alguno de los dos. Mi corazón tiene espacio para ambos. He dirigido Parsifal, Los maestros cantores, Lohengrin, El Holandés errante… Me encantaría tener la oportunidad de dirigir Tristán e Isolda, El anillo del nibelungo, Tannhäuser… Voy a inaugurar la próxima temporada de La Scala con La traviata. De Verdi he hecho todo cuanto me ha apetecido. Quizá si me dieran carta blanca, hoy me centraría en su primera etapa, en la más desconocida. Me gustaría hacerla de la manera adecuada, es decir, con un reparto bien pensado y equilibrado. Oberto, Lombardi, Ernani y otras partituras de juventud ayudan a entender mejor las óperas posteriores, que, como ya sabemos, cambiarían para siempre el rumbo de la lírica.

¿Quiere decir que es injusta su fama de germánico y, por extensión, de wagneriano?

Más que injusta es poco precisa. No le voy a negar que Brahms y Beethoven ocupan un lugar muy especial en mi corazón. Disfruto dirigiendo el repertorio sinfónico alemán y austriaco, pero con el tiempo he aprendido que cada Verdi es una experiencia vital de la que salgo mejorado. Es lo que tiene el teatro, que cambia la vida de la gente. Es una pregunta compleja la que usted me hace. Toscanini solía decir que adoraba a Verdi pero que se sentía más conectado con Wagner.

Y, sin embargo, se negó a pisar Bayreuth…

Es una opción muy respetable. Tanto como la de los directores que sí decidieron participar en el festival. Y se lo digo así de claro porque no me considero capacitado para juzgar a las personas. Sólo puedo hablar y valorar el trabajo de los músicos en contextos poco propicios para la música y para la Humanidad como fue el Tercer Reich. Por supuesto que tengo mi propia opinión al respecto, pero como persona pública prefiero que en mis entrevistas se hable de música, y no de política.

No siempre está claro dónde acaba una cosa y empieza la otra. ¿Qué le parece que la Filarmónica de Viena haya reconocido su vinculación histórica con el nazismo?

Preferiría no responder a esa pregunta…

Visita España estos días con la Nacional de Francia cinco años después de asumir la titularidad. ¿Ha conseguido afinarla a su gusto?

Hemos trabajado duro y conseguido logros importantes. Hablamos de una orquesta con un potencial
enorme y también con muchísima personalidad. No puedes llegar e imponer tu criterio en cuatro días. Es preciso dialogar, razonar, convencer en lugar de vencer. Por otro lado, nos hemos encontrado con una serie de dificultades extraordinarias. Me refiero, sobre todo, a las obras de la nueva sede de los Conciertos de Radio Francia que nos obligan a ensayar en el Teatro de los Campos Elíseos. Ha sido muy duro trabajar en estas condiciones, pero parece que ya empezamos a ver la luz al final del túnel…

¿Sigue paseándose el espíritu de Kurt Masur por la sala de ensayos?

No. Como sabe, Masur me pasó el testigo de la orquesta hace casi 6 años. Todo el mundo guarda muy buenos recuerdos de aquella etapa, y yo no le puedo estar más agradecido por su dedicación y esfuerzo. Pero ahora tenemos una manera diferente de hacer las cosas que tiene que ver más con mi estilo y con mi personalidad. Eso significa que ahora Beethoven se toca a mi manera… [Risas].

¿Cómo describiría esa “manera”?

¿Me está pidiendo que le haga los deberes? Prometo leer su entrevista, pero no me obligue a dictarle lo que tiene que escribir…

¿Lee también las críticas de otros colegas? Lo digo porque al llegar a París no fueron precisamente delicados con usted…

No suelo leerlas. Y, si lo hago, espero a que pasen dos o tres semanas de su publicación. Hay críticas buenas y malas, musicales y personales, profundas y decididamente superficiales… Qué le voy a decir. Es un trabajo de lo más complicado. Porque antes de escribir hay que haber percibido y sentido. Y luego ponerse a traducir, a conectar ideas, a llamar a las cosas por su nombre. A contrarreloj y con límite de espacio. Me compadezco mucho de los críticos.

¿Recuerda alguna crítica constructiva, que le haya ayudado a mejorar?

Al poco de debutar en el podio, hace ahora 33 años, alguien dijo que iba por el camino correcto, pero que debía ser más claro y efectivo a la hora de transmitir a mis músicos, que debía depurar el gesto. Agradecí mucho la sugerencia, sobre todo por la manera inteligente y elegante en que la recibí.(...)

Benjamín G. Rosado

(Comienzo de la entrevista publicada en Scherzo nº 286, junio 2013)

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