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Cuenca, nueva etapa



Cuenca, nueva etapa

Desde que se anunció su cambio en la dirección, la Semana de Música Religiosa de Cuenca (SMR) ha vivido en un sobresalto permanente. Primero la convocatoria, luego su resolución y después las quejas y hasta las demandas —de dos de los candidatos— en relación a su resultado. Todo ello deja un poso de mala impresión en un proceso que debía desembocar para la SMR en la resolución de unos cuantos problemas de gestión —en lo artístico poco podía reprocharse al trabajo de Pilar Tomás—, no el menor las dificultades de algunos de los artistas actuantes a la hora de recibir sus respectivos cachés. Así, pues, al intento de dos de los candidatos por desmontar los presuntos méritos de quien fuera finalmente nombrado, Cristóbal Soler, se uniría la demanda de la propia Pilar Tomás —que reclama deudas relativas a los tres últimos años— y la muy razonable queja del musicólogo y director Albert Recasens —entre otros— respecto al trato recibido por parte del equipo saliente a la hora de (no) recibir sus emolumentos, a lo que hay que añadir la imposibilidad por ley de aplazar los pagos del IVA y, por tanto, la obligación de abonarlos antes de recibir lo contratado. Todo, pues, poco edificante —y del dominio público entre las gentes de la profesión—, y más cuando se trata de uno de los más antiguos festivales de España, de los más rigurosos en su programación, con un público fiel y que no merece caer a estas alturas en esta clase de asuntos que atentan contra su buena reputación.

Naturalmente, lo que esté en manos de la justicia se resolverá antes o después y tendrá o no repercusiones en la decisión tomada por los responsables de cesar o de nombrar antiguos o nuevos responsables, pero lo que ha de funcionar ya es la programación de la SMR y el sentido común a la hora de llevarla a cabo. El listón siempre estuvo muy alto, sobre todo en los años que rigieron sus destinos Pablo López de Osaba, Antonio Moral y la propia Pilar Tomás, y mantenerlo debiera ser la primera obligación de Cristóbal Soler, para lo cual hace falta contratar bien, programar con criterio y pagar a tiempo. Lo entendió muy bien el Festival de Santander tras la salida de su director, José Luis Ocejo, y su nuevo equipo ha sabido sacar adelante lo que parecía entonces un cadáver.

Con este precedente habrá que pensar que este año sea probablemente de transición en la historia de la SMR y darle a su nuevo director —quien ha asegurado que los pagos debidos ya están en marcha— el beneficio no ya de la duda sino del sentido común y esperar a que 2018 sea el año de la normalización tras la crisis. La programación se ha presentado ya y une cosas interesantes con otras demasiado previsibles pero mantiene colaboraciones fundamentales en el terreno de la investigación y prosigue en la idea, hoy imprescindible, de la socialización de la oferta musical.

Por otra parte no deja de ser curiosa la cada vez mayor presencia de los directores de orquesta como responsables artísticos de los festivales. Serán cuatro —Granada, si se confirma la designación de Pablo Heras Casado; Santander con Jaime Martín; Sevilla con Fahmi Alqhai y ahora Cuenca— los que respondan a un modelo que es cierto que se da con frecuencia fuera de nuestras fronteras —Mostly Mozart, Grant Park, Glyndebourne, Ravinia, Aspen—, que no es ni mejor ni peor que otros pero que también pone en entredicho la capacidad del gestor frente a la del artista mientras que hace que a este se le suponga una no necesariamente mayor imaginación programadora. Lo que cada vez se pide más a los festivales es personalidad pero, al mismo tiempo, no ir más allá de sus posibilidades ni quedarse cortos, en otras palabras, lo que le ha sucedido al Festival de Música de Canarias ayer y hoy: la entrada en una crisis de la que debe salir aprendiendo, por ejemplo, que unir a las dos orquestas de las Islas para hacer unos Gurrelieder no es la mejor manera de atraer a un público que ha visto allí grandes cosas, que sabe que hay algo de trampa en el cebo que se le pone y que, por eso, no acude en la medida deseable a escuchar semejante obra maestra. Pero es que propuestas y resultados deben ir de la mano si se quiere continuar en esta carrera cada día más difícil. La SMR y su nuevo director deben saberlo y obrar en consecuencia.

(Editorial publicado en el nº 326 de Scherzo, febrero de 2017)

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