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Cuatro cantos serios op. 121, de Brahms



Cuatro cantos serios op. 121, de Brahms

Una de las grandes obras maestras de Brahms dentro de su parcela vocal, la cima en su camino de compositor de Lieder, un prodigioso testamento que el presentimiento inconsciente del autor previó poco antes de su adiós definitivo. Digamos que en ese año de 1896 el compositor no estaba preocupado por ningún tipo de conflicto en torno a su muerte, que se produciría un año más tarde. Algunos estudiosos brahmsianos (Claude Rostand, Karl Schumann, Ludwig Finschler) nos cuentan que estos cuatro Lieder tendrían su origen en el deseo de rendir homenaje al padre de su amigo recientemente fallecido, el pintor y escultor Max Klinger, a quien están dedicados, aunque como decía Sopeña, más acertado, “la muerte personal se canta en las cuatro canciones de forma indudable”. Los textos, extraídos del Eclesiastés (en la traducción alemana de Lutero) y de la primera Epístola de San Pablo a los Corintios, reflejan una confesión de su autor muy particular. A partir de una melodía de tipo arioso y declamatorio, de figuras musicales retóricas y relaciones motívicas entre las cuatro canciones, Brahms desarrolla una podríamos llamar grandiosa “oración”, que no por azar recuerda a Schütz y posteriormente fascina a Schoenberg. Los cuatro Lieder son de grandiosa y robusta elocuencia (Nº 1), con un gran sentimiento de compasión (Nº 2), de indudable belleza expresiva (Nº 3, “la máxima encarnación del genio”, según Sopeña), y de carácter muy humano, con una música plena de bondad (Nº 4). De los cuatro, escritos para voz grave con acompañamiento pianístico, nos cuenta Rostand que existen dos orquestaciones, ninguna de ellas de Brahms (disponibles en Universal Edition y Breitkopf & Härtel respectivamente).

La discografía es aceptable dentro de lo minoritario del repertorio y de la severidad expresiva de las canciones que obviamente no es apta para todos los paladares. No hay versiones importantes que nos hayamos dejado fuera del estudio, aunque algunos cantantes (Theo Adam, Kurt Moll, George London, Hermann Prey, Sherrill Milnes, Andreas Schmidt, John Shirley-Quirk, Victor Braun y José van Dam entre las voces masculinas, y Marian Anderson, Maureen Forrester y Brigitte Fassbaender entre las femeninas) han dejado sus testimonios discográficos que tienen un evidente interés para los aficionados, aunque la mayoría de ellos estén actualmente descatalogados. Pueden intentar localizarlos en los habituales sitios de internet. Las interpretaciones que hemos seleccionado (dos apartados femeninos y cinco masculinos), por orden cronológico de grabación, son las que siguen:Alexander Kipnis, cuatro de Fischer-Dieskau, dos de Kathleen Ferrier, Hans Hotter, Janet Baker, Thomas Quasthoff y Thomas Hampson.

Alexander Kipnis (con Gerald Moore, EMI Références, 1936, 24’). El Brahms de Kipnis, instalado en lo intemporal, que es también lo eterno, lo pueden encontrar en un disco barato de EMI Références que contiene 24 lieder del hamburgués grabados en Londres y Nueva York en 1936 y 1940 respectivamente. Pero antes de hablar de este binomio prodigioso, refresquemos la memoria de nuestros lectores con el mejor bajo alemán del segundo tercio del siglo XX, que de hecho era ucraniano, nacido en el gueto judío de Zhitomir en 1891 y apresado en Alemania al principio de la Primera Guerra Mundial como súbdito de un país enemigo. Su talento vocal era extraordinario, lo mismo que su magistral técnica. Hizo su primer viaje a América en 1926 con una compañía alemana de ópera dirigida por Leo Blech (de la que Friedrich Schorr también formaba parte) y que suponemos haría las delicias de los wagnerianos del Met. Alemania y su cultura eran su patria musical, y aunque la lengua alemana no era su Muttersprache, sus testimonios grabados de Lieder nos muestran a un asombroso cantante, de voz monumental capaz de enfrentarse con éxito a cualquier tormenta orquestal (y que, sin embargo, tenía miedo del piano acompañante y le hubiese gustado cantar siempre a cappella). Estos Cuatro cantos serios por Kipnis, con una voz de profundidad sepulcral, que desciende a las regiones nocturnas de los cementerios y de los duelos, “esencial, pero que dista de ser el único color expresivo de los lieder de Brahms” (Tubeuf), nos traen la fantástica imaginación sonora de este bajo, un milagro de evocación y atmósfera. Indispensable.  (...)

Enrique Pérez Adrián
(Comienzo del artículo de "Referencias" publicado en Scherzo nº 318, mayo de 2016)

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