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CRITICA/ Unas "Vísperas" tibias


Madrid. Auditorio Nacional. 3-XII-2017. Monteverdi, Vespro della beata vergine. Balthasar-Neumann-Solisten. Balthasar-Neumann-Ensemble. Director: Thomas Hengelbrock.

Nacho Castellanos

En julio de 1610, Claudio Monteverdi publica una colección de ocho tomos en la que se encuentran una misa parodia —basada en el motete In illo tempore de Nicolas Gombert— a seis voces y con una estética que comenzaba a resultar anticuada y vetusta para la época. Y, en contraposición a lo que podríamos considerar el canon ya asentado, publica junto a esta misa posiblemente la obra sacra más ambiciosa que se haya visto hasta ese momento. Ambiciosa, no sólo por la complejidad que supone componer para diez voces, sino por la magnificencia de aunar en una única obra gran parte de los elementos musicales usados hasta entonces: mezcla el contrapunto imitativo con la monodia, el gregoriano con la sonata, el motete con el himno... En resumidas cuentas, es una exaltación sublime de virtuosismo compositivo.

Thomas Hengelbrock, junto a la orquesta y coro Balthasar-Neumann, presentó el pasado domingo en el Auditorio Nacional su propuesta de las Vísperas. A mi parecer, en la interpretación predominó el aspecto técnico sobre cualquier otro, lo cual supuso que quedara bastante opacado el fervor emocional que esta oda mariana debiera suscitar en el público. Posiblemente un elemento que jugó en su contra fue el voluminoso tutti, que en ocasiones sobrepasó a un coro repleto de solistas. Esta variabilidad dinámica se pudo apreciar claramente en el Dixit Dominus, en el que la polifonía vocal se transformó en un murmullo escondido tras el fragor instrumental. Cuando nos encontramos con semejante obra de ingeniería polifónica, el exceso en el continuo puede ir muchas veces en detrimento de la interpretación. El organista Michael Behringer, excelente por momentos, cayó en la tentación de un horror vacui que cargaba en demasía la sonoridad, llegando a superar en dinámica al conjunto vocal.

La disposición del conjunto fue de dos coros vocales de solistas enfrentados y de dos coros instrumentales formados por las cuerdas y los vientos. En medio de todo esto, un bajo continuo formado por órgano, tiorba y arpa triple italiana (curiosa es la elección de usar la viola da gamba en vez del violonchelo).

Aún así, lo magnífico de esta obra reside en el juego de texturas, formas y desarrollos que, salmo a salmo, van descubriéndonos realidades y colores diferentes. Hay que destacar un sublime Nigra sum, en donde la aterciopelada voz de Jakob Pilgram, fusionada con la musicalidad del excelente tiorbista Michele Pasotti, retuvo por segundos el aliento de toda la audiencia. La luminosidad vino de la mano de Agnes Kovacs y de una magnífica Alicia Amo en el Pulchra es, cuya amalgama vocal en el contrapunto entre voces esbozaban una idealizada Jerusalén. Del Duo Seraphim cabe destacar la versatilidad de Mirko Ludwig, que en ocasiones cantaba la parte del alto y en otras la de tenor, algo que causaba una grata satisfacción.

La prosodia latina no fluyó con el conjunto alemán y el “prima le parole, poi la musica” tan monteverdiano quedó oculto en una predilección por lo melódico frente a lo textual. El Magnificat tuvo momentos realmente mágicos, como el Gloria Patri o el Sicut erat, en los que el coro Balthasar-Neumann demostró qué debe entenderse por homogeneidad vocal y de conjunto.

No podemos decir que la interpretación de la orquesta y coro Balthasar-Neumann fuese incorrecta, ni mucho menos, pero dista mucho del ideal monteverdiano y se acerca más al decimonónico. Faltó la espiritualidad y sacralidad que emana de la propia pieza y todo el halo de solemnidad que irradia. Los solistas estuvieron fantásticos y la orquesta estuvo muy precisa, pero añoré sentir más presente al compositor de Cremona.