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Cristóbal Soler



Cristóbal Soler

Escuchar a Cristóbal Soler (Alcácer, Valencia, 1967) es como sentarse enfrente de esos narradores orales que llevan a su oyente por los caminos que ellos recorrieron con una naturalidad pasmosa. La peripecia de su formación, la importancia de los padres, de los maestros, de la propia voluntad decidida a alcanzar una meta nada fácil jalonan una historia que empieza a llegar a su mejor momento, ese de saber dónde está la madurez y cómo se alcanza, de conocer la importancia real de la técnica, de valorar los proyectos y de comprender que no se puede parar de aprender.

(...) Usted trabajó con la Sinfónica de Viena.

Dos años como asistente. Es una figura fundamental porque se aprende lo que no está escrito. Oficialmente el secretario general de la orquesta, Rainer Bischof —que por cierto adora España y es aficionadísimo a la cocina y a los toros—, me invitó dos años porque yo había ganado un primer premio allí con la Orquesta de la Universidad de Valencia. Me dijo que les había gustado mucho mi forma de dirigir. El entró en la orquesta con Rafael Frühbeck de Burgos. Le explico que he terminado de estudiar en Múnich con Jacques Delacôte y me invita —en la última etapa del maestro Fedoseyev como titular- para asistir a los ensayos, con los maestros, por ejemplo con Sawallisch, que había sido titular entre 1960 y 1970 y que cada vez que venía me llevaba a comer a su casa.

Sawallisch era ya palabras mayores.

No tenía la fama de otros pero era un sabio. Los de la Filarmónica de Berlín me lo definieron muy bien un día: es otra cosa. No tenía agente, era sencillo y austero  y algo así como el último mohicano del repertorio alemán. La gente de Berlín me decía que bastaba con que levantara la mano para que se mirasen y pensaran “cómo sonamos con este hombre”. En el primer ensayo, después de verle trabajar, le dije a mi mujer: “Cariño, ahora sé lo que es dirigir”. Y si te ponías justo detrás de él no veías nada, el movimiento era mínimo mientras en la música estaban constantemente pasando cosas, todo salía de dentro. Y llegabas a la cantina y te decían: “Es que es nuestro padre, todos hemos llegado aquí con él”. El respeto suyo al indicar cualquier cosa, al hablar con la orquesta despertaba auténtica veneración por su sabiduría y su generosidad. Y siempre parco a la hora de hablar.

Conocería unos cuantos grandes más.

Pues sí. Prêtrê, por ejemplo, con unas maneras muy distintas y una personalidad muy especial. Y a Harnoncourt, con el aprendí lo fundamental que es estudiar las obras desde las fuentes originales. Y a Mariss Jansons que me comentaba que a veces en las partituras seguía indicaciones muy particulares de su padre, Arvid Jansons, pequeñas cosas, mínimas pero que se notan. Y él decía: “Son licencias de mi padre”.

En realidad, salvo las etapa de una década con Collado y de Delacôte en Múnich, usted aprende por libre.

Pues en cierta medida sí. Me preguntan mis alumnos cómo “hacer carrera” y tengo que contestarles que pregunten a otro, que yo no soy el más adecuado para responder.

Y llega La Zarzuela.

Estando en Viena yo había dirigido ya algo de zarzuela. Un día me llamó Fernando Poblete, que tenía buenas referencias mías de músicos de la orquesta que  organizaba para las zarzuelas que se estaban haciendo  en los Jardines de Sabatini y en el Fernán Gómez en Madrid. Muchos de esos músicos que le habían dado esas referencias habían formado parte de la orquesta de la Universidad de Valencia, donde estuve de titular desde 1955, cuando se fundó, hasta 2010 y que me vino maravillosamente para probarme. El caso es que empezamos con La verbena de la paloma. Yo no tenía apenas zarzuelas en mi discoteca, porque venía de donde venía, más bien sinfónico alemán y ópera italiana. Al terminar me viene al camerino una señora rubia que me dice: “No sé si me conoce. Soy Marga, la jefa de producción del Teatro de la Zarzuela y he venido aquí porque hay cantantes que me han invitado para que les escuche. Y nunca he escuchado un preludio de La verbena de la paloma así, y con una orquesta de 25 músicos. Ya hemos cerrado la programación de este año pero yo quiero que vengas al Teatro de la Zarzuela a hablar con Luis Olmos”, que entonces era el intendente. “Puedes venir como segundo director de una producción con muchas funciones”. Y yo le dije que encantado. Y empezamos así, como invitado. La gente que trabajó conmigo estaba encantada y los cantantes agradecían el trabajo cuidadoso con respeto a la voz. Un día Luis Olmos me plantea que se jubila Miguel Roa, que me puede ofrecer algo muy precario, ser director musical al año siguiente y que luego dependería del nuevo director artístico. Aquello duró cinco años. Cuando nombraron a Daniel Bianco como nuevo director, que en principio contaba conmigo, le dije que prefería seguir colaborando como invitado. Él me comprendió. Estaba bien terminar así después de una etapa maravillosa. (...)

Luis Suñén.

(Extracto de la entrevista publicada en el nº 320 de Scherzo, de julio/agosto de 2016)

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