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CRÓNICA / Prometedora aventura del Festival Internacional de Música Clásica de Vilagarcía de Arousa


Arturo Reverter

Anunciábamos aquí hace unas semanas la próxima celebración en Vilagarcía de Arousa, a orillas de la ría de este nombre, de un Festival Internacional de Música Clásica; en realidad, para ser más exactos, de música de cámara, que atiende al curioso y creemos que no muy feliz nombre de clasclas (con un signo de diminuendo en la segunda a), y que va acompañado de la imagen de un plato, en el que hay depositada una pajarita de lunares, con la escolta de un cuchillo y un tenedor; como promesa de exquisitos manjares musicales. Y dábamos algunos nombres importantes entre sus protagonistas; el violinista Guy Braunstein, el chelista Franz Bartolomey y la violista Diemut Poppen entre ellos. Hemos tenido oportunidad de asistir a tres de lo conciertos programados, en los que han participado no sólo profesores, sino también alumnos y jóvenes asistentes a los diversos cursos paralelos. La actividad se completa, durante los ocho días que dura la muestra, con sesiones "sociales y comunitarias", mesas redondas ("Importancia de las agencias", "Nuevos horizontes") masterclass y ensayos abiertos al público. Exceptuando un par de conciertos, en los que se cerraba con un ágape, la entrada ha sido libre.

Sobre ese cañamazo y esos propósitos el Festival ha transcurrido plácidamente, a veces bajo la lluvia, en otras bajo el sol y la brisa gallegos. Y hemos podido compulsar las calidades interpretativas a lo largo de tres veladas de mucho interés en las que se han ofrecido, junto a obras del gran repertorio, algunas relevantes novedades, incluso creemos que un estreno en España, el arreglo del compositor norteamericano Robert G. Patterson del Cuarteto para cuerdas y piano nº 3 op. 60 de Brahms, destinado aquí a un conjunto en el que el teclado, tocado por Susana Gómez, aparece acompañado de un quinteto de viento: flauta, oboe, clarinete, fagot y trompa. Arriesgada operación y poco fructífera operación: el casi siempre recogido lirismo de la composición se evapora en una compleja escritura en la que el contrapuntismo queda excesivamente oscurecido y los planos emborronados. Sonoridad demasiado áspera y ejecución académica y exenta de claroscuros de unos buenos y algo inexpertos instrumentistas: Juan Cernadas, Iria Folgado, Juanjo López, Marissa Olegario, Oliver Huebscher.

Con mucha inteligencia, la segunda parte acogía la obra nº 1 de esa trilogía de Cuartetos con piano, el op. 25, pero en su versión original, que nos ofrece toda la opulencia y el arrebato de tan juvenil partitura. Fueron vehículos muy adecuados los cuatro instrumentistas elegidos: Maya Lorenzen, violín, Héctor Cámara, viola, Mon-Puo Lee, chelo, y Nadav Katan, piano. Singularmente el segundo y el tercero, ambos bisoños pero certeros, brillaron a magnífica altura, pese a los episódicos defectos de letra en el Intermezzo. El Presto, Rondó a la zingarese, fue impactante por el brío y la precisa acentuación. El día anterior, 6 de julio, en el mismo recinto, el coqueto Salón García, pudimos seguir otra obra brahmsiana: la íntima Sonata para violín y piano nº 2 op. 100, en un diáfano la mayor, que Clara-Jumi Kang, de sonido satinado y fraseo discreto y efusivo, y Sunwook Kim —ganador del Concurso de Leeds en 2006—, seguro y maleable, tocaron de forma impecable, disfrutando de cada compás.

Fue, sin embargo, desigual la interpretación de una rareza como el único movimiento, Nicht zu schnell, del Cuarteto con piano en La menor de Mahler, donde el equilibrio nos pareció discutible. Esperábamos más de la muy premiada violinista Mayu Kishima, de sonido escasamente dulce y expresión pasajeramente adusta. Eso sí, ella y Deanna Anderson, viola, Beata Antikainen, chelo —la mejor de los cuatro—, y el citado Sumwook Kim, tocaron con auténtico apasionamiento. Como lo hicieron los miembros del septeto constituido por Guy Braunstein, violín, Florrie Marshall, viola, la mencionada Antikainen, Maria Krykov, contrabajo, Chris Grymes, clarinete –espléndido-, Marissa Olegario, fagot, y David Fernández, trompa, que se recrearon, y nos recrearon, con el aire ligero, la belleza melódica y la frescura del famoso Septimino de Beethoven. El tempo di menuetto fue marcado con una viveza contagiosa, que contrastó con el singular dramatismo con el que se inició el Andante del sexto movimiento, que explotó luego en un radiante Presto alla marcia. Braunstein, de sonido delgado y penetrante, de fantasioso fraseo, puso cosas de su cosecha y, episódicamente, nos hizo escuchar un retazo del Concierto para violín del Gran Sordo.

Para cerrar el Festival, el día 7, una obra maravillosa, de notable aliento sinfónico, el Octeto para dos cuartetos de cuerda de Mendelssohn, op. 20. Junto a Braunstein actuaron los ya mencionados Kishima, Anderson más Vira Zhuk, violín III, Christa-Maria Stangorra, violín IV, Mila Krasnyuk, viola II, el gran Franz Bartolomey, chelo I, y Sophia Bacelar, chelo II. Todo el impulso, la ligazón milagrosa, el fuoco del Allegro molto de apertura, con ese incombustible fuego que nada puede detener, con esos contrapuntos energéticos avasalladores estuvieron en la entraña de la interpretación, que continuó luego por los mejores derroteros. A destacar la ligereza de arcos del leggerissimo y feérico Scherzo. Como aperitivo, una agradable Obertura sobre temas hebreos op. 34 de Prokofiev, con los alevines Julen Zelaya, violín I, On Wissner-Levy, violín II, la antes citada Marshall, viola, Tamir Naaman, chelo, Dana Barak, clarinete, y Dana Kameneva, piano.

De alto interés el Sexteto en Do menor op. 37 del húngaro Ernö Dohnanyi (1877-1960), poblado de aires populares más o menos estilizados, particularmente en su explosivo Finale, en el que un fugato se conecta con el siguiente. El Intermezzo: Adagio desprende una pátina nostálgica que participa de una escritura de reflejos impresionistas y que desarrolla una suerte de marcha fúnebre solapada. Excelente interpretación también, que no pudo saborearse en toda su plenitud por las deficiencias acústicas de la gran sala del Auditorio Municipal, capaz para 750 espectadores: la sonoridad es seca, no progresa, faltan armónicos, un mínimo adecuado de reverberación. Los timbres se escuchan apagados, como con una sordina permanente. No debe de resultar muy difícil solucionar ese grave problema. Quizá sustituyendo los paneles del techo, claramente absorbentes, por otros de un material más reverberante y agradecido.

Sería una magnífica idea, que podría encauzar definitivamente un certamen en el que intervienen intérpretes y profesores como alguno de los citados. Braunstein en primer término. Su entusiasmo es tal que el día 4, ante el hecho de que un gran contingente de público no había podido entrar en la sala del Palacio de Vista Alegre, se brindó a interpretar al cierre, fuera ya del recinto, un pequeño recital para los que se habían quedado con las ganas. Él, junto con Pablo Vidal, profesor de violín y alumno suyo son los auténticos artífices del Festival que ha nacido con buen pie y que cuenta asimismo con el esfuerzo de los miembros de la Sociedad Filarmónica de Vilagarcía, el factotum della cità. José Luis Sanz Acosta, a la cabeza, y con la dirección técnica de Rosina Sobrido, directora del Conservatorio. El alcalde de la ciudad, Alberto Varela Paz, ha prometido ya en público que continuará apoyando económicamente la gozosa aventura. Hay algunas entidades y empresas privadas embarcadas también en ella.