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CRÓNICA / Música en la Ría


Arturo Reverter

Donde menos se espera salta la liebre. Hemos descubierto, en el curso de una visita en calidad de conferenciante, una serie de sorprendentes actividades musicales conectadas con el repertorio clásico en una localidad que nunca destacó por ellas, a no ser, retrotrayéndonos un siglo, a los primeros años del XX, en los que, por una serie de razones, el arte de los sonidos estaba bien representado por aquellos territorios del noroeste, con sede fundamental en el corazón de la Ría de Arosa, en el enclave de Vilagarcia, en donde ha resurgido la antigua Sociedad Filarmónica de la ciudad que, apoyada en algunos patrocinadores privados y en la protección municipal, está llevando a cabo, al mando de José Luis Sanz Acosta, una serie de interesantes actividades desarrolladas fundamentalmente en un moderno Auditorio de 754 plazas –que es difícil que se llene- y de acústica algo seca. Hace pocos días tuvo allí lugar un recital del tenor inglés Fredie de Tommaso, reciente ganador del Premio Viñas.

El cantante, aun en crecimiento, en busca de sensaciones y colocación emisora, revela, no obstante, a sus jóvenes 24 años, una seguridad, una firmeza, una musicalidad y una técnica indudables. Nos gana en primer lugar por su grato color, la amplitud de su radio de acción, su canónica proyección a la máscara, su homogeneidad de registros, la clara resolución del pasaje y la adecuada extensión. Es un lírico que irá ganando en anchura y volumen, en squillo y mordiente y, en lo expresivo, en calidez, variedad de acentos y vibración. La voz esta bien asentada en unos graves sonoros, naturales, redondos, lo que hace albergar esperanzas en cuanto a su futuro como lírico-spinto. Se lo ve aún un poco constreñido en lo expresivo y a falta de pisar con más firmeza ciertos sonidos vocálicos, sobre todo el de le letra E, en el que tuvo algunos problemas de emisión, con notas pasajeramente rozadas. Pero, en general, la proyección es limpia. A falta de un mayor brillo en algunas notas de la franja central.

A partir de aquí pudimos disfrutar, con el sensible y musical acompañamiento al piano de Ana Crexells, de una serie de meritorias interpretaciones, en las que brillaron esas características vocales antes que la emoción a flor de piel que, de todos modos, fue apareciendo paulatinamente hasta alcanzar considerables alturas, como la lograda en È la solita storia de La Arlesiana de Cilea, en la que se consiguió un medido crescendo, bien que el tenor no se decidiera a coronar la parte postrera con el consabido y resultón si natural agudo, no escrito pero tradicional. Andaba el hombre un tanto preocupado por el polvillo que flotaba en el ambiente. También fue emotiva la segunda versión –ofrecida como bis- de Core ‘Ngrato, en donde la garganta, ya caliente, vibró a conciencia.

Una interpretación aseada, sin más, de Questa o quella de Rigoletto, algo falta de chispa, y otra muy digna pero contenida de Dei miel bollenti spiriti de Traviata –extraño colocarla, dadas sus dificultades en la zona de paso, tan al principio- abrieron el concierto regado enseguida por algunas de la canciones más famosas de Tosti –A vucchela. Marechiare, Ideale…, por Tu parea sorridere de Il Corsaro de Verdi. Pudimos degustar asimismo, como primer regalo, de una pieza de Chaikosvki. Hay futuro, por tanto, en esta joven voz, manejada ya con habilidad y donosura. Veremos.

El futuro inmediato, desde luego, está asegurado de momento para la Sociedad villagarciana que, dentro de menos de un mes –del 30 de junio al 7 de julio- va a inaugura su Festival de Música Clásica ClasClas, que va a reunir una serie de  nombres de importantes instrumentistas internacionales, entre ellos el concertino de la Filarmónica de Berlín, Guy Brausntein, que actúa como director artístico, y el primer chelo de la de Viena, Franz Bartolomey. Programas muy atractivos y enjundiosos con algunas obras fundamentales de la música de cámara: Quintetos de Mozart, Schubert y Brahms, Septimino de Beethoven, Octeto de Mendelssohn… y un largo etcétera. Una gran fiesta que nadie en ese entorno geográfico se debe perder.