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CRÍTICA / Yuja Wang, huracán en la agitada semana


Madrid. Auditorio Nacional. 22-V-2018. Yuja Wang, piano. Obras de Rachmaninov, Scriabin, Ligeti y Prokofiev.

Santiago Martín Bermúdez

Una emocionante semana. Zaplana, Gürtel, el Real Madrid campeón, el amago de moción de censura, los inagotables esperpentos estelados, la muerte de nuestro muy admirado Philip Roth, la sacudida irlandesa de su tradición de curas como el de El hombre tranquilo, bella película de John Ford arropada por la CIA... Incluso la subida a los cielos en cuerpo y alma de Antonio Moral. Desde luego, la semana tuvo también Corea sí, Corea no; Irán sí, Irán también. Ay, Israel, aplastado por los favores de la casa blanca y un premier sin tino (el de ellos), de manera que con prosemitas así ya no hacen antisemitas. No se esfuercen, jóvenes nazis de Europa, jóvenes supuestamente progresistas de España, siempre antisemitas: no se esfuercen, ya lo hacen ellos. Y que conste que todo eso nos afecta, no solo el inicio de la deszaplanización, que quién sabe; sino lo de Irán, Corea y ese Israel que es más rico y hermoso que lo que el paranoico nos vende con su jeta de cínico aterrado. Por ceñirnos a esta semana, que conste; no a secuelas de las anteriores.

Frente a tales magnitudes, uno solo puede enarbolar un acontecimiento, aparte de los que son demasiado íntimos o familiares, que uno nunca cayó en eso, y creo que ya es tarde para vicios. Menos mal. Y ese acontecimiento es el del recital de Yuja Wang en el ciclo de Grandes intérpretes. El mismo mes en que nos visitó Radu Lupu. Dos pianismos diferentes y un solo arte verdadero. Con esto creo que podría entrar en polémica con quienes pretenden comparar –en detrimento de la joven- el maduro pianismo de Lupu, que tocaba Schubert, con el de la joven Wang, que tocaba otro repertorio, bastante distinto, lo cual no le venía nada mal al ciclo de Grandes intérpretes, como acaso veamos. 

Se equivocan o se limitan en cuanto a visión los que toman a Rachmáninov por, simplemente, tardorromántico. En Rachmaninov, el de las miniaturas y los estudios-cuadros hay más simbolismo que arrastre tardío de subjetividades o exaltaciones, siquiera contenidas. ¿Hay narración? Más bien hay imágenes de las que ustedes, con su información asequible (no diré privilegiada, que eso es otra cosa), pueden deducir cuentos, historias, narrativas. Un sermón, un relato, una plegaria, tal es el título de una obra tardía de Stravinski, ocho años menor que Rachmáninov y un mundo de diferencia no salvado por la vecindad en la emigración americana. Digamos que queda la narración y queda la plegaria, y que en lugar del sermón se eleva la imagen del símbolo, el simbolismo ruso de la Rosa Azul, de Vrubel o Kuznetsov (incluso Roerich, tan amigo de Diaguilev).

No le pidan a un artista lo que el artista no da; no porque no pueda, sino porque da otra cosa y está en otra galaxia sonora. El crítico no está ahí para que le sirvan. Está para esforzarse en comprender. Y tiene que enfrentarse al código que le proponen, no añorar el de quien tocó esto o lo otro, el del registro fonográfico arrinconado y de referencia; tampoco ha de inventarse lo de "según la partitura", sabemos cuánto juego sucio hay ahí y cómo se quiere amedrentar a lectores que, de todas maneras, transitan por el artículo como quien se siente obligado a pestañear curiosidades culturales. 

El día de Lupu había unos cuantos que condenaban al rumano por aburrido, inexacto, excesivo en lentitudes, cosas así. y que conste que eran habituales, no turistas. Pero hubo algo parecido a la unanimidad: pese al filisteismo de los que no veían (solo oían: o acaso era al revés) hubo un consenso general en que estábamos ante un momento extraordinario de pianismo penetrante, más que profundo (profundidad, ay: palabra que perdió significado desde hace mucho, como otras: fascinante, marco incomparable, qué sé yo). 

El otro filisteismo esperaba la ocasión el martes 22, cuanto tocó Yuja Wang en el mismo ciclo. Fue un recital asombroso. Algunos dirán que no hay otra palabra: asombroso. Uno piensa que hay muchas, pero que con esa basta.

Pues bien, ese recital marcó la hora de los filisteos.

(Continuará)

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