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CRÍTICA: Vigorosa prospección sinfónico-coral


Madrid. Auditorio Nacional. 24-11-2017. Orquesta y Coro Nacionales. Frank Peter Zimmermann, violín. Director: Jordi Bernácer. Obras de Bach, Prokofiev, Stravinski y Torres. 

Arturo Reverter

Sin duda lo más interesante de la sesión era la obra encargo, Sonetos, de Jesús Torres (Zaragoza, 1965) —el único estreno absoluto, por cierto, de un español, en una temporada muy rácana en ellos—, que nos demuestra, tras sus Tres pinturas velazqueñas, que ha alcanzado una envidiable madurez. La composición, escrita en memoria de su primera mujer, ilustra siete tristes y dolorosos sonetos, uno de Góngora, uno de Lope y cinco de Quevedo, entre estos últimos el tan conocido y ya puesto en música por otros compositores, Amor constante más allá de la muerte. La partitura posee empaque, dimensión, es variada y sincera, bien construida y escrita con cabeza y corazón, en un discurso muy controlado que sigue los pasos, aunque desde un punto de vista personal, de los mejores tiempos de nuestra polifonía, hábilmente adaptada, con criterio y originalidad, sin desdeñar disonancias, contrapuntos, pedales del más diverso tipo, arpegios, glisandi…

Un dolorido solo de oboe abre Suspiros tristes, lágrimas cansadas de Góngora, “Desolado”, según la indicación de carácter dada por el compositor, como nos dice Gracia Terrén en sus excelentes notas. Luego, entradas irregulares, bien medidas, de las voces, que van fabricando un tejido fino en el que participa la mitad de las de hombres y que concluye tristemente con el verso Llorar sin premio y suspirar en vano. “Animado” es Desmayarse, atreverse, estar furioso, con poema de Lope, en donde Torres, tras bellos diseños descendentes del coro, emplea estratégicos silencios (alegre…, triste…, humilde…, altivo…) y hace que la orquesta aplique urgentes accellerandi. El verso Creer que un cielo en un infierno cabe da lugar a un terrorífico fortissimo en agudo, subrayado por la percusión en bloque.

Se abre el poema de Quevedo con el verso Es hielo abrasador, es fuego helado, anotado "Impulsivo", en donde planea El pájaro de fuego de Stravinski y en donde se enseñorean del discurso secos y terminantes acordes. Los contratiempos nos vuelven a acercar al compositor ruso. El último terceto, que cierra en fortissimo, presenta ágiles figuraciones de los violines, hace intervenir al campanólogo y, en tutti horrísono, otorga el protagonismo a los parches. Magnífico trabajo el de Torres en Amor constante más allá de la muerte, que ha de sonar "Con alma" y que se inicia con imitaciones a cappella de un coro mixto de 24 voces. Seguimos son sombríos comentarios orquestales y pasajes diseñados en el mejor estilo polifónico, nada fácil de afinar. Monumental crescendo en su cuerpo dejarán, no su cuidado, ahora con el coro al completo. Solemnes fortísimos e inesperado piano final: polvo serán, mas polvo enamorado.

Puedo estar apartado, mas no ausente está marcado "Con brío" y comienza con nueva intervención del campanólogo y una figura a contratiempo de la orquesta. Acordes perentorios, figuraciones de las maderas, apuntes poéticos de las voces y evocaciones, queridas o no, de Atlántida de Falla. "Vibrante" reza la indicación de Tras arder siempre, nunca consumirse, que porta aire de danza y nos acerca al Amor brujo de don Manuel. Breves líneas de las voces descansan sobre las cantilenas de las maderas, mientras los parches establecen el ritmo de una suerte de danza guerrera. La conclusión, luego de pasajes en los que la violenta percusión se adueña de todo, es seca, conminativa, contundente; imponente: sino de ser de veras desdichado.

El colofón lo pone Miré los muros de la patria mía, que queda a cargo del coro masculino, que se imbrica en el discurso después de un suave y lamentoso inicio de la cuerda. Un sutil pedal de los violines proporciona el lecho para la intervención de los tenores. La música toma poco a poco cuerpo y velocidad a partir de Entré en mi casa. Sonoridades oscuras acompañan al aire marcial de la cuerda grave. La orquesta recoge el lento pedal y sirve de sostén al suave murmullo vocal, en cadenciosa repetición del verso que no fuese recuerdo de la muerte. Todo se pierde en el espacio.

La interpretación fue muy meritoria pues la obra es larga y difícil. El coro mantuvo el tipo y dotó de los necesarios claroscuros a la a veces tenebrosa pintura, tanto en las frases en piano como en las peroraciones. Bernácer (Alcoy, 1976) puso el necesario orden y marcó debida y elocuentemente; con cariño. Y Torres saludó más contento que unas pascuas la cálida acogida del respetable. Antes, Zimmermann (Duisburgo, 1965), siempre seguro y afinado, apoyado en su sólida técnica, en su sonido pleno y satinado, no muy grande pero corpóreo, dotado de vetas penumbrosas, y en su concepto sobrio y musical, brindó un colorista y elocuente Concierto nº 1 de Prokofiev, en el que el arco voló ligero y en el que el fraseo tuvo el toque alado justo para cerrar el Andantino, la fantasía requerida para iluminar el scherzo y la delicadeza adecuada para rematar el Moderato. Una transcripción de Rachmaninov fue, al parecer, el bis solicitado.

Bernácer no logró la total diafanidad de las voces y las líneas en el Moderato final ni acertó a otorgar la animación, la energía y el centelleo fraseológico deseado en el Concierto en re menor BWV 1052R de Bach, que quedó así un tanto desvaído pese al buen trabajo de una cuerda muy reducida —todos de pie menos los chelos— y al canto mesurado y ágil del solista. Los tres números de Monumentum pro Gesualdo da Venosa de Stravinski tuvieron una espartana y solvente recreación bajo el mando preciso de la batuta.