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CRÍTICA / Vayamos por partes


Madrid. Teatro de la Zarzuela. 10-X-2017. XXIV Ciclo de Lied. Ann Hallenberg, mezzosoprano. Mats Widlund, piano. Obras de Brahms, Clara Schumann, Medtner, Frumerie y Mahler.

Blas Matamoro

Empecemos por el final, cuando a Hallenberg se le calentó la voz y pudo encarar las mahlerianas Canciones de Rückert. Lo hizo con plena vocalidad, señorío en el decir y un clima poético de tardorromanticismo decadente, de alto voltaje. Su lectura de En torno a medianoche resultó antológica.

Antes, hubo un poco de todo. Hallenberg tiene una voz de soprano corta, con un agudo chillón que suele utilizar con gran inteligencia expresiva. Es un instrumento que se adensa muy lentamente y así, en la primera parte, se oyó con un vibrato excesivo en la superficie de la emisión, alturas inciertas y a veces poco afinadas. No obstante, lució siempre una enorme variedad de expresiones y talantes, un cuidado textual extremo y un dominio compacto de los estilos. Las Canciones gitanas de Brahms, sonaron a primorosas miniaturas, lo mismo que las dos propinas brahmsianas, Serenata interrumpida y Canción de cuna. Una infrecuente Suite de vocalizaciones de Medtner probó la expresividad de la cantante valiéndose de una línea de canto sin palabras y reducida a la alternancia de las vocales. Frumerie aportó sus correctos pastiches y fue una deuda de la mezzo sueca a un compatriota.

En todo recital, el pianista es indispensable. Así como Hallenberg mostró sus desniveles, Widlund mantuvo un elevada igualdad durante todo el programa. Escuchó a la voz, midió las velocidades y los volúmenes, respetó y varió los estilos, fraseó con aseo y sonó noble y agradable de color. Aunque estas apreciaciones vayan al final del texto, en rigor encabezan conceptualmente el juicio de quien suscribe. Como decía Adorno, la mejor virtud del pianista acompañante es la fidelidad.