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CRÍTICA / Variaciones visuales, sonoras e histriónicas: "Los reyes magos" de Panisello


Madrid. Auditorio Nacional, sala de cámara. 25-I-2019. XLVI Ciclo de grandes autores e intérpretes de la música, UAM. Panisello, Los trois mages. Elodie Tisserand, soprano y recitante. Étienne Guiol, videoartista. Camille Giuglaris, ingeniero de sonido. Mathias Jäger (ESO-Supernova Planetarium-Munich). Director: Fabián Panisello.

Santiago Martín Bermúdez

Les trois mages, encargo del Centro Superior de investigación y promoción de la música (UAM) es un espectáculo multimedia, es cierto. Se anuncia como teatro, pero eso parece inexacto. Teatro es conflicto, y en él cabe la narrativa solo si es auxiliar de la situación dramática o si se configura como situación dramática en sí (los personajes mienten, por ejemplo; o al contar una historia, se muestran más como lo que son que como lo que cuentan). Pero el espectáculo Los trois mages es una espléndida secuencia de narraciones íntimamente vinculadas entre sí, la adoración de los magos, pero en la visión especialísima y muy distinta del excelente narrador francés Michel Tournier, fallecido hace tres años. Tournier acepta la adoración de los magos según la tradición (que va mucho más allá de los Evangelios, tanto canónicos como los llamados apócrifos), aunque la somete a cambios importantes. El libreto de Gilles Rico, autor también de la puesta en escena del espectáculo, da palabra escénica a esta historia, que se desarrolla en varias dimensiones.

La principal es el recitado y, en ocasiones, canto ritmado (Sprechsgesang) de la asombrosa actriz y soprano Elodie Tisserand según la partitura de Panisello. Eso sí, Tisserand se desenvuelve, se desdoble, evoluciona sobre un doble paisaje. Un paisaje visual y otro sonoro. Lo visual se da en la pantalla que, como un ciclorama, se llena de imágenes abstractas o con alusiones concretas (estrella, destello, explosión, cielo, cosmos, caos; todo a modo de itinerario, todo con objeto de epifanía). Este despliegue de color, de manchas de color, de alusiones de color es obra de Étienne Guiol y es uno de los fundamentos del paisaje audiovisual en que se desenvuelve Tisserand. El otro fundamento es el amplio paisaje sonoro de Fabián Panisello [en la foto].

La música de Panisello se pone al servicio del espectáculo, no parece tener pretensión de entidad por sí misma, tanto en los momentos en que juega con células o apuntes sonoros mínimos como cuando diseña con amplias notas tenidas una especie de territorio por el que viaja la narradora: un viaje no físico, porque no es un caminar, sino un transitar hacia la sublimación de lo que es posible contar, que acaso se detiene en las puertas de lo inefable.

Estos sonidos, a menudo de especial riqueza tímbrica pese a lo limitado de los efectivos, surgen de un muy pequeño conjunto, mas también hay tomas pregrabadas y manipuladas (con el concurso de Camille Giuglaris, ingeniero de sonido). La narración se funde así con aquello que la cimenta (los colores del ciclorama y los sonidos de conjunto y pregrabados, más la línea narrativa que a veces es rítmica, Sprechsgesang). Hay una especial culminación en el quinto de los seis episodios, el de Herodes, el apunte de personaje que permite a Elodie Tisserand un desdoblamiento más, pero aún más matizado e  intenso, y con matices insospechados para la tradición del relato.

Si Herodes es la culminación, poco después viene el cierre (ya que no desenlace) con un compromiso entre los sonidos-paisaje y los sonidos-color, entre el forte no muy habitual en esta propuesta de Panisello y lo que parece ser su preferencia, el matiz. Contra lo recomendado por el poeta (“pas la couleur, rien que la nuance”), Panisello hermana timbre y matiz.

En resumen, y aun redundando: un hermoso espectáculo en que música e imagen se ponen al servicio de una secuencia narrativa, no dramática sino relato, y carecen ambas de plena entidad propia, aunque bien pudieran utilizarse en otras propuestas, es conocida la versatilidad de los nuevos imaginarios tanto sonoro como visuales. Elodie Tisserand, magnífica, con el concurso indispensable de Panisello, Guiol y Giuglaris. Cuarenta y cinco minutos muy bellos.