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CRÍTICA / Universo Pons (Pons con la OSCyL)


Valladolid. Centro Cultural Miguel Delibes. 14-XII-2018. Manuel Blanco, trompeta. Director: Josep Pons. Obras de Bizet, Zimmermann y Shchedrin.

José Miguel González Hernando

El sexto concierto de abono de la OSCyL fue una demostración del magisterio de Josep Pons, desde la concepción del programa hasta la humanidad con que recoge los aplausos de público y orquesta. Todos los detalles que conforman el complejo engranaje del hecho musical funcionan con una precisión ejemplar para proporcionar a ejecutantes y oyentes una enriquecedora experiencia estética, sí, pero también ética.

El programa se articula como un palimpsesto musical, donde una obra se escribe sobre una tradición, que retoma sutilmente la siguiente, para concluir en una tercera que enlaza en la primera, cerrando un círculo de referencias y citas con la máxima coherencia. Se inició la tarde con música de repertorio, la Suite nº 1 de La arlesiana, de Bizet, donde ya vemos que Pons dirige a la OSCyL como si fuera su propia orquesta, la cual se deja llevar dúctil y maleable por su férrea mano derecha mientras la izquierda facilita dinámicas contrastadas, equilibrios en las masas tímbricas y un lirismo contenido.

Puso su veteranía al servicio de su pupilo aventajado Manuel Blanco [en la foto] (desde 2006 compartiendo OCNE en muy buena sintonía). Nobody Knows The Trouble I See, concierto para trompeta y orquesta de B. A. Zimmermann, viene como anillo al dedo para el versátil y expansivo músico manchego: virtuosismo labial, naturalidad para los glissandi y una técnica especialmente dotada para el dodecafonismo unido a una facilidad para recrearse en los adornos más jazzeros, son suficientes para asociar el nombre de Blanco a este concierto, como si fuese el mismo dedicatario de la obra.

Dos bises, también del XX: Oblivion, de Piazzolla, con las secciones de cuerda, y A la manera de Albéniz, de Shchedrin, magníficamente acompañado por la pianista Irene Alfageme, terminaron por fascinar al público castellano y leonés. Y se volvió a Bizet sin parar en él, de puntillas, con la maravillosa Carmen Suite en la segunda parte, que el compositor ruso Rodion Shchedrin, nacionalizado español, dedicara a su mujer, la bailarina Maya Plisetskaya. Permítanme que lance un ¡que vivan los percusionistas!, porque es un goce ver a cuatro de ellos, más al timbalero, ser como una segunda orquesta perfectamente unida y orgánica con la cuerda. Aquí todo fue contención, precisión y un control rítmico ejemplar —bravo, Maestro— que proporcionaron una de las más largas ovaciones escuchadas en el CCMD en esta temporada.