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CRÍTICA / Una tarde de sábado, una voz y un arpa


Madrid. Iglesia de las Mercedarias Góngoras. 16-VI-2018. Ciclo El Canto de Polifemo. Diego Blázquez, tenor. Manuel Vilas, arpa de dos órdenes. Programa: En los jardines de Apolo. La música teatral en el Méjico barroco.

Ernesto Calabuig

En un mundo de Iphones que se suceden y mejoran y de automóviles enchufables o que pretenden conducirse solos, en un mundo de políticos que se traicionan y delatan en veloces tuits, no deja de sorprendernos y admirarnos que una tarde de sábado siga juntando en una iglesia como las Góngoras del barrio madrileño de Chueca a dos músicos esforzados (Manuel Vilas y Diego Blázquez) que han llegado a ser lo que son nadando a contracorriente de las insidiosas prisas o de los mensajes instantáneos. 

Nada cristaliza sin estudio y sin reposo, y cuando uno escucha a estos maestros piensa que la suya es una tarea casi heroica y atemporal. Lo creería así, si no fuese porque las canciones ("tonos humanos") que nos hacen llegar desde el XVII y el XVIII español conectan con nosotros, nos emocionan con la delicadeza del Filis, el miedo ha de ser, de José Marín, o nos arrancan sonrisas mientras relatan el empeño de una anciana que quiere aún parecer "muchacha" a fuerza de cosméticos de su época (¿Qué es esto, Celia?, de Alonso de Flores). 

Aún es mayor el efecto cuando pensamos que un arpista como el gallego Manuel Vilas está frente a nosotros esa tarde de junio tocando una reproducción de principios del siglo XVIII, un instrumento de extrema dificultad pues sus dos hileras de cuerdas representan por separado las teclas blancas y negras de un piano y solo un prodigioso entrecruzamiento de dedos es capaz de arrancar la música sublime que le escuchamos, cuando acompaña al excelente tenor madrileño Diego Blázquez o cuando nos regala algún solo que nos eleva entre hermosos punteos y escalas cromáticas. 

Las doce piezas que componen el programa pertenecen al Manuscrito Sucro, canciones teatrales españolas/madrileñas del XVII y XVIII, que casi milagrosamente han llegado a nosotros después de una peripecia viajera de estudiantes que reutilizaron partituras, desamortizaciones revolucionarias antieclesiásticas, compras de multimillonarios estadounidenses (Madrid-Méjico-San Francisco y de nuevo Madrid después de una increíble y secular cadena de causas y azares…) que nos cuenta con gracia y conocimiento el propio arpista entre canción y canción, dotando al relato de un alto sentido del suspense que el público disfruta y agradece. 

Con este concierto se cierra una ambiciosa, variada y hermosa temporada, un ciclo de El canto de Polifemo que, de la mano de su organizador, Francisco. Quirce, va logrando merecida fama y un público fiel en esta pequeña pero emblemática iglesia del barroco español.