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CRÍTICA / Una Resurrección a medias


Madrid. Auditorio Nacional. 14-2-2018. Ciclo La Filarmónica. Anastasía Kalagina, soprano. Yulia Matochkina, mezzo. Orfeón Pamplonés. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinski de San Petersburgo. Director: Valeri Gergiev. Obras de Mahler

Santiago Martín Bermúdez

Valeri Gergiev es, sin duda, uno de los grandes directores del momento. Y no solo eso, también es cabeza de uno de los proyectos teatrales más importantes, el Mariinski, que ahora tiene dos edificios y varias salas, múltiples actividades y una considerable labor de rescate del patrimonio musical y operístico no solo ruso. Sin embargo, Gergiev tiene fama de ser un director desigual. Tal vez no es desigualdad, porque es un artista y un gran jefe (en el sentido estricto y en el artístico) de conjuntos, especialmente el del Teatro Marinski de San Petersburgo. No es desigualdad, sino que a veces sus resultados artísticos se resienten de un apresuramiento o de una escasa preparación para la velada concreta a la que se asiste.

Gergiev tiene una integral sinfónica de Mahler con la London Symphony, y ha tocado a menudo estas sinfonías con su propia orquesta. Se notaba la otra tarde esta familiaridad en los momentos más brillantes, en las gamas forte y fortissimo, en especial con el tutti, que producía tímbrica y tensión al llegar a los ápices. Así, el Allegro maestoso, con ese tema ominoso que se repite tres veces, con apenas cambios, tras la genial introducción. Así, también, el poderoso Finale, la auténtica Resurrección (el coro, sentado, susurraba su wagneriano motivo, como también resulta wagneriano el Finale, tan "Idilio de Sigfrido"; y ese coro se levantaba para resucitar). Incluso el scherzo, tan "Wunderhorn", tan juguetón, pero con su inevitable guiño siniestro. Por eso llama la atención que el discurso sonoro se venga abajo en determinados momentos. Y esos momentos son los lentos, los líricos, los cantábiles, y en especial las gamas dinámicas inferiores, las gamas piano. Es decir, hay ausencia de matización; una escasa gradación.

El maestro Gergiev cuenta con una orquesta impresionante en cuanto a nivel artístico, conjunción y personalidad sonora propia, con esos timbres que se dirían tan distintos. Y contó además con dos solistas espléndidas, las rusas Yulia Matochkina (¡portentoso Urlicht!) y la soprano Anastasía Kalagina, que le dio dulzura al episodio de Klopstock con el coro. Y qué decir del coro, el Orfeón Pamplonés, que cantó sin partitura, seguros de sí todos sus componentes, con esa capacidad de susurro y, a continuación, de motivar el crecimiento y estallar en la apoteosis final. Celebraban aniversario, según parece, y artísticamente lo hicieron por todo lo alto. 

En fin, un concierto que en algunos momentos rozó la perfección y en otros decayó como si estuviéramos ante lecturas y planteamientos distintos. Y no es así, porque Gergiev se conoce muy bien esta obra y es un artista; y algo más.