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CRÍTICA / Una magnífica velada musical de la familia Maisky en Bogotá


Bogotá. Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. 24-XI-2018. Mischa Maisky, violonchelo. Lily Maisky, piano. Sascha Maisky, violín. Orquesta Filarmónica de Bogotá. Director: Josep Caballé-Domenech. Obras de Palomar, Beethoven y Dvorák.

Ricardo Visbal Sierra

Mischa Maisky es un mito en la música clásica, sobre todo, un excepcional intérprete del violonchelo, heredero del legado de la tradición rusa, que ha sido muy importante durante del siglo XX. En su gira por Sudamérica se reunió con sus hijos Sascha y Lily para brindar al público el Triple concierto en Do mayor para violín, violonchelo, piano y orquesta op. 56 de Ludwig van Beethoven. Esta velada musical quedará en la memoria de la audiencia bogotana porque lo más complejo de esta obra es la conjunción de los solistas debe ser muy precisa y, también requiere muchos ensayos para lograr la perfecta armonía.

Como los Maisky es una familia musical, esta cualidad armónica se percibió esta importante unión el Triple concierto, en donde cada uno de los instrumentos tuvo su papel destacado y su propia voz, lo que permitió una versión íntima, sin estruendos, pero a la vez rica en matices. En realidad, la calidez del sonido fue lo más llamativo y ninguno de los intérpretes sobrepasó al otro, ni hubo excesos de protagonismo como suele suceder algunas veces, más bien, todo lo contrario, la interpretación mantuvo la pureza de la línea musical y, se puede decir, que el sonido tuvo el toque aristocrático propio de los compositores que se han radicado a lo largo de la historia en Viena.

En el concierto beethoveniano, la Filarmónica de Bogotá tuvo un excelente sonido por la delicadeza de la interpretación de la familia Maisky y, de este modo, el director Josep Caballé-Domenech realizó un acompañamiento refinado donde sobresalió el conjunto de cuerdas, lo que permitió un buen balance entre la orquesta y los solistas.

Pero la velada no solo se centró en Beethoven, Mischa Maisky también brindó al auditorio el magnífico Concierto para violonchelo en Si menor op. 104 de Antonin Dvorák, donde la fuerza de la música nacionalista checa salió con poderío de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, en especial, el primer movimiento que contiene una energética fuerza que al entablar el diálogo con el instrumento permite el contrapunto entre el volumen del conjunto y el sonido del chelo. 

Uno de los mejores momentos del concierto de Dvorak fue el segundo movimiento en donde la sección de vientos entabló el diálogo musical con Maisky, mostrando los diversos matices de la instrumentación del compositor checo. La batuta de Caballé-Domenech permitió que fuese uno de los momentos más líricos de toda la noche y en donde brillaron las maderas, brindando de este modo, un sonido etéreo en este fragmento de tintes nostálgicos.

En el tercer movimiento el director logró unir la parte poética del concierto con la fuerza de la orquesta. Es de anotar que el primer violín de la Filarmónica, Luis Martín Niño, hizo una magnífica conjunción con Maisky cuando se entabló el breve diálogo con el chelo. En realidad, la calidad del conjunto bogotano hizo que toda la velada fuera memorable por el excelente sonido que ha logrado cimentar el maestro catalán.

Además, de los conciertos de Beethoven y Dvorák, el concierto inició con la Suite del ballet Negro Goya, una obra que el Ballet Nacional de España le encargó al compositor Enric Palomar y que está inspirado en la serie de las pinturas negras que el pintor hizo en su casa a las afueras de Madrid. En esta creación, la orquesta conjuga los claroscuros de la creación de Francisco Goya, en donde la orquesta posee con una rica instrumentación, pero también se advierte que el dramatismo de obra que rememora a los días difíciles del artista y de sus pesadillas que quedaron plasmadas en las paredes de su hogar.

Fotografía Kike Barona