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CRÍTICA / Una larga y fructífera tradición


Viena. Musikverein. 1-I-2018. Concierto de Año Nuevo. Orquesta Filarmónica. Director: Riccardo Muti.

Arturo Reverter

Pocos acontecimientos tan señalados en el mundo de la música, clásica o no, como el Concierto de Año Nuevo de Viena, que, en su transmisión televisiva o radiofónica, llega a millones y millones de espectadores y oyentes de todo el orbe. Cada doce meses se establece una auténtica peregrinación desde los lugares más recónditos de aficionados, de mayor o menor estofa, en todo caso poseedores de medios económicos, que viajan ilusionados a la capital del Prater para ver y escuchar ese acontecimiento. Para asistir al menos en directo a una de las sesiones convocadas en torno a la Filarmónica de la ciudad y el director elegido cada doce meses. Claro, el gran momento es la mañana del día 1.

En España muchos, que ya peinamos (y cada vez menos) canas, que seguimos conectando a las 11:45 Radio Clásica (antes Radio 2) de Radio Nacional, y que ahora sintonizamos también Televisión Española, tuvimos ocasión de escuchar y aun de ver las históricas intervenciones, al frente del conjunto vienés, de Willy Boskovsky (1909-1991), concertino y, siguiendo la costumbre de los Strauss, también director, unas veces con batuta y otras con el propio arco del violín en ristre. Hasta veinticinco veces estuvo en el podio este magnífico músico, de 1955 a 1979, enlazando con una tradición que recordaba los fastos decimonónicos de aquellos artistas, recuperados al cabo del tiempo por el gran y elegante Clemens Krauss (1893-1954), que creó la moderna cita en 1939 y la dirigió de 1941 a 1945 y de 1948 a 1954. En 1946 y 1947 su lugar lo ocuparía el discreto y puntilloso, refinado y musical Josef Krips (1902-1974). Boskovsky —con cuyas antiguas grabaciones aún nos solazamos— le dio un plus de gracia, de aire perennemente danzable y vertiginoso, a esos compases ternarios en los que se embeben los gráciles pentagramas.

Vino enseguida el flexible, manierista y prodigioso Lorin Maazel (1930-2014), que estuvo once veces en ese lugar de la sala dorada de la Musikverein, de 1980 a 1986, 1994, 1996, 1999 y 2005, y sigue al antiguo concertino en número de presencias. Das Gott, don Heriberto von Karajan (1908-1989), sólo actuó, curiosamente, una vez, en 1987, pero fue inolvidable por su sapiencia, su forma de recamar cada frase y por el sentido del color. 1988 nos trajo a Claudio Abbado (1933-2014), que también visito el podio en 1991 y que mostró en ambas oportunidades su seriedad, su capacidad analítica y diseccionadota, su transparencia de texturas. Y, en 1989 y 1992, el gran mago, el sinuoso y sensual, el capturador de las más recónditas y aromáticas esencias, de infalible mano izquierda, Carlos Kleiber (1930-2004), seguido del seguro, competente, magnífico constructor y, a su modo, estupendo husmeador de tradiciones, como antiguo discípulo de Swarowski  (al igual que Abbado, Sinopoli, Jansons, Schneider o Weill y de los españoles, López Cobos, Gómez Martínez y García Navarro), Zubin Mehta (1936), que sentó su cátedra en cinco convocatorias: 1990, 1995, 1998, 2007 y 2015.

El sesudo y adusto Nikolaus Harnoncourt (1929-2016), que trató, a veces con fortuna, de descubrir nuevos pliegues, escondidos significados en estas músicas, instauró su cátedra en 2001 y 2003, mientras que Seiji Ozawa (1935), siempre estupendo profesional, no acabó de encontrar el aire adecuado en su única intervención (2002). El talentoso Mariss Jansons (1943) nos dio una de cal y otra de arena en sus tres actuaciones, 2006, 2012 y 2016, que confirmaron que es un músico de primer orden, de veleidosa inspiración; la que adornaba con frecuencia al irregular y fantasioso director galo Georges Prêtre (1924-2017), variado e inquieto, de soluciones sorprendentes, que derramó simpatía en 2008 y 2010.

En 2009 y 2014 aterrizó Daniel Barenboim (1942), quien, pese a sus exégetas, no dio con la llave de la gracia vienesa, aunque dejó sentadas más de una verdad musical en orden a la planificación y al empaste, de oscuro y atractivo colorido. Menos convincente fue Franz Welser-Möst (1960), que a despecho de ser austriaco —nada menos que de Linz— mostró escasa donosura y se reveló como un maestro más bien frío y de alicorta expresión en sus dos oportunidades (2011 y 2013). Todo lo contrario sucedió con el venezolano Gustavo Dudamel (1981), la batuta más joven que ha ocupado, en tan señalada fecha, el podio de la Filarmónica. Puso de manifiesto en 2016 que no está en el secreto de estos pentagramas, pero también, incluyendo irregularidades, borrosidades y faltas de temple, que posee un gran talento natural, lo que le permitió, de vez en cuando, alumbrar frases, marcar acentos y descubrir muy atractivas sendas.

Debemos ahora hablar del director que todavía no ha aparecido en esta larga lista y que ha sido, justamente, a quien ha correspondido la edición de este año que empieza. Riccardo Muti (1941) ha estado en ese trance cinco veces con ésta y ha mostrado, de nuevo, sus rasgos y la autoridad que lo definen. Ha vuelto a acreditar, y son aspectos reconocibles en él desde hace lustros, solvencia, conocimiento, seguridad y rigor musical. Qué duda cabe de que el napolitano es, a sus 76 años, uno de los grandes directores del presente; y para el crítico Paolo Isotta el más grande. Afirmación, como todas las categóricas, discutible. En todo caso, el cetrino maestro, alumno del histórico y malogrado Guido Cantelli, se impuso desde el principio de su carrera como fuerza emergente por su seriedad, su concisa técnica y su sólido concepto musical. 

En todo instante erguido, la frente alta, el gesto brioso, armonioso, capaz de recogerse y de dulcificarse cuando es preciso, con el abundante pelo ondeando al viento, de nuevo en el podio de una orquesta a la que ha dirigido centenares de veces, con su cara de póker —aunque lo hemos visto casi sonriente en esta ocasión— y sus modos autoritarios que esconden un discurso elocuente y un criterio que alimenta concepciones plenas de una tensión heredera de las manejadas por Toscanini, aunque con el toque elegante y teatral de Giulini. La soberbia disposición de los amplios brazos, el gesto ceñudo, la clara ondulación de la batuta, el férreo control del ritmo son bazas que sabe emplear y calibrar con efectos milagrosos en los instrumentistas.

Bien que en esta oportunidad hayamos visto al maestro muy contenido e incluso estatuario, sin marcar durante muchos compases, sabedor de la profesionalidad de unos músicos que prácticamente no necesitan esa guía. Pareció insólito que de este modo se alcanzaran tal exactitud de ataques, una conjunción tan plena, un control rítmico tan preciso en polkas rápidas como Balas mágicas y Truenos y relámpagos de Johann Strauss II y Enviado de su hermano Josef, tal fue el encaje y la fluidez obtenidos en estas piezas animadas por un diabólico 2/4. Buena labor de ensayos sin duda. El concierto discurrió de manera fluida, sin altibajos, sin sorpresas a partir del conocimiento de la formación vienesa y de la autoridad del director. En tal sentido, no hubo sustos, como los de la pasada edición con Dudamel en el podio, que, de todas formas, consiguió espectaculares efectos. La batuta de Muti se batió firme, elástica, flexible y convincente. Desde el mismo comienzo con el pórtico de la Marcha-obertura de El Barón gitano de Johann Strauss hijo, en la que ya advertimos algo que nos habría de acompañar hasta el final: la inteligente amplitud del fraseo, la moderación de los tempi, la elegancia del trazo, lo equilibrado de la expresión, ni plana ni enfática. Bajo el perenne manto de la seriedad Muti y la Filarmónica hacían música; y de la buena.

Hemos leído y oído que las versiones salidas de esas manos y de esos mimbres orquestales no tuvieron la chispa vienesa, el alegre discurrir que las define y que se pudieron distinguir quizá con más facilidad con otras batutas de años anteriores. Y se señala, por ejemplo, a Maazel, a Kleiber, a Prêtre, que consiguieron, no hay duda, efectos de ese cariz. Por no hablar del más vienés, del más idiomático de todos, Boskovsky. Puede ser, pero la forma de hacer música de Muti en esta ocasión, la sana sonoridad, evidentemente aromática y vecina al Danubio dada la calidad de los timbres de la Filarmónica, la naturalidad de las exposiciones y la lógica de las acentuaciones, dieron a cada interpretación valores raros, más allá de que el jolgorio no reinara como en otras citas y de que en esta sesión no hubiera gracietas, sorpresas cómicas, confetis y matasuegras. La sonrisa estaba en la manera de hacer; en la estela, en la que es tan ducho el napolitano, en la que se asienta y de la que emana la música de Schubert, que une también el rasgo popular, al carácter danzable y el rigor de las orquestaciones. Una línea a la que se sumaron, desde sus presupuestos más ligeros, los Strauss.

El solo de chelo del vals Frescos de Viena, magníficamente expuesto por el primer atril, dio paso a un majestuoso arranque del compás de 3/4. La polka francesa Cortejo nupcial de Johann Strauss hijo fue tomando velocidad paulatina y contagiosamente y la levedad, con estupendos pianísimos y acentos de notable sequedad, se adueñaron de la polka siguiente, Sangre liviana, del mismo autor. El Vals de María de Johann padre, una novedad, fue atacado con gran parsimonia y espléndida y exacta acentuación, con paulatina aplicación del acellerando. La batuta esculpió con finura y suavidad el delicadísimo encaje. El galop sobre Guillermo Tell de Rossini del mismo padre de la dinastía cerró con mucho aire la primera parte del concierto.

En el descanso televisivo la Radiotelevisión austriaca nos regaló con un estupendo documental, adornado con músicas de los Strauss, Tcherepnin, Maysedes y otros, que nos mostró muy bellas imágenes de la Viena modernista, con las edificaciones del arquitecto Otto Wagner como singular reclamo. En la segunda mitad del concierto nos enfrentamos a la obertura de Boccaccio de Suppé, que se abre con unas suaves notas de trompa, similares a las del comienzo del Danubio azul y que actúan de elemento motor en una amena construcción llevada en volandas. En el vals Flores de mirto de Johann II, encontramos buen hacer, pero también una cierta falta de gracia fraseológica. Nos solazamos con la contemplación de imágenes de los artesanos de la porcelana de Viena.

Después de la novedad de la gavota Estefanía de Alphons Czibulka, y de las tres polkas rápidas más arriba mencionadas, llegamos a la polka-mazurka Ciudad y país, dibujada con una contagiosa lentitud, con airosos acentos, y a la cuadrilla sobre Un ballo in maschera de Verdi, donde afloró la vena italiana del director. En el vals Rosas del sur de Johann II se nos brindó un hermoso ballet con coreografía de Davide Bombana y figurines de Jordi Roig. A continuación se llegó a uno de los momentos cumbre: el gran vals Cuentos de los bosques de Viena de Johann II, en el que Muti recuperó, de acuerdo con la partitura original, el dulce sonido de la cítara. La batuta se dejó mecer casi sensualmente en la reexposición del tema principal y narró la peripecia, ilustrada con bellas imágenes alusivas en la transmisión televisiva, con transparencia y minuciosidad. Como es norma, todo concluyó con el esperado Danubio azul, trazado con un detallismo sorprendente, y con la aplaudida Marcha Radetzky

En el concierto se conmemoraban distintos centenarios, como el del fin de la primera guerra mundial y el de las muertes de artistas como Otto Wagner, Koloman Moser o Gustav Klimt. Todo ello tuvo adecuada traducción y descripción en la narración de Martín Llade, programador de Radio Clásica, que evocó, muy justamente, más de una vez, la figura de su antecesor en estas transmisiones, el desaparecido José Luis Pérez de Arteaga, cuyo estilo y locuacidad sigue en cierto modo. Buena labor en todo caso, fiel al guión de la UER, pero con llamada a la fácil improvisación.