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CRÍTICA / Un sol y sombra en el ambigú del Teatro de la Zarzuela


Madrid. Teatro de la Zarzuela. 21-XI-2018. Delia Agúndez, soprano. Capella de Ministrers. Claroscuro

Daniel Quirós Rosado 

Cabe empezar esta crítica poniendo en situación al lector del contexto y el lugar que corresponden porque no estamos ante un teatro cualquiera: la Zarzuela es más, mucho más, para varias generaciones de madrileños que sienten muy suyo este templo atemporal donde millones de personas han soñado, han reído, han llorado y han disfrutado. En fin, han vivido sus luces y sus sombras con nuestra —permítanme que me incluya— gran amada: la Música.

El día 21 de noviembre se vivió un capítulo más de esa eterna y etérea relación que apenas dura lo que los músicos tarden en entrar y salir del escenario. Este día, el escenario fue un ambigú, un lugar que no es otra cosa que la barra de un bar teatral. Pero en la Zarzuela todo es diferente, al igual que sus programaciones. Y el Nuevo Ambigú parece estar constituyéndose como un templo —o templete— que apuesta por servir cócteles de lo más exóticos. En este caso tocaba el turno de la soprano cacereña Delia Agúndez y los valencianos Robert Cases y Carles Magraner a la tiorba/vihuela y la viola da gamba, respectivamente.

Pero, volviendo a la palabra afrancesada ambigú, podemos imaginar otro significado acorde a este espacio. Decir ambigú podría retrotraernos a un crisol de géneros dramáticos entremezclados que ofrecer al público oyente. Algo que, felizmente, se ha recuperado en La Zarzuela no sólo en géneros, sino también en periodos. Por ello, en Claroscuro nos han dado la posibilidad de viajar, de la mano de Locura, por las tierras mentales que conforman las palabras de esa cima literaria que es El Quijote. 

Los asistentes no vagaron por una época lejana y obsoleta gracias a que las músicas seleccionadas se mantienen, aún hoy, muy vivas, en tanto que podemos reconocerlas en el acervo actual. El Barroco español, que jugaba con las nuevas y viejas músicas, no tiene nada que envidiar al europeo. Es más, el hecho de mantener vigentes los cancioneros bajomedievales y renacentistas a la par que las chaconas, los tonos humanos o los romances, dotaba de una riqueza extraordinaria a ese —tan bien llamado— Siglo de Oro. Una centuria con luces y sombras que supo condensar perfectamente el director de una agrupación ambigua por definición y que, a pesar de ser conocidos independientemente por sus otros proyectos por separado, sabe crear un clima que va más allá de la música.

Gran parte de la "culpa" la tiene la soprano Delia Agúndez que, como siempre, acompañaba una perfecta dicción con un carácter alejado de cualquier horizontalidad y languidez (pecados en los que es muy fácil caer con este tipo de repertorios). Demostraba fuerza y delicadeza por igual, haciendo honor al título del concierto. Si algo se puede remarcar es su capacidad para conseguir que el público empatice con ella y la música gracias a esos gestos que lleva incorporados de serie con los que "enloquece". Dos claros ejemplos fueron el emocionante y apabullante tono Passava Amor su arco desarmado y las seguidillas en eco De tu vista celoso. Pero aún estaba por llegar el desenfreno de la mano de La Locura, con la que terminó de conectar con un público que dejó bien claro que estaba más posicionado con las Sombras que con las Luces (a excepción de ese Yo soy la locura que aparece como Luz en el programa y más bien debiera ser Sombra). 

La parte instrumental dejó también dos momentos curiosos en el recital. El primero de ellos por parte del vihuelista y tiorbista Robert Cases, quien es, quizás, el que más vivió en las "sombras" durante el concierto. Pero esta calificación no se debe interpretar como algo negativo sino todo lo contrario. Supo jugar con los silencios y bataholas tan valientemente en sus interpretaciones que en sus solos era palpable la angustia descarada que generaba hasta que se arrancó con una jota que, sin reparos, anunció preguntando al público "¿Una jotica?", generando una amplia carcajada entre los asistentes.

Por su parte, el director y violagambista Carles Magraner —poco se puede añadir sobre sus magistrales técnica y habilidad— tuvo unas palabras con las que recordó los numerosos viajes que ha vivido este programa (Túnez, Bélgica o China) y aclaró que el repertorio está formado por las obras musicales que aparecen en la opus magnum cervantina y que corresponden a los "extremos del sentimiento humano puestos en solfa".

Dentro de esta crítica, y gracias a este concierto, se puede extraer otra "crítica", esta vez sí negativa, pero de la que no tienen culpa alguna los intérpretes, el teatro o el público asistente. La música antigua no está muerta. Al contrario, parece estar más viva que muchas de las músicas comerciales que encontramos en la actualidad copando internet y demás medios audiovisuales. Es por ello que desconcierte contemplar cómo en este tipo de conciertos la mayor parte de los asistentes superen los sesenta años de edad. El amor, el desamor, el engaño, el deseo, la pasión o las aventuras que desprenden por los cuatro costados estos romances, tonos y canciones deberían ser suficientes para que las nuevas generaciones se sintiesen más identificadas que con aquellos ritmos repetitivos y dañinos, esas letras denigrantes y ese descontrol ad absurdum que ofrece la industria musical. 

Pero, esperando que el panorama cambie, como suele ocurrir al entrar en un bar una tarde lluviosa, parece que sólo una buena copa puede ayudar a entrar en calor. Y eso mismo ocurrió en el Nuevo Ambigú del Teatro de la Zarzuela donde, a base de copas musicales bien servidas por Locura —en particular, ese bis final con el que la soprano recorriera todas las butacas del plantel para mirar en el interior de las mentes de los asistentes—, el público acabó ebrio de amor, pasión... y de Claroscuro.