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CRÍTICA / Un "Radamisto" memorable... por muchos motivos


Madrid. Auditorio Nacional. 22-IV-2018. Haendel, Radamisto. Carlos Mena, Patricia Bardon, Florian Boesch, Sophie Karthäuser, Christian Hilz, Melanie Hirsch, Valerie Vinzant. Wiener Akademie. Director: Martin Haselböck.

Eduardo Torrico

Radamisto fue el inicio de la una disparatada aventura que se llamó Royal Academy of Music y que comenzó en 1719. Un grupo de nobles ingleses pretendió introducir, para su propio disfrute, la ópera italiana en las islas y, a tal objeto, contrató a Haendel como director de la compañía, con la obligación por parte de este de componer, adaptar óperas de otros compositores, proporcionar libretos y contratar cantantes e instrumentistas. Musicalmente la empresa pareció verse acompañada por el éxito al principio, pero la cosa acabó mal, rematadamente mal. En el aspecto económico, el desastre fue total desde el primer momento: la primera Royal Academy of Music solo duró nueve años (en lugar de los veintiuno previstos), la segunda Royal Academy of Music (en la que Haendel ya no sólo figura como director y compositor, sino también como empresario) tuvo, acosada por las deudas, un final incluso peor y la Opera of the Nobility (compañía rival de la segunda Royal Academy of Music) fue igual de ruinosa a pesar de contar, entre otros, con el celebérrimo Farinelli. Sin embargo, la música de Haendel quedó ahí para siempre.

Ni siquiera el hecho de ser la primera ópera compuesta ad hoc para la Royal Academy of Music le ha servido a Radamisto para ser un título conocido. Queda sin duda opacado por los que llegaron a continuación: Ottone, Flavio, Giulio Cesare, Tamerlano, Rodelinda... No obstante, la música es magnífica, como corresponde a Haendel en el mejor momento de su carrera, que, además, componía para algunos de los más prestigiosos cantantes de aquel momento: el castrato Senesino, la soprano Durastanti o el bajo Boschi. Por ello, hay que dar las gracias al CDNM al haberlo incluido en la programación del ciclo Universo Barroco de esta temporada (Radamisto ponía precisamente punto final a dicho ciclo).

Las cosas en el Auditorio Nacional funcionaron mucho mejor de lo que incluso los más optimistas podrían haber llegado a pensar. Empezando por una orquesta, la Wiener Akademie, que nunca se ha caracterizado por sus excelencias dentro de la ópera barroca italiana. La dirección de Martin Haselböck fue vibrante a lo largo de las tres horas que duró el concierto, beneficiada por unos nutridos efectivos instrumentales, de esos que ya no se estilan: once violines (con el excelente Ilia Korol como concertino), cuatro violas, dos violonchelos, dos contrabajos y dos claves, además de los vientos y la percusión, que es prácticamente la misma plantilla que Haendel utilizó en el estreno (dieciseis violines y dos violas, en lugar de once y cuatro respectivamente). En algunos momentos se percibió una cierta descompensación entre las cuerdas altas y las bajas, pero en líneas generales la Wiener Akademie sonó tan rotunda como matizada.

En el aspecto vocal todo o casi todo habría merecido el notable y hasta sobresaliente de no haber sido por la esperpéntica presencia de un bajo sedicente (ni siquiera llegaba a barítono; en todo caso, a tenor y... de los malos) llamado Christian Hilz. Cuando afrontó su primer recitativo, pensé que se trataba de un chiste; o, incluso, que era un espontáneo del público que había saltado al ruedo... Pero lamentablemente iba en serio. Por suerte, su papel, el de Farasmane, es bastante reducido y lo de Hilz quedará en una simple anécdota. Eso sí, en una anécdota que tardaremos mucho tiempo en olvidar.

En lo vocal, lo mejor corrió a cargo del superlativo trío formado por Carlos Mena (Radamisto), Florian Boesch (Tiridate) y Sophie Karthäuser (Polissena), con unas arias soberbiamente cantatas en todos los casos, sin la más mínima fisura, y con un sentido extraordinariamente dramático, incluso en los recitativos. A pesar de que sus mejores tiempos ya han pasado, Patricia Bardon (Zenobia) cumplió con creces, si bien su voz encaja mejor en Wagner que en Haendel. Fue una pena que no entendiese en ningún momento el hondo dúo con Radamisto Se teco vive il cor que cierra el segundo acto, obsesionada en demostrar su poderío vocal en lugar de dar la justa réplica que demandaba un pasaje tan camerístico. Muy bien Melanie Hirsch como Tigrane (una agradabilísima sorpresa la de esta soprano alemana) y aceptable Valerie Vinzant —con ciertos problemas de coloratura— en su corto rol de Fraarte.

Da gusto poder escuchar música tan buena y tan bien interpretada... a pesar de la grotesca presencia del tal Hilz.

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