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CRÍTICA / Un intento con fuerte potencialidad


Barcelona. Auditori. 17-V-2018. Schubert, Winterreise. Xavier Sabata, contratenor. Francisco Poyato, piano.

Marco Frei

Para los llamados puristas fue una verdadera pesadilla. ¿Un contratenor cantando el último de los ciclos cancioneriles completado por Schubert? ¿Por qué no habría de hacerlo? Teniendo en cuenta el hecho de que lo han cantado voces femeninas, la cuestión queda fuera de lugar. Entonces, es coherente que Xabier Sabata cante Winterreise acompañado por el pianista Francisco Poyato.

En Barcelona, Sabata ha cortado el nudo gordiano. Ha recorrido un camino belcantista que lleva desde Mozart y el Barroco hasta el Romanticismo. El proyecto schubertiano de Sabata es correcto y legítimo. En todo caso, habrá de juzgar el resultado.

Durante el estreno en el Auditorio de Barcelona solo irritaron los efectos lumínicos del principio y el final, con los cuales este ciclo de canciones resultó ser una suerte de miniópera semiescenificada. Para el barítono Christian Gerhaher, esta versión es inaceptable. No comparto su opinión. Una serie de 24 escenas con distintas soluciones tonales constituye un psicograma dramático anudado con consistencia.

Lamentablemente, en Barcelona esta dramaturgia narrativa se parceló en fragmentos de principio a fin. De entrada, el mayor responsable fue el pianista. Poyato actuó conmovido por el específico timbre de la voz de Sabata, que es propiamente atípico. Ya desde la iniciación, la canción Gute Nacht (Buenas noches), el pianista optó por exponer duramente el recitado del texto. Un pulso despiadado y fatalista produjo una creciente vivacidad, una lectura grandiosa que nada tiene de nuevo. Ya Dietrich Fischer-Dieskau abordó así la obra en su madurez con Alfred Brendel al piano. En manos de Poyato la frase "Fremd bin ich eingezogen" (Soy un extraño solitario) resultó literalmente martilleada. Todo lirismo frágil, delicado y reticente fue destruido en su núcleo por el mismo poderío visceral. Muy a menudo, el volumen de Poyato se sobrepuso al canto de Sabata. De esa manera, se contrarió el propósito de Schubert de lograr un vínculo armonioso entre voz y piano. 

No obstante, hubo momentos climáticamente intensos como El tilo, El arroyo, Soledad o el final El zanfonista. Pero siempre la voz y el piano ocuparon unos horizontes alejados entre sí. Es como si la elección del criterio hubiese recaído en la astucia y el estilo sólo del pianista, y el cantante hubiera quedado desasistido. El claro, cálido y ancho timbre de Sabata merecía un pianista de igual excelencia, o acaso un fortepiano Pleyel deslizante y suave. Aún en los instrumentos más modernos se hallan los apropiados y correctos, como un voluminoso Steinway, quizás un Fazioli o un Bechstein. 

Sabata tiene el encomiable proyecto de grabar en CD Winterreise. Sin duda, el contratenor dar una versión con un colorido peculiar y atractivo, que en Barcelona solo se pudo atisbar. Es muy loable que el Auditorio haya auspiciado este audaz proyecto, pues en Alemania y en Austria, un Winterreise por un contratenor habría sido una afrenta.

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