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CRÍTICA / Un grito de libertad que nadie escuchará (Antoni Wit en el Auditorio Nacional)


Madrid. Auditorio Nacional. 20-XI-2018. Ray Chen, violín. Christiane Libor, soprano. Olesya Petrova, mezzo. Timothy Richards, tenor. Stephan Klemm, bajo. Orquesta de Cadaqués. Director: Antoni Wit. Obras de Mendelssohn y Beethoven

Joaquín Martín de Sagarmínaga

El Concierto para violín y orquesta de Felix Mendelssohn tiene tres peculiaridades con respecto a otras obras contemporáneas con igual dotación: carece de introducción orquestal, la cadenza no es libre —está escrita por Mendelssohn, por si acaso—, y sus tres tiempos, con un mismo aire de familia, se hallan unidos entre sí como trillizos que a la vez fueran siameses. Sin haber alcanzado aún la división de honor, el taiwanés Chen apunta alto, sobre todo últimamente. Su violinismo es de raíz lírica, cantable, es afilado y afiligranado. Antoni Wit le permitió brillar, acunándole con un colchón de suaves trémolos durante un tiempo central que es una más de las Canciones sin palabras. Y, aunque el mayor mérito radique en el autor, tan transparente, el Finale tuvo destellos feéricos, tanto en el violín como en el trabajo de la orquesta.  

Wit es un campeón de la causa de Szymanowski, Lutoslawski o Karlowicz. Como sucede con Michel Plasson en Francia, no hay parcela del repertorio de su país que haya dejado de escudriñar con provecho. Sin embargo, en una obra del calado y latitud de la Novena sinfonía de Beethoven, con 9 años de incubación desde su primer boceto hasta su estreno y un esfuerzo creativo mayor que el de cualquiera de sus hermanas, en alguna medida el director polaco defraudó.  

Resulta difícil, eso es cierto, hacer plena justicia a una pieza que a través de la famosa oda de Schiller simboliza las mejores aspiraciones de un hombre concreto, que deberían serlo también de la humanidad. Su mensaje es tan claro que Beethoven, además de una obra de imponentes dimensiones, fue el fundador de un arte nuevo, el de la música sinfónico-moral. Si bien, en nuestros tiempos tan veloces, su declaración es como prédica en un desierto que por no tener no tiene ni oasis, sólo espejismos. Todo sumado, aun dominando las virtudes en la versión de Wit, en la balanza también pesaron los reparos. Entre las primeras está un estilo caracterizado por los ataques intensos y plenos, una expresividad de tintes fuertes y el destaque de las líneas principales sobre un tapiz que mantiene la tersura de los demás planos sonoros. Todo ello certifica una batuta con muchísimas horas de vuelo, algo ceñuda, resistente como un bloque de piedra, capaz de arrancar buenas prestaciones a las maderas de la Orquesta de Cadaqués y a casi todos sus arcos. 

Cabe añadir que la ardiente expresión, sin dejar de ser beethoveniana, sonó en algunos momentos muy exacerbada, con un timbal iracundo en las intervenciones del Scherzo, y unas velocidades tensas, de remanso escaso, a veces quizá incluso precipitadas. Así, el Adagio, cuya cantabilidad ha de imponerse, no tuvo sino una unción intermitente, aunque es cierto que la batuta respetó —un precioso detalle— la mezza voce con que se presenta el efusivo segundo tema. 

Berlioz, aunque admiraba hasta el delirio la Sinfonía coral, asustado por las audacias del lenguaje del sordo denomina "alarido orquestal" a un tramo del Finale. El Coro de Letonia, vitaminado y animoso, fue de lo mejor de la velada. Tras la primera intervención del tenor, oímos la fuga huracanada que desató Antoni Wit, ahora con pleno sentido. ¿Y el tenor? Por alusiones: era blanquecino, y un tanto feminoide. El bajo tenía una voz de andar por casa, aunque las haya incluso peores, y se ahogaba a menudo. En la Novena no es fácil juzgar a las solistas, pues en sus unísonos frecuentes son como esas amigas que van siempre juntas, incluso al cuarto de baño; mejor parecía, por redondez vocal, la mezzosoprano.