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CRÍTICA / Un genio pasó por Madrid


Madrid. Fundación March. 17-X-2018. Ciclo "El piano de Schubert: modelos y herencias". Kristian Bezuidenhout, fortepiano. Obras de Mozart y Schubert.

Eduardo Torrico

El fortepiano tiene un problema: es un instrumento imperfecto. Y lo es porque no dio tiempo a experimentar con él hasta conseguir que dejara de serlo. Tardó en propagarse a causa de los inconvenientes mecánicos que presentaba en su fase inicial (recuérdese las pegas que puso Bach en su primera visita a la corte de Federico II de Prusia y las soluciones que propuso para mejorar los dos Silbermann que había probado). Y cuando empezaba a tener una cierta aceptación, llegó Érard, patentó un mecanismo simple repetición, incorporó la grapa (pieza que permitía a las cuerdas permanecer en su lugar exacto después de ser golpeadas por los macillos) y diseñó el mecanismo de pedales de lo que hoy conocemos por 'piano moderno'. Cuando se quiso dar cuenta el fortepiano, había pasado ya a mejor vida. 

Sé de grandes teclistas que se niegan a tocar el fortepiano por sus imperfecciones (el gran Nicolau de Figueiredo, que Dios lo tenga en su gloria, era uno de ellos). Quizá sea ese el motivo por el que escasean los fortepianistas (especialmente, los buenos fortepianistas). De entre el puñado de los que realmente destacan con todo merecimiento, un lugar preeminente lo ocupa Kristian Bezuidenhout, quien no se prodiga en sus visitas por España (muy a su pesar, pues su hermano reside en Madrid). Su presencia en la Fundación March ha sido todo un acontecimiento, como lo fue su anterior recital en este mismo escenario hace dos años. Pero ahora había, si cabe, mayor expectación, por cuanto se presentaba la ocasión de contrastar la maestría de Bezuidenhout con la de otro histórico del fortepiano, Andreas Staier, que abrió la temporada de la March el pasado 26 de septiembre con un recital que no será especialmente recordado (y que si lo es, no será precisamente para bien).

Como hiciera Staier, Bezuidenhout se sentó ante una copia de Conrad Graf de c. 1819, obra de Paul McNulty. El austro-alemán Graf está considerado como el mejor constructor de fortepianos de la historia. Algunos de ellos fueron utilizados por Beethoven, Schubert, Chopin, Brahms y Schuman. Aunque seguían siendo fortepianos, el sonido de estos ya se asemejaba bastante al de los pianos modernos (eso sí, con menos potencia y matices). Bezuidenhout ofrecía un programa con obras de Mozart (la Fantasía en Do menor KV. 475 y la Sonata en Do menor KV. 457) y, por supuesto, de Schubert, protagonista del ciclo (el Andante en Do mayor D 29, el Allegretto en Do menor D 915, el Adagio en Sol mayor D 178 y los Impromptus D 899). 

Este sudafricano de nacimiento, australiano de crecimiento, norteamericano de educación musical y europeo de residencia es un portento cuando pone sus manos sobre las teclas (las del fortepiano, las del piano o las del clavicémbalo). Su técnica es grandiosa, pero no lo es menos su fantasía, su intuición y su clarividencia. Y, sobre todo, la pasión con la que siente y vive la música. Apenas falló una nota en unas obras terriblemente comprometidas (en especial, la sonata mozartiana, la cual bordó, aunque, eso sí, sin repeticiones). Los movimientos lentos estuvieron preñados de emotividad (sobre todo, los impromptus) y los rápidos fueron volcánicos. No necesitó que pasaran muchos minutos para arrobar completamente a un público que cayó rendido ante su descomunal talento.

Lo mejor de todo es que a Bezuidenhout lo tendremos pronto de nuevo en Madrid. Exactamente el 11 de diciembre, cuando toque el Quintento para piano en Mi bemol mayor op. 44 de Robert Schumann junto a uno de los fenómenos musicales más interesantes de los últimos años, el Chiaroscuro Quartet. Hay quien opina que este joven grupo es el digno heredero del Quatuor Mosaïques. Y eso son, claro, palabras mayores.