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CRÍTICA / Un "Elías" bien planificado


Madrid. Auditorio Nacional. 16-III-2018. Mendelssohn, Elías. OCNE. Rachel Nicholls, Anna Stéphany, James Gilchrist, David Soar. Director: Masaaki Suzuki. 

Arturo Reverter

La obra, ya se sabe, es magnífica por la perfecta distribución de elementos, por la poderosa vena melódica, por el dibujo de los conjuntos, por la clarividencia en la construcción de las fugas, por la fantasía en la definición de caracteres. Propia de un músico en plena madurez y que moriría en 1847, un año después del estreno en Birmingham el 26 de agosto de 1846.

El japonés Masaaki Suzuki es muy conocido en el ámbito de la música barroca, especialmente en la de Bach, de quien ha grabado, al frente de su Bach Collegium Japan, para el sello BIS, la totalidad de las cantatas del Cantor. Y también, el sólo frente al teclado, las obras completas para clave. Por mencionar solamente dos contribuciones discográficas. Creemos que nunca ha actuado frente a los conjuntos dependientes del INAEM, pese a lo cual nos ha parecido apreciar un buen entendimiento con ellos, una comunicación de primer orden que ha redundado en una muy digna interpretación de este gran oratorio mendelssohniano (aquí en su versión alemana), hace tiempo alejado de los atriles de ambos conjuntos y con el que en otra época marcara uno de sus más reconocidos éxitos el extinto Frühbeck de Burgos.

Para empezar, Suzuki muestra una técnica gestual, sin batuta, muy suelta y resuelta, una manera de marcar muy clara y rectilínea, una certera direccionalidad en sus ademanes, orientados tanto al coro como a la orquesta (respectivamente, unos sesenta y unos cincuenta) y a los solistas. Posee impulso, nervio y sabe retener y apianar. Consiguió un atractivo engrase de todo el complesso y logró que, por lo general, el primero sonara afinado y empastado, mucho mejor que en la reciente Pasión según San Mateo de Bach.

Tenemos anotados momentos especialmente logrados: las intervenciones de los Sacerdotes del Baal, recios y conjuntados, con líneas contrapuntísticas claras; las motóricas exclamaciones del pueblo (nº 24, por ejemplo); los contrastes dinámicos, bien asentados, del coro nº 34, tempestuoso, pero delicado en la frase “tras el fuego sucedió un suave y plácido susurrar”. Hubo, en cambio, entradas imprecisas, en el coro nº 5, Aber der Herr y no se consiguió la necesaria transparencia polifónica en el coro de cierre de la primera parte, Dank sei dir, Gott. La fuga empezó bien y luego se oscureció. Tampoco nos gustaron algunas sonoridades excesivamente rudas, de los metales gruesos, lanzados a toda pastilla, con evidente peligro de desequilibrar el conjunto.

Actuó con presteza la orquesta, respondiendo por derecho a las órdenes de la mano rectora, ofreciendo, por ejemplo, un hermoso fugato en la obertura. El director logró ajustar con firmeza las actuaciones de los pequeños conjuntos constituidos por elementos de la masa coral. Así, en el doble cuarteto, nº 7, el Cuarteto de ángeles, nº 15; el Terceto de tres ángeles, nº 28, que cantaron estupendamente las sopranos Margarita Rodríguez y Francesca Calero y la mezzo Negar Mehravaran: A ellas se unió la contralto Manuela Mesa en el Cuarteto de serafines, nº 35.

Se contó con un equipo solista poco más que solvente. La mejor a nuestro juicio fue la mezzo lírica Stéphany, de timbre un tanto descolorido, pero de buen e intencionado fraseo, muy seráfico, que cantó, por ejemplo, de manera muy elegante, el aria del Ángel, nº 31. La soprano Nicholls ofreció un timbre claro y penetrante, de cierto tinte gutural, provisto de cuerpo, pero a falta de equilibrio y redondez emisores. Gilchrist es un tenor veterano y profesional, sabe frasear con tino e intención, pero su voz de lírico-ligero es temblona y algo descarnada, con agudos febles y afalsetados. Por fin, el protagonista, Elías, estuvo en el instrumento rocoso y oscuro, duro y compacto del bajo Soar, de emisión cupa, de agudos inciertos y cerrados. Su técnica no le permite grandes lirismos o frases de elaboración colorista, lo que se echó particularmente en falta en la conocida aria Es ist genug!. El niño soprano José Antonio Martín, de la Escolanía del Monasterio de El Escorial, cantó algo apuradamente, pero con un muy bello y cristalino timbre las breves intervenciones del Muchacho anunciador de la gran tormenta al cierre de la primera parte.

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