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CRÍTICA / Un ceñudo y ceñido programa


Madrid. Teatro de la Zarzuela. 12-XI-2018. XXV Ciclo de Lied. Franz-Josef Selig, bajo. Gerold Huber, piano. Obras de Loewe, Wolf y Rudi Stefan.

Blas Matamoro

Selig es ya conocido del ciclo y Huber aún más. En cuanto a este, cabe decir que su maestría, ajuste e imaginación junto a cualquier cantante produce tal sensación de autoridad que ambos parecen haberse pasado la vida actuando en pareja. En la ocasión, lo más notable, por lo comprometido de la apuesta, fue el programa, basado en canciones unidas por un cierto romanticismo de la noche, la muerte, lo gótico y lo fúnebre, desde el populismo ingenuista de Loewe hasta el espeso decadentismo de Wolf, pasando por una novedad, la de Rudi Stefan, muerto en plena juventud y coetáneo de la segunda Escuela de Viena.

El bajo alemán solventó con máxima altura el menú escogido. Su voz de atezado color oscuro y su arte de puntillosa intensidad, fueron abordando los matices estéticos de las piezas con un sentido profundo de la expresión verbal hecha canto. Así, cada una de las baladas de Loewe fue una viñeta diferente y una narración peculiar, incluso cuando el solista debió encarnar el diálogo entre personajes, en Edward y El rey de los elfos. Otra de sus personalidades fue el Arpista diseñado por Goethe en su novela, lamentoso y enigmático. El clima se disipó a favor de un contenido manifiesto de amor de Wolf en Frage nicht ("No preguntes").

Aparte de su conocido impacto dramático y lo difícil de la selección presentada, el arte de Selig resultó una suerte de lección ejemplar del canto camarístico. El punto de partida y la solución formal es siempre el poema, articulado en la estrofa, la voz del personaje, el verso y las comas de respiración dentro de él. Así, la palabra transfigurada por la música construye ese diminuto universo que es el Lied. Óptimamente resuelto, según lo consigue Selig, alcanza a ser una compacta unidad, la obra de arte.