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CRÍTICA / Un Bach de mínimos


Madrid. Auditorio Nacional. 25-IV-2018. Pierre Hantaï, clave. Orquesta Barroca de Helsinki. Director y clave: Aapo Hakkinen. Obras de Bach.

Eduardo Torrico

Hace ya una veintena de años el clavecinista y director Sigbert Rampe, al frente de Nova Stravaganza, dejó estupefacto al mundillo bachiano con una grabación de las cuatro Suites orquestales que realmente tenían poco de orquestales, dada la exigüidad de instrumentos utilizados. Explicaba Rampe que, antes de que Bach reciclara estas obras para ser interpretadas en Leipzig — ampliando el orgánico y embelleciéndolas—, habían sido tocadas por primera vez en la corte de Köthen por la pequeña formación camerística que estaba al servicio del joven príncipe Lepoldo: dos oboes, dos violines, una viola, un fagot y un clave. Leopoldo no precisaba de más, pues dada su condición de calvinista allí no se hacía música religiosa y con esta orquestita tenía más que suficiente para satisfacer sus necesidades y gustos musicales.

Llegó el Tío Paco con la rebaja (es decir, nos asoló la crisis económica) y lo de Köthen fue un buen argumento para que todo el mundo empezara a tocar un Bach de mínimos, muy alejado en cuanto a efectivos instrumentales de aquello a lo que estábamos acostumbrados. Pero ya no se tocaban únicamente las Suites orquestales con tanta parvedad de medios, sino todas las demás obras concertísticas del Kantor.

La Orquesta Barroca de Helsinki (o, como eufemísticamente figuraba en el programa de mano, el "Ensemble de la Orquesta Barroca de Helsinki") se presentó en Madrid para hacer la Segunda suite orquestal y dos conciertos para dos claves (los BWV 1061 y 1062) con dos violines, una viola, un violonchelo, una flauta y un clave. Y, eso sí, con el inestimable refuerzo de Pierre Hantaï, que sigue siendo uno de los mejores —si no el mejor— clavecinista del mundo. Además, Aapo Häkkinen, el director de la formación finesa, acompañó a la flautista Pauliina Fred en la Sonata BWV 1032.

Lo que se gana en trasparencia sonora con este formato instrumental se pierde en texturas. La cosa no funcionó ni medio bien en la suite (en eso tuvo bastante que ver Fred, flautista de nivel medio-bajo), aunque sí se nos antojaron más que resultones los dos conciertos, gracias, por supuesto, a la magnífica actuación tanto de Hantaï como de Hakkinen (buena la idea de combinar un clave alemán con otro flamenco, para establecer así un mayor contraste de sonidos). De la sonata para flauta, mejor no hablar: Fred tuvo problemas de digitación, de emisión y, para colmo de males, estuvo todo el rato tapada por el clave, que más que el instrumento acompañante pareció ser el solista.

Estos experimentos no deben ser nunca desdeñados; la música de Bach lo soporta todo (como dice Lionel Meunier, director de Vox Luminis, "hay que ser realmente muy mal músico para que la música de Bach no suene bien"). Pero, sinceramente, se echan de menos aquellas configuraciones orquestales de antaño (y cuando digo antaño, quiero decir de diez años a esta parte).

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