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CRÍTICA / Trío Arbós: A veces los espejos miran


Madrid. Fundación BBVA. 2-VI-2017. Espejos (1). Trío Arbós. Obras de Arvo Pärt y Franz Schubert.

Santiago Martín Bermúdez

El recital del Trío Arbós del viernes 2 de junio en la Fundación BBVA fue uno de esos acontecimientos que permanecen en la discreción de los medios, tal vez porque cosas tan bellas no son noticia. Pero permanecerá en la conciencia —esto es, la memoria— de los que allí estuvieron como una velada extraordinaria, concisa y densa de contenido. Bajo el lema "Espejos", el Arbós dio voz (y pocas veces mejor dicho) a Spiegel im Spiegel, de Arvo Pärt; y la palabra espejo, que informa al ciclo y amedrentó a poetas mayores que practicaron la brevedad, era en este caso una elegía, un lamento,  una plegaría, no sé, algo cercano a esto. Hay varias versiones; ahora, a la obstinación (más que al ostinato) del arpegio de tres notas, a menudo alterado y matizado, se oponía el canto entrañable, esto es, que viene de la entraña y a ella te lleva, del violín, pero hay otras posibilidades instrumentales para "la voz", tal vez porque el muy espiritual Arvo Pärt no quiere que su canto se lo pierdan otros intérpretes y otros públicos. Por cierto: el pianista, Juan Carlos Garvayo, se muestra ante el público; y el violín de Cecilia Bercovich queda oculto, no por misterio ni por pose, sino por el pudor que impone ese canto que es lo que hemos sugerido que es, o acaso algo cercano.

Las obras del estonio Pärt y otros colegas espiritualistas de geografías cercanas (como el polaco Górecki y su sorprendente y solitario éxito hace algo más de veinte años con la Tercera sinfonía, excesiva en pathos) no concitan la unanimidad de los públicos más exigentes. Con obras como Spiegel im Spiegel demuestra que con escasos medios se puede hacer una obra penetrante; pero ante el op. 100 de Schubert queda como una obertura, una introducción, un "abrir boca", porque el Trío en Mi bemol mayor es un monumento. Y no es que uno prefiera los monumentos a las miniaturas, es que en el op. 100 hay miniaturas combinadas y transformadas (eso que llamamos desarrollo), mientras que la obra de Pärt, como adscrita o por adscribir al minimal, contiene su propia pequeña proeza: una casa frágil pero insistente acoge un lamento sin palabras que sin ella sería de una mayor orfandad, de un despojamiento que no sabemos que soportaría todo el camino ahora propuesto. 

Descubrir el Segundo trío de Schubert, a estas alturas, estaría de más, pero redescubrirlo y cantarlo como hace el Arbós es otra cosa. Es volver a decir: "ah, era esto". Que es lo que uno dice cuando encuentra a verdaderos intérpretes. Una y otra vez crees descubrir lo que conocías; y al decir una y otra vez no queremos decir a menudo, sino alguna que otra vez. Te sorprende en este caso la magnífica dimensión sinfónica que le da este trío al Allegro que abre la obra, que la preside, que la convierte en magnífica, que vale ya por sí mismo. Pero te sorprendente el canto de José Miguel Gómez al cello en su recital dentro del recital que despliega en el Andante. Cecilia Bercovich también canta, como cantaba escondida en la obra de Pärt. El Trío Arbós no es solo una de las  formaciones de cámara más importantes del país; es también uno de sus principales activos, y el país en cuestión no abunda en formaciones de tan alto nivel como para compararse con lo mejor del panorama internacional, y el Arbós sí está a esa altura. Basta con el canto de los solistas en este Segundo trío de Schubert, unido sin falta a la densidad de los movimientos extremos, a veces tan "trucha", a veces tan "quinteto de cuerda". Porque una obra para trío, tocada así, suena a lo que lleva implícito: por lo menos, un quinteto. Y no es exageración. Es que sales de un concierto tan breve contento y esperanzado. Al final, tocaron una pieza de Michael Jackson que cumple ahora treinta años, Men in the mirror (el espejo, siempre el espejo, como explicó Garvayo), en una versión que uno diría que ennoblece el original aunque solo sea porque el inevitable marcapasos de toda música pop (marcapasos, que no ritmo) queda simulado o disimulado en la densa y bella trama de la transcripción. 

¿Recuerdan El ángel que nos mira, aquel novelón del malogrado Thomas Wolfe, que no llegó a cumplir cuarenta años y murió hace casi ochenta? Mayor aún fue el malogro de Schubert, y tampoco Jackson ha sido longevo. No nos mira un ángel. Con conciertos como el del Arbós nos mira el propio espejo.