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CRÍTICA / Tonos humanos como es debido


San Lorenzo de El Escorial. Real Coliseo de Carlos III. 15-IX-2018. María Espada, soprano. Manuel Minguillón, guitarra y dirección. Guillermo Turina, violonchelo. Daniel Garay, percusión. Obras de De Zelis, Supriani, Guerau, De Murcia, Durón, Facco, Hidalgo y anónimas.

Eduardo Torrico

La cabal intepretación de la música española del siglo XX —especialmente, la profana— sigue siendo una asignatura pendiente, aunque por fortuna en los últimos años han ido surgiendo grupos e intérpretes que han cambiado de forma radical el sombrío panorama. Una buena muestra de que se ha tomado la senda adecuada la han ofrecido en el Real Coliseo de Carlos III la soprano María espada [en la foto], el guitarrista Manuel Minguillón, el violonchelista Guillermo Turina y el percusionista Daniel Garay.

Presentaban un programa conformado por trece tonos humanos de los cuarenta y tres que contiene el denominado "Manuscrito de Mallorca" de la Biblioteca de Cataluña. Todos ellos, para voz sola, cifra para guitarra y bajo continuo. Y todos ellos, con textos en español, compilados por la mano anónima de algún aficionado que se decidó a seleccionarlos de entre la infinidad de ellos que había en las comedias teatrales de nuestro Siglo de Oro. Son sus autores, entre otros, Sebastián Durón, Juan Hidalgo, Juan de Zelis, Gabriel Guerau (hermano del gran guitarrista mallorquín Francisco Guerau, quien, como este, trabajo en la corte de Madrid) y, por supuesto, el más prolífico compositor de la historia: el señor Anónimo.

De los incluidos en este programa por Espada y sus tres acompañantes, algunos ya eran conocidos (La borrachista de amor, de Durón, o el anónimo Dicen que hay amor, que precisamente da título al programa), pero prácticamente todos los demás se interpretaban por primera vez en tiempos modernos. Minguillón y Turina intercalaron varias obras instrumentales —algunas de las cuales también suponían recuperación patrimonial—: una preciosa Toccata de Francesco Supriani (el primer violonchelista que, como tal, pisó España, contratado por la Real Capilla de Barcelona en tiempos del archiduque Carlos), una Sinfonía en Mi menor de Giacomo Facco, unas Marionas de Francisco Guerau y los célebres Imposibles de Santiago de Murcia. 

Cuando se trata de tonos humanos (o divinos), es indispensable que se entienda lo que dice el texto. Suena a perogrullada, pero lo cierto es que no siempre sucede así. Y no me refiero solo a grabaciones discográficas a cargo de extranjeros (capaces de espeluznar al más pintado), sino también a interpretaciones perpetradas por españoles. María Espada es un prodigio de dicción, lo cual la convierte en una intéprete ideal para este repertorio. Vocalmente, poco se puede decir de ella que no se haya dicho: estamos, sin duda, ante una cantante extraordinariamente dotada y polifacética, capaz de navegar con idéntica solvencia por cualquier repertorio, por proceloso que sea el mar. Se la vio cómoda en todo momento (pese a las ya consabidadas deficientes acústicas del Real Coliseo escurialense, concebido para el teatro, no para la música), junto a un trío instrumental preciso, que supo poner toda su capacidad interpretativa (que es mucha) al servicio de la soprano extremeña.