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CRÍTICA / Testamentos y jolgorios


Madrid. Auditorio Nacional. 1-XII-2017. Coro y Orquesta Nacionales. Luis y Víctor del Valle, pianos. Rafa Gálvez y Juanjo Guillén, percusión. Jane Archibald, soprano; Juan Antonio Sanabria, tenor; Adrian Ërod, barítono. Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid. Director: Juanjo Mena. Obras de Bartók y Orff

Arturo Reverter

Una vez más, en atriles la tan socorrida y repetida cantata de Carl Orff Carmina burana, una obra que, dada su estructura, dimensión rítmica, planteamientos tonales, sencillos y directos, y esquematismo melódico siempre es bien recibida. El público, que llenaba el Auditorio, no salió defraudado porque Mena, bien apoyado en una orquesta atenta, sonora, con solistas de alcurnia, en un coro que en esta ocasión, excepto en un par de momentos, mostró su mejor cara y en los siempre afinados y maleables Pequeños Cantores de la Comunidad, brindó una versión clara, directa, compacta, poderosa, contundente, vigorosa y bien construida, no exenta de instantes de ardiente temperatura lírica.

A toda presión discurrió el coro de apertura y cierre, ese feroz O Fortuna. En el primer semicoro, Primo vere, echamos en falta algo más de finura; pese a que las ondulaciones vocales discurrieron de manera segura y precisa, algo menos de carpetovetónica rudeza no habría estado mal. Pero el Coro, tan estupendamente regido por Cañamero (director él mismo, la pasada temporada, de la versión reducida de la obra), respondió unitariamente a los unísonos de Ecce gratum. La danza de Uf dem anger fue modélica por su impronta rítmica, pedestre pero eficaz. No hubo especial sensualidad en los versos en el coro Chramer, gip die varwe mir y siguientes, pero se acertó en el suave balanceo de Swaz hie gat umbe. Sensacional la flauta de Álvaro Octavio Díaz en Chume, chum, geselle min, un fragmento que habría podido ser más piano. Antes de In Taberna disfrutamos con los estupendos y afinados metales, que volvieron a lucirse, muy precisos, en Wafna, wafna!

Las alternancia forte-piano del extenso In taberna quando sumus fue magníficamente marcada por la solícita batuta, que mantuvo aquí en todo instante el pulso. Staccati ideales en Amor volat indique. El coro de hombres Si puer cum puellula y el doble coro Veni, veni, venias fueron admirables por su exactitud y potencia; no así Ave fermosissima, donde hubo un claro desempaste. Como es habitual, todo terminó con el lógico jolgorio postrero a pesar de lo que dice el texto: Llorad todos conmigo.

De los tres solistas destacó la soprano canadiense Jane Archibald, de instrumento lírico-ligero, fino, soleado, bien emitido, afinado. Cantó con gusto su primera intervención, Stetit puella, dialogó a satisfacción con las voces blancas y alcanzó, en un hermoso filado, redondeando una muy bella frase, el re natural sobreagudo en Dulcissime, totam tibi subdo me!. La recordamos como Armida en un no muy lejano Rinaldo de Haendel del CNDM. Ërod es un barítono lírico de timbre opaco y de voz pequeña. Musical, eso sí. Cantó con medias voces y, cuando era preciso, como en Dies, nox et omnia, en falsete. Graves débiles y agudos bien colocados y atenorados. Falsete o, mejor, falsettone, aplicó el tenor ligero Sanabria a la agudísima tesitura de la despedida del cisne mientras lo pasan por la parrilla. Lo hizo bien, aunque quizá lo ideal es la emisión a plena voz.

Previamente escuchamos una muy plausible interpretación del Concierto para dos pianos y percusión de Bartók, como se sabe, arreglo del propio autor de su Sonata para dos pianos y percusión, estrenado por el compositor y su esposa en Nueva York en enero de 1943. Obra testamentaria como nos recuerda en sus excelentes notas al programa la musicóloga Inés Mogollón. Los hermanos Del Valle, que ya tocaran la composición en mayo de 2011 con la Orquesta de la RTVE, mostraron de nuevo su conjunción, su temple, su segura técnica, su acoplamiento y su destreza rítmica, secundados estupendamente por los dos principales percusionistas de la ONE, Gálvez y Guillén, que saben regular el sonido, buscar el toque preciso, afiligranar el discurso y embeberse en lo más intrincado del proceso agógico. Gálvez brilló sobre todo con el mágico xilófono, tan importante aquí.

Mena gobernó son sobriedad y justeza y diseño muy bien el crecimiento inicial, desde el lejanísimo redoble de parches hasta el inmediato y agreste crescendo, controlando con sapiencia los grados de salvajismo y subrayando los contratiempos, facilitando el encaje entre solistas y tutti, tarea nada fácil. No hubo siempre, en contrapartida, limpieza de texturas y los planos no quedaron siempre clarificados en medio de la marea rítmica. Estuvo singularmente conseguido el fulgurante inicio del Allegro non troppo final, en el que el desaforado aire de danza no alteró la buena marcha de la música. Muy bien el cierre en pianisimo con ese sigiloso chocar de platillos. Los cuatro solistas regalaron tras el éxito un brillante arreglo de Laideronnette, emperatriz de las pagodas de Ma mère l’oye de Ravel.