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CRÍTICA / Temperatura versus temperamento


Granada. Palacio de Carlos V. 25-VI-2017.  LXVI FESTIVAL INTERNACIONAL DE MÚSICA Y DANZA DE GRANADA. Orchestra of the Age of Enlightenment (OAE). Director: William Christie. Obras de Bach, Campra, Fischer y Rameau.

José Antonio Cantón

La presencia de la Orquesta del Siglo de las Luces en el festival granadino viene a confirmar la irrenunciable pretensión que ha de tener siempre el mayor evento cultural de la ciudad de la Alhambra de ser un selecto escaparate del mejor arte interpretativo musical que pueda haber y ofrecerse en el mundo. El prestigio de esta formación no ha hecho sino crecer desde que se fundara en Londres hace más de treinta años. William Christie (1944), que en esta ocasión iba a conducirla, es uno de los grandes gurús de la interpretación de la música barroca de los últimos treinta años junto a figuras vivas como nuestro sabio Jordi Savall, el ilustrísimo Philippe Herreweghe, el imaginativo Giovanni Antonini, el siempre fascinante Marc Minkowski o el sobresaliente John Eliot Gardiner. 

La sola presencia en el escenario de este director norteamericano, fundador del famoso ensemble Les Arts Florissants, provoca una especial atención en el auditorio, dada la vitalidad que irradia su figura. Esta cualidad de inmediato se transfigura en música, como ocurrió en esta ocasión desde los primeros compases de la obertura de la suite Les Fêtes Vénitiennes del compositor francés André Campra. 

La OAE se encontraba todavía en un estado de adecuada afinación e igualado temperamento, y dejó una sensación gozosa y placentera en el oyente que podía apreciar cómo domina el lenguaje barroco, y responde automática, y a la vez instintivamente, a las indicaciones recibidas desde el pódium. Los distintos pasajes de esta obra fueron ejecutados con un rigor técnico y una gracia expresiva verdaderamente dignas de mención, desplegándo una variada paleta de sensaciones perfectamente descritas en el discurso de esta suite y hábilmente realzadas, como sucedió en las dos arias cómicas y en las dedicadas a describir los arlequines, el estilo español o el gracejo del polichinela.

La elegancia mostrada en la chacona final, por su cadencioso ritmo, empezaba a ser truncada por la incontrolable desafinación de los instrumentos de época, —dotados de cuerdas naturales o similares, y por lo que están atemperados a una frecuencia de menor tensión, cuatrocientos quince hercios—, ante los más de treinta grados de temperatura ambiental que habían de soportarse en el recinto carolingio. Esta circunstancia es fundamental para entender la necesidad constante de ajustes y el molesto descontrol que surgía entre los músicos ante este inevitable hecho sobrevenido que les obligaba a una continua rectificación de posición de dedos en el mástil de sus instrumentos de cuerda. En el temperamento del clave ocurría otro tanto, dada la fragilidad y delicadeza de sus elementos estructurales y cordaje.

Con este importante hándicap el concierto continuó orientado en un destacado nivel estético, lo que obliga a elogiar a la orquesta y a cada uno de sus músicos, especialmente a las contrabajistas Cecelia Bruggemeyer y Kate Aldridge, dado el empeño que todos pusieron en superar también las dificultades propias de cada obra, buscando la belleza en cada pasaje, cualidad magistralmente concentrada en la séptima del conjunto de suites Le Journal du Printemps, op. 1 de Johann C. F. Fischer, en cuya bourée se confirmó la gran agilidad de articulación y admirable conjunción de esta formación.

Seguidamente se produjo uno de los momentos más esperados del programa: la interpretación de la Cuarta Suite, BWV 1069 compuesta el año 1725 por un Johann Sebastian Bach en plena madurez. Su inicio no tuvo la prestancia que su obertura requiere, produciéndose leves aunque constatables desajustes en su segunda parte ante la exigencias del subdividido compás ternario a nueve por ocho. La interpretación fue mejorando hasta el pasaje final, una graciosa y rebrincada Réjouissance que supuso todo un goce para el oyente.

Con la preciosa suite Les Indes Galantes del gran Jean-Philippe Rameau se iniciaba la segunda parte de esta velada barroca. Christie es un verdadero especialista en este autor, y se notó de inmediato su dominio de lenguaje y su gran capacidad de transmisión, especialmente destacados en la dulzura con que trató las arias de esta obra, como la demostrada en el Air vif pour Zéphire et la Rose, todo un momento de máxima delicadeza sonora y enorme expresividad emocional, que sólo fue superado por la elegante interpretación del pasaje final, que me hizo recordar la inalcanzable fantasía en sus adornos con la que el incomparable pianista Grigory Sokolov eleva esta pieza a un grado estético casi sobrenatural.

El concierto llegó a su punto álgido en la famosa aria de la Tercera suite BWV 1068 de Bach, con la que Christie materializó en sonido el profundo carácter meditativo del compositor, que en este pasaje tiene una de sus más sublimes manifestaciones. La solemne Giga final puso término a una actuación irreprochable del maestro William Christie que tuvo que dirigir una heroica y excelente OAE acosada y agotada por el calor que, desgraciadamente, justifica el título de este comentario.